Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Porque no es lo mismo el alma que el Soul

Ambientada en 1927, esta cinta titulada “La Madre del Blues” deja dos cosas claras: la herida del racismo en los Estados Unidos es una que jamás sanará por su hondo corte en la conciencia de su población afroamericana y que el sensible fallecimiento del actor Chadwick Boseman (“Pantera Negra”) fue una genuina pérdida, pues aquí desarrolla no solo su mejor papel, sino que le dota de un dimensionamiento profundo y emotivo mediante una actuación formidable que matiza un personaje conflictivo pero emocionalmente rico. Estos elementos, aunados a la maravillosa interpretación estelar de Viola Davis y un guion de primera que adapta la aclamada obra teatral de August Wilson hacen de esta película dirigida por George C. Wolfe (“No Me Dejes Sola”; “Noches de Tormenta”) una de las experiencias cinematográficas provenientes del país del norte más gratificantes del año, pues destripa con más diligencia y agudeza el perenne conflicto racial que late y vive en las entrañas de la nación más poderosa e influyente del mundo con una mesura discursiva inteligente y humana que contrasta con las estridencias socioculturales de un Spike Lee y sus “5 Sangres”, por ejemplo.
El estado minimalista de la puesta en escena es la que permite que sean los personajes y sus constantes diálogos los que marquen el ritmo de esta historia que se ubica en plena era de la Gran Depresión. Desde las primeras tomas, el director Wolfe marca el compás del relato mediante tomas que describen el vivir de la comunidad negra en aquel entonces y su relación casi simbiótica con la música que expresa su sentir (por supuesto, el blues y el soul) que se intercalan con imágenes reales de ese entonces para desarrollar una narrativa que amalgama lo real con la historia que está por desarrollarse. Esta comienza cuando MaRainey (Davis), considerada la “Madre del Blues” y una prodigiosa intérprete musical, se reúne con su banda para grabar un disco a instancias de un acaudalado productor caucásico llamado Sturdyvant (Jonny Coyne) empleando a un sujeto comedido y diplomático de nombre Irvin (Jeremy Shamos) como enlace. Una vez ahí, el relato se despliega como un estudio de personajes desarrollando dos hilos argumentales que transcurren en paralelo: MaRainey manifestando una voluntariosa personalidad que doblega al mismo Irvin -quien no para de cumplir los pedidos y caprichos de la cantante- con un pequeño séquito que incluye a su tímido y algo torpe sobrino Sylvester (Dusan Brown) y una atractiva joven llamada Dussie Mae (Taylour Paige) que es la asistente y amante de Ma. Por otro lado, la banda de la intérprete procura ensayar las melodías que grabarán pero algunos choques de personalidad serán una constante distracción, en particular la llegada de un talentoso pero impetuoso trompetista llamado Levee (Boseman), quien casi de inmediato acapara el foco de atención narrativo con su agilidad verbal y el pesado bagaje psicológico y emocional que lleva a cuestas debido a su trágico pasado que le ha llevado a renunciar a Dios, algo que choca directamente con su compañero Cutler (Colman Domingo), un hombre religioso y humilde que simplemente no entiende al exuberante Levee. Sus otros compañeros también brillan en cuanto a sus caracteres: Toledo (Glynn Turman), un veterano pianista que constantemente les convida retazos de su sabiduría y profunda visión sobre la vida y el bajista Show Drags (Michael Potts), hombre sereno que ha vivido varias cosas en la convulsa Norteamérica de principios de siglo. Todos estos puntos convergen en el estudio de grabación, donde las atribuladas y elocuentes mentes de estos personajes requieren un punto de fuga ya sea mediante la música, extraordinariamente entonada y utilizada aquí como conducto de declaración personal o mediante los intrincados y continuos diálogos, los cuales ametrallan al espectador de forma contundente y rítmica. Todo nos conduce a un clímax conmovedor y categórico, donde Ma y Levee como líderes de sus propias narrativas encuentran lo que buscaban, pero no cómo imaginaban.
“La Madre del Blues” es un relato que utiliza a su pequeño cuadro de actores con una sapiencia argumental que permea todos sus movimientos y acciones de un dinamismo incapaz de permitir siquiera un parpadeo, inoculando cierta carga simbólica al proceso (v.g. los intentos de Levee durante toda la película por abrir una puerta siempre clausurada tan solo para toparse con un callejón sin salida) que enriquece la narrativa. Y como suele ocurrir en estos casos, son los actores quienes mantienen el discurso flotante y boyante, brindando magníficas interpretaciones. Boseman en particular deja ver el actor en que pudo ser, siendo esta electrizante y conmovedora actuación el testimonio a una carrera que, al igual como sucediera con Heath Ledger, solo tuvimos estos atisbos a su enorme talento. Por esto y más, como la música excepcional y el trabajo de los secundarios como Domingo y particularmente Turman como Toledo, esta fulgurante cinta debe verse.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

 

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