Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Hay momentos en que Keanu Reeves sabe lo que hace y elige proyectos interesantes que nos hacen olvidar cuán rígida y bidimensional es su limitada habilidad histriónica, sobre todo cuando su gutural condición monosilábica embona en el papel en cuestión (la serie “John Wick”, por ejemplo), pero luego algo sucede y se decanta por proyectos tan mediocres e imberbes como esta cinta titulada “Siberia”, que da la impresión que este actor de ascendencia libanesa se siente tan protegido por el culto que se ha generado a su alrededor que el andar de su carrera sólo requiere la ley del menor esfuerzo. Y es que no puede uno entender cómo, habiendo leído el guion de este remedo de thriller con tintes eróticos, no lo arrojara a su costosa chimenea de diez metros y negara participar en este bodriazo ubicado en Rusia pero filmado en Manitoba, Canadá. Sin embargo, aquí estamos, habiendo padecido visual y mentalmente esta película digna de los estándares de la Cannon Films de los 80’s para su reseña con el fin de colocarnos en el camino de esta insulsa bala para que no lo lacere, querido lector.
Es así que tenemos a Reeves como un traficante de diamantes llamado Lucas que arriba a San Petersburgo para reunirse con un contacto que, ultimadamente, ha desaparecido con un valioso lote de piedras preciosas, las cuales le pertenecen a un poderoso gánster ruso llamado Boris (el guion es tan perezoso que incluso los nombres de TODOS los personajes soviéticos son así de trillados. De haberse ubicado en México, veríamos muchos Panchos, Pepes y Marías, supongo). Con el fin de torear la ira del mafioso, Lucas dedica todo el desarrollo de la cinta a dos cosas: ubicar el paradero de los dichosos diamantes de forma bastante azarosa (ocultas en velas aromáticas, resultado de un genuino “chiripazo”) y fornicar a placer con una camarera rusa de nombre Katya (Ana Ularu) con la que se enreda aun cuando el protagonista es casado. La falta de química entre Reeves y Ularu es muy clara, y la manera en que ambos se unen es digna de una calentura púber, pues se limita a Katya preguntando si él quiere acostarse con ella, a lo que Lucas responde con madurez y sagacidad… “¿Ahora?”. De este calibre son los diálogos del filme y la exploración psicológica de los personajes, sin mayores ahondamientos para el enamoramiento entre ambos (jamás queda claro qué ve ella en él y el porqué Lucas decide engañar a su conyugue más allá de un intercambio trivial entre ambos en una tina donde enuncia que ama a su mujer, pero cosas pasan y tan tan) o en el manejo del suspenso en cuanto a la búsqueda de las joyas, ya que el proceso narrativo no elabora demasiado en nudos dramáticos o complejidades argumentales al respecto y se diluye conforme Lucas revisa la autenticidad de los diamantes en su poderosa app para gemas o habla constantemente por sus teléfonos celulares desechables concertando citas y viajando sin que algo realmente se resuelva o avance a rumbos de interés, a menos que las torpes escenas sexuales presentadas con un ritmo y montaje timorato y amateur pretendan mantener despierto al espectador.
Tal vez todo se deba a que el director Matthew Ross realiza su trabajo sin algún interés por diseñar algo novedosos o emocionante, discurriendo su relato en los lugares ya vistos en incontables películas similares y asumiendo que el mito millenial de Reeves lleve la película a buen puerto, lo que nunca ocurre, pues incluso en el enjuto rostro del actor podemos leer su aburrimiento y desapego al proyecto, produciendo el mismo efecto en nosotros.
Cuenta la leyenda que en la Guerra Fría la KGB mandaba a los disidentes, traidores del sistema o cualquiera que le cayera gordo al Premier ruso a Siberia como castigo, y eso precisamente es lo que debió hacer Netflix con esta cinta en lugar de ponerla en su catálogo. Díganle “dasvidaniya” a esta película y mejor pasen a otra cosa.

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