Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Radha (Radha Blank), una rotunda mujer afroamericana, atraviesa una crisis existencial. Su madre, una artista plástica que tuvo las agallas para exponer su ideología mediante unas pinturas que no encontraron eco en su grupo étnico, hace un año que falleció. Su vida se encuentra en un hueco creativo después de un serio intento por escribir obras de teatro hace diez años (incluso fue galardonada por ello en su momento) para solo estancarse al no poder remontar su vuelo dramatúrgico, lo que la ha orillado a enseñar a un grupo de adolescentes revoltosos y concupiscentes en un taller de teatro local en el Harlem neoyorquino. Y por si eso fuera poco, ha arribado a los 40’s, lo que despierta en ella una alarma de reinvención que inicia con un intento por cantar hip-hop. Lo que comienza como una expresión estridente de su conflictuado sentir, será su mayor herramienta para generar la deseada catarsis que su psique y espíritu exigen para salir adelante.
El título que se le ha dado en español a esta interesante y muy bien actuada cinta la emparenta con otros circunscritos en la vena de la comedia babosa y complaciente. Pero esta producción filmada en un blanco y negro poco glamoroso muy cercano a la sensibilidad documentalista, se aleja por completo de lo que la banal traducción pudiera sugerir al mostrar un retrato semiautobiográfico de su protagonista, la guionista para televisión y escritora de teatro Radha Blank, quien a través de este, su debut cinematográfico, logra exponer muy sucintamente sus inquietudes vivenciales como mujer afroamericana en la mediana edad y psicológicas como ente creativo mediante un sentido del humor bastante claro y humano que acerca al espectador a su discurso con mucha naturalidad. Este es uno de esos casos cuando la cámara y el guion (por supuesto firmado por la propia Blank) es tan firme, maduro y honesto que no deja ver rastros de duda o tartamudeo narrativo aún cuando se trata de una ópera prima.
La protagonista cautiva desde un inicio tanto por la forma tan real con que enuncia sus diálogos como por el acercamiento que permite al descubrimiento de sus emociones, las cuales van desde la ironía y el sarcasmo más jocoso a las lágrimas en la soledad de su hogar cuando el peso de su inacción imaginativa le frustra, así como la manera con que interactúa con los bien formados personaje secundarios, destacando Archie (Peter Kim), su agente coreano homosexual a quien conoce desde la preparatoria y que libra las batallas de Radha en la arena profesional para que ella pueda ver realidad su sueño de llevar a los escenarios una obra titulada “Harlem Ave.”, incluso si eso significa manosearle los testículos a un veterano pero ventajoso, manipulador y vanidoso productor de renombre o un DJ taciturno pero sensible llamado simplemente D (Oswin Benjamin) que queda prendado de la habilidad de Radha para improvisar versos raperos potentes y llenos de contenido social al punto de enamorarse no solo de la capacidad de ella para componer, sino de Radha misma.
Pero “Rapera a los 40” logra cautivar durante sus dos horas de duración no solo por su inteligente y comprometido manejo del humor aleado a pocas pero contundentes escenas dramáticas que añaden textura al relato, sino porque en conjunto se trata de una exploración nada exuberante o pretenciosa sobre el arte y los mecanismos que activan su creación, adquiriendo lecturas meta cuando comprendemos que es la misma directora sirviéndose de sí misma para expresarlo mediante una narrativa apresada por el arte fílmico. Como dice ella a sus alumnos en una escena de la cinta: “No crean que sólo porque han creado algo las personas lo apreciarán”, y es cierto, pero en el fondo creo que se refiere a que aun cuando las personas no lo aprecien, no quiere decir que no vale la pena intentar crear algo digno de contarse. Y eso es justo lo que Radha Blank ha hecho con esta película.

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