Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Con bastante parsimonia el debutante cineasta chileno Gaspar Antillo crea una cinta que prueba su destreza con la cámara, adaptando varias de las herramientas plásticas que le conocemos muy bien a los cineastas neerlandeses y de Europa del Este pero calibradas a los bellos paisajes chilenos que enmarcan esta historia ubicada en las campiñas del país sudamericano. Mas el derroche de belleza que muestran las imágenes en esta cinta contrasta con la economía mostrada en los personajes que las transitan, pues permanecen varados en fragmentos de exposición que les impide sentirse como seres reales, muy necesario en una trama que exige cierta noción de veracidad por los elementos humanos que explora.

La película es protagonizada por Jorge García, rotundo actor norteamericano mejor recordado por su papel de Hugo en la exitosa serie de televisión “Lost – Perdidos”, mostrando una genuina capacidad para mimetizarse con su papel, un hombre con mutismo selectivo llamado Memo que vive con su tío Braulio (Luis Gnecco) en una granja donde esquilan ovejas. Su imponente presencia silenciosa funge como eje narrativo desde el inicio, cuando le vemos su afición por entrar a casas ajenas cuando sus ocupantes no están sin que sepamos porqué lo hace. Tal aura de misterio anexa a su disposición reservada genera una impresión ominosa y probablemente siniestra. Nada más lejos de la verdad, pues gradualmente se nos revela como un alma sensible que esconde un pasado tortuoso donde se involucra el abandono de su padre Jacinto (Alejandro Goic) y una trunca carrera como cantante. Este último punto aflora como el nudo dramático y motivación principal del protagonista, pues vemos mediante analepsia cómo desde niño es dueño de una voz prodigiosa, pero su obesidad es percibida adversa por su agente artístico y su propio padre, decidiendo emplear su talento anónimamente para impulsar la carrera de otro chico físicamente más agraciado llamado Angelo Casas (algo similar a lo ocurrido con el dúo Milli Vanilli en los 90’s). La huraña existencia de Memo encuentra pocos puntos de fuga, como el confeccionarse extravagantes atuendos para cantar en medio del bosque vecino o imaginar escenarios donde desplegar su talento vocal, hasta que un aparatoso accidente en bote lesiona gravemente a su tío Braulio y encuentra asistencia y posterior amistad con la paciente y empática Marta (Millaray Lobos), sobrina de un proveedor.

Antillo genera el desarrollo mediante miradas atentas y detalles, empleando la cámara como un testigo apuntalado en sutiles movimientos y tomas largas, pero produciendo poco en cuanto al crecimiento psicológico de sus personajes, asumiendo que las alusiones y los símbolos bastan para conjurar los elementos necesarios de su forja (cuadros bien retratados pero vacíos de Memo frente a una cascada o bailando pausadamente en su cuarto bañado en luz magenta son ejemplos de ello). “Nadie Sabe Que Estoy Aquí” vende incluso su tesis en el título, sin mayor significado que el extravío de un hombre por causas ajenas a él, y de esto ya hemos visto bastante en el cine de Kaurismaki y similares. Pero se trata de un debut significativo para un director de innegable talento y de quien creo podemos esperar mejores cosas con un guion más trabajado y enriquecido.

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