Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Es grande la sombra que David Lynch, maestro de la abstracción fílmica, ha cernido sobre quienes desean aprovechar las herramientas cinematográficas más allá del montaje estándar para conjurar visiones, reflexiones y onirismos sobre nosotros y el mundo que creemos habitar. El prodigioso guionista – director Charlie Kaufman (“¿Quieres Ser John Malkovich?”, “Eterno Resplandor de una Mente Sin recuerdos”, “El Ladrón de Orquídeas”) forma parte de esta prole que no arrodilla su talento a la sensibilidad comunal y logra procrear relatos de misteriosa belleza que producen un profundo impacto en nuestra psique por lo profundo y certero de su retrato humano, tal cual y como el arte genuino opera y funciona en cualquiera de sus vertientes. Pero Kaufman ahora se adentra un poco en el terreno de Buñuel para contarnos una historia que, de fondo, es sencillísima (una mujer que emprende un viaje por carretera para conocer a los padres de su enamorado), pero que se reviste de una gama amplia y diversa de subyugantes y terribles símbolos que marcan el rumbo de la trama hacia los confines del surrealismo, uno que no parte de dogmas o lineamientos conferidos por lo ya existente sino que se apropia los componentes básicos pero clave de una cultura como la gringa que sólo entiende mediante imágenes acompañadas por sonido. Y si esto les resulta confuso, más vale prepararse para lo que representa “Pienso En El Final”, la nueva cinta de Kaufman apta sólo para humanos, pues a pesar de los recovecos y peculiaridades de la cinta, ésta es una de las más antropocéntricas y cercanas que haya visto este año.
Jessie Buckley (“Judy”) estelariza como una mujer cuyo nombre muta y cambia durante toda la película, recurso que la suma al espejismo kafkiano de la personalidad forjada no a través de un apelativo, sino mediante acciones y pensamientos. Y pensamientos son los que le sobran a esta chica, una estudiante de física cuántica que le dedica tiempo a la poesía y lecturas literarias que marca el rumbo diegético a través de sus continuas reflexiones en off, las cuales suelen traicionar las palabras que escapan de sus labios. Ella está enamorada de otro intelectual, un sujeto amable y locuaz llamado Jake (Jesse Plemons), quien expresa continuamente su interés tanto por la academia como por su pareja. Ambos emprenden un viaje en carretera durante una fuerte nevada para que ella pueda conocer a los padres de él, generando una de las secuencias más largas del filme (14 min.) donde en la mejor tradición de Herman Hesse vemos cómo el tiempo psicológico y el real se funden mientras ambos hablan y hablan sobre sus apreciaciones sobre infinidad de tópicos -todos ellos en verdad fascinantes-, hasta que arriban a la aislada cabaña de los suegros. Una vez ahí, se nos presenta a los padres (también anónimos), una mamá interpretada por la aplicadísima Toni Collette (“Sexto Sentido”, “La Herencia del Diablo”) y un padre encarnado por el hipnótico David Thewlis (“Restauración”, “Harry Potter y el Prisionero de Azkabán”), quienes forjan la dinámica del extravío paterno y materno propio de cualquiera con las agallas de formar una familia, ella siempre protectora y confundiendo el amor con exagerados mimos y él aparentando la fuerza que la cultura occidental dicta y exige debe poseer un hombre en estado marital. La convivencia entre los cuatro semeja un bizarro sueño donde los padres fluctúan su edad escena tras escena, estableciendo una temporalidad buñuelesca que pasa desapercibida para Jake y su novia para mostrar los rasgos que definen la relación de una familia en extravío. Posteriormente termina la visita a petición forzada de la protagonista (ella debe presentarse a trabajar al día siguiente) argumentando un arrecio en la tormenta y emprenden el regreso. Una escala en una heladería sólo manifiesta la débil condición existencial de Jake y el arribo a posteriori en una preparatoria límbica gobernada por un avejentado conserje que puede o no ser un espejismo del futuro hipotético de Jack basándome en varias pistas visuales y narrativas que nos deja Kaufman como migas de pan en un espeso bosque dialéctico. Ahí la pareja protagónica sucumbirá a su propia naturaleza donde un número musical conformado por una coreografía de ballet y otro sacado directamente de la famosa obra “¡Oklahoma!” cerrará este viaje por el subconsciente sociocultural del que procede el director/guionista Kaufman.
Como todo ejercicio semiótico, éste se presta a múltiples interpretaciones, por lo que sólo me he limitado a ciertas puntualizaciones en mi observación de la película que me parecen pertinentes y recomendarla ampliamente, pues tanto la hermosa fotografía que cultiva una plástica atrayente y sinuosa como las brillantes actuaciones complementan este discurso tan rico y sobrado de elementos interpretativos que la hacen uno de los ejercicios cinematográficos y autorales más valioso de este año marcado por el COVID. De hecho, el aislamiento y la zozobra perceptual aplicada cual martinete por esta epidemia hacen de la lectura de esta cinta muy puntual, pues ahora más que nunca se requieren observaciones hondas y propositivas sobre quiénes somos y por qué diablos creemos que estamos aquí. “Pienso en el Final” no nos da respuestas (el arte no suele darlas), pero nos orienta en el camino para tratar de localizarlas.

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