Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Como “Los Hombres X”, pero más equis

En las calles de Nueva Orleans, particularmente en sus ghettos y áreas urbanas menos privilegiadas (denominadas “Proyectos” en los Estados Unidos) que permanecen golpeadas por el paso del Huracán Katrina hace unos cuantos años, circula una droga en forma de cápsula capaz de darle a quien la consuma un superpoder por un lapso de cinco minutos. Por supuesto el éxito de ésta es rotundo e inmediato, aún si sus efectos son impredecibles pues así como puede dotarle a la persona de alguna habilidad impresionante (fuerza descomunal, autocombustión externa, mimetización ambiental, etc.) también puede hacerla volar en mil pedazos por motivos jamás especificados. Detrás de los creadores de esta milagrosa sustancia está Art (Jamie Foxx), un ex soldado que rastrea a un sujeto apodado “Biggie” (Rodrigo Santoro) quien se encarga de la distribución de las cápsulas a nivel nacional y a quien considera responsable del secuestro de su hija por motivos que serán revelados a modo de sorpresa en la segunda mitad de la cinta. En su empresa se le une involuntariamente una dealer callejera de nombre Robin (Dominique Fishback) que sueña con ser estrella del hip hop para salir junto con su amorosa madre de la difícil situación económica en que viven, a la vez funge de informante de un curtido policía local llamado Frank (Joseph Gordon-Levitt) consagrado a la búsqueda y aprehensión de quienes crearon la superdroga. Por supuesto, sus caminos se cruzarán creando una dinámica tensa y problemática ante las disímbolas motivaciones y métodos entre Frank y Art a la vez que deberán confrontar a varios maleantes con poderes.
Esta es una película que posee varios factores a favor: un reparto muy capaz que incluye al descubrimiento de Dominique Fishback, quien logra proyectar un amplio rango de credibilidad y pathos creando un personaje que en otras manos pudo caer en la absoluta sangronería a la vez que crea una química solvente tanto con Foxx como con Levitt, mientras que la dirección conjunta de Henry Joost y Ariel Schulman logra enfocarse a la creación de una atmósfera opaca e insalubre coherente con la identidad narrativa y geográfica de la cinta sin exentarla de rasgos humorísticos, como los jocosos intercambios verbales entre Robin y Art o la escena donde Frank se hace pasar por el amante de la madre de Robin _una mujer mucho más madura- para eludir a unos agentes de la ley que terminan siendo secuaces de Biggie. El gran problema es que todo se decanta en la rutina, mostrando situaciones y personajes ya muy vistos en otras producciones e incluso series de televisión, lo que minimiza el impacto de cualquier chispazo ingenioso que pudiera darse en esta película, como la intensa persecución de un criminal con habilidades de camaleón o la lucha entre Art y una tea humana. Las secuencias dinámicas se manejan con soltura y convicción, pero sin algún trasfondo de interés, pues todo pasa sin problemas del punto A al B y así sin que se diseñe algún factor dramático relevante, incluyendo la apasionada búsqueda de Art por su hija, lo cual resuena a cliché y chantaje emocional más que a motor argumental de interés. Hay mucho despliegue de poderes en “Proyecto Poder”, pero el más importante jamás llega: el de la originalidad.

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