Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Hollywood: La Fábrica de Sueños (Rotos)

Muchas películas procuran explorar la atmósfera y engranes de aquella maquinaria conocida como Hollywood durante sus años de apogeo, cuando su resplandor de oropel atraía multitudes tanto a las salas de cine como a sus laberínticas entrañas, donde el verdadero drama se desarrollaba allende al star system creado por los estudios para forjar mitos y dioses en un nuevo acto religioso donde el público adoraba filmes y estrellas en un oscuro santuario con altares que destellaban a 24 cuadros por segundo. De entre las cintas más dogmáticas surgió aquella que, por años, no solo se consideró como la película que le mostró a toda la industria las genuinas posibilidades narrativas y dramáticas de las imágenes en movimiento entonces constreñidas por géneros e historias complacientes, sino que propulsó al cine norteamericano al siguiente nivel de propuesta, una que demostraba lo que los Expresionistas Alemanes, Eisenstein y demás creadores de vanguardia ya tenían claro años atrás en cuanto a las posibilidades plásticas y discursivas de esta naciente expresión de creatividad: “El Ciudadano Kane”, proyecto que mostró un crecimiento integral en todo aspecto formal y de fondo mediante una historia que desgranaba la psicología de sus personajes a la vez que maduraba los engranes dramáticos del lenguaje cinematográfico mediante un guion por demás inteligente, incisivo y profundo en cuanto al desarrollo y exploración de su personaje principal, un potentado mediático que aísla su cuerpo, mente y corazón al mundo y a la mujer que ama llamado Charles Foster Kane. Es la mancuerna del director Orson Welles, con una visión completamente enfocada a ello aplicando una sensibilidad visual única, con el brillante trabajo cuasi literario del guionista Herman Mankiewicz lo que produjo uno de los milagros cinematográficos más contundentes en toda la historia del 7º Arte (término acuñado en gran parte gracias a esta cinta al demostrar que el cine era más que vaqueros y slapstick). Esto solo pudo gestarse mediante un proceso de incubación que involucra conocimiento pleno de los componentes que articulan el discurso fílmico a través de una aproximación muy antropocéntrica del entorno y la historia que trabaja, y éste es el punto de partida para la realización de la excelente nueva cinta de Netflix titulada “Mank”, diminutivo afectuoso del guionista que produjo mediante sus experiencias en el mundillo y sus propios demonios una de las historias más admiradas, emuladas e inspiradoras en los anales del cine.
Esta cinta, dirigida por el igualmente interesante David Fincher (“Se7en”, “El Club de la Pelea”), procura manifestar desde su primera escena, la recuperación de las cualidades plásticas del cine generado por Hollywood en la década de los 40’s, aplicando una fotografía monocromática muy rica y evocativa, además de recrear la era con bastante precisión con una puesta en escena glamorosa e impecable que contrasta con la decadente disposición de su protagonista, el escritor Herman Mankiewicz (Gary Oldman siendo estupendo como acostumbra), cuya historia se desplaza en dos tiempos, el actual mientras desarrolla el guion de “El Ciudadano Kane” en una cabaña desértica con dos asistentes lidiando con sus recaídas alcohólicas y algunos años atrás, revisando la dinámica que el rebelde y sarcástico Mankiewicz (“Mank” para los amigos y enemigos por igual) entablaba con la Metro Goldwyn Mayer, incluyendo esgrimeos verbales con la cabeza del estudio, el todopoderoso y monomaníaco Louis B. Mayer (Arliss Howard) y la amistad que entabla con la actriz Marion Davies (Amanda Seyfried), pareja sentimental del también todopoderoso y monomaníaco William Randolph Hearst (Charles Dance), en cuya estampa se basará Mank para realizar el guion a un precio muy alto.
La cinta es compleja (en el buen sentido), rica en su exposición argumental y todo un placer visual. La manera en que se estructuran los tiempos es eminentemente cinematográfica, empleando un montaje remitente al clásico (fundidos, transiciones sutiles, cortes directos, etc.) con transiciones del tiempo real al psicológico (flashbacks) mediante indicaciones tipo script. Lo que fascina es el juego de voluntades a los que el mismo Mankiewicz somete a quienes lo rodean, incluyendo su propio hermano Joseph (Tom Pelphrey), el influyente productor Irving Thalberg (Ferdinand Kingsley), Orson Welles (Tom Burke), cuyo rol en esta cinta es el de un capitán generoso pero rígido para llevar el proyecto a buen puerto, y el mismo Mayer, a quien Mank veía como un rey que merecía el derrocamiento, así como todo el proceso mental que conduce al protagonista a crear una de las historias más memorables del cine, la cual según podemos detectar proyecta todas las obsesiones y fantasías del propio Mankiewicz a la vez que canaliza su decantada visión de este mundo fantástico y falso que es Hollywood. Con este trabajo, Fincher realiza uno de sus mejores trabajos en años moderando sus calistenias estilísticas y lingüísticas a favor de un ritmo mesurado y observador ad hoc al proceso cronológico que narra y muy comprometido al estudio de personajes que desarrolla, donde Gary Oldman brilla una vez más gracias a su matizada y mimética interpretación. “Mank” es, sin duda, uno de los mejores filmes de un año tan bizarramente deprimente que semejaría un guion del mismo Mankiewicz.

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