Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

La escena rebasa en crudeza a cualquier película nacional o extranjera de ficción: una mujer cuya hija ha muerto a manos de su concubino ametralla la pantalla con lágrimas feroces y una rabia que consume la escena al azotar el suelo de un juzgado chihuahuense cuando se absuelve al homicida por falta de pruebas aun cuando éste confiesa su crimen, pide perdón por sus actos e incluso revela el sitio donde ocultó el cadáver (un basurero). La dama en cuestión se llama Marisela Escobedo Ortiz, una empresaria maderera, enfermera y madre de cinco que ve en este momento cómo su espíritu muere por segunda vez (la primera ocurrió cuando su hija fallece) por el golpe mortal que les atestado psicológica y emocionalmente ante la ineficacia de las autoridades judiciales por castigar correctamente a un asesino confeso. Aquí también nace el ímpetu activista y luchador de Marisela, quien a partir de ese momento no cejará en su empeño por llevar a ese delincuente ante la justicia mediante constantes marchas a lo largo y ancho de la República, vigilancias sigilosas y constantes en las guaridas del criminal y numerosas entrevistas a medios masivos para hacer eco en su lucha por equidad en el ejercicio del derecho para las víctimas femeninas enviar un mensaje claro y directo: ella no se va a dejar, hasta la conducción de un punto climático donde infortunadamente verá su tercera muerte, literal y violenta cuando es ejecutada frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua por un disparo a la cabeza, una muerte que no perdona la ironía del sitio donde ocurre y que testifica lo ya sabido, pues en México sólo la sangre lava las losas del gobierno.
El director Carlos Pérez Osorio (“Las Crónicas del Taco”) crea en su primer largometraje un discurso mesurado en cuanto a los niveles de denuncia que pudieran desprenderse con facilidad para reservarlos a un lenguaje intertextual donde podemos identificar fácilmente y entre líneas los elementos pútridos y desgajados de la justicia mexicana, incapaz de acudir al socorro de una mujer que pide a gritos el auxilio legal necesario para enmendar el brutal homicidio de su hija mientras se nos revela gradualmente su transformación como paladina de quienes han padecido horrores similares, particularmente en Ciudad Juárez, lugar donde inicia la historia. Apoyándose en valiosos testimonios de los hijos de Marisela, abogados partícipes en los procesos judiciales efectuados durante la persecución del asesino -a la postre coludido con los Zetas- y la misma protagonista, Osorio construye un relato que devasta y alecciona por igual sin rasgamientos morales atendiendo las necesidades diegéticas de su narrativa en base a lo que los mismos participantes documentados resuelven o develan en forma cronológica a la vez que forja el retrato de una madre que hará lo que sea por otorgarle algo de justicia a la memoria de su hija. La música a cuerdas contribuye a una la generación de atmósferas desoladoras o melancólicas y si algo sale sobrando son las recreaciones, mesuradas pero innecesarias ya que el mismo ejercicio cronotópico que construyen los entrevistados a través de sus veraces y en ocasiones vehementes declaraciones ya forjan en la mente del espectador las imágenes requeridas para llenar huecos dramáticos.
“Las Tres Muertes de Marisela Escobedo” logra consolidarse como un excelente ejercicio documental que jamás explota o abarata su tema pero sí ratifica el hecho de que, en ineficacia jurídica y legalidad, como México no hay dos, gracias a Dios.

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