Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Una amorfa historia montañesa.

ELEGÍA (según la Real Academia de la Lengua): “Composición poética del género lírico, en que se lamenta la muerte de una persona o cualquier otro caso o acontecimiento digno de ser llorado…”.
Según esta definición, y después de ver esta cinta dirigida por el experto manoseador emocional Ron Howard, Netflix o alguien involucrado en la producción (dudo que Howard quiera dar la cara) nos debe una explicación, pues el guion de esta película carece de cualquier cualidad poética o siquiera de una mínima honra dramática para que se le pueda adjudicar alguna característica elegíaca. Eso sí, sobran las escenas que justifican el llanto pero en el espectador, pues estamos ante una de las cintas más funestas y mamarrachas del año con un reparto que incluye a dos grandes actrices cuyo talento se sepulta ante unos roles de configuración grotesca y una historia que confunde con severidad la empatía hacia sus descolocados personajes iletrados con una sensiblería cursi que desgasta el ánimo, haciendo de esta película una chamba de aquellas para terminar sus eternas casi dos horas de duración.
Basada en un bestseller de esos que sólo se explican por la condición cultural que vive la Norteamérica de Trump (en este caso, alabada por supuestamente “explicar” al sector conocido como “Cinturón de Óxido” en el sector Centro Noroeste de aquel país), el relato es tan solo un retrato de la autoayuda que provee la persecución del “Sueño Americano” ante una situación socioeconómica desfavorable, sin que se realice una necesaria exploración macro al respecto que fundamente las estridencias viscerales que vemos en pantalla, deteniéndose únicamente en lo superficial con un argumento ignoto a las motivaciones de sus protagonistas. Esta historia, ambientada en un inicio en la década de los 90’s, sigue a una familia montañesa cuya madre, Beverly (Amy Adams), es una mujer sin oficio ni beneficio que trabaja como enfermera tan sólo para hacerse de diversas drogas de consumo personal, así como entregarse tanto al alcohol como a diversos hombres. Sus hijos, una chica adolescente manipulable y con ínfulas de autonomía llamada Lindsay (Haley Bennett) y el más joven conocido tan solo como J. D. (Owen Asztalos), cuya perspectiva será el punto focal de la trama al mostrarnos el caótico mundo que es vivir en este fracturado seno familiar. Su única catarsis son sus amigos, el estudio y la relación estrecha que lleva con su abuela (Glenn Close), una mujer que, según escuetos flashbacks, también tiene sus pecadillos en cuanto a la crianza de sus hijas, lo que fraudulentamente el guion hace pasar como una justificación a la aborrecible conducta de Beverly. La división de tiempos en la película nos lleva también al presente, cuando J. D., ahora adulto e interpretado por Gabriel Basso, lucha por ingresar a la Universidad de Yale a costa de sus propias inseguridades después de la melodramática infancia vivida a manos de su madre adicta y apoyándose tan sólo en su novia Usha (Freida Pinto), una pareja de aquellas que sólo existen en las películas al no cuestionar algo de lo que haga su hombre y que sólo existe para apoyarlo incondicionalmente. Su vida se complicará cuando recibe una llamada de su hermana Lindsay desde su natal Kentucky para notificarle que su mamá ha sido hospitalizada por una fuerte recaída a las pastillas, por lo que deberá volver a su terruño, desencadenando los subsecuentes viajes al pasado en forma de tiempo psicológico.
Nada de lo que se narra tiene algún peso o valor lírico como alude el título, pues todo se presenta como una sucesión de viñetas que jamás profundizan o exploran a los personajes o sus hondas cuestiones existenciales más allá de gritos, palabrotas o Amy Adamas dándole con la chancla a sus hijos a cada rato. Al principio es buena comedia involuntaria, pero luego termina por aburrir y al final por alarmar ante el precario estado de la historia y los papeles que estas magníficas actrices -Adams y Glenn Close- han decidido interpretar por razones que me eluden, aunque sospecho que el otrora lustre que alguna vez tuvo el apellido del director Howard tuvo algo que ver. Y hablando de Ron, aquí se patentiza que a este individuo lo que más le atrae son las historias sobre seres desventurados o problemáticos tal vez porque son aquellas que tienen más posibilidades para los Oscares (recordemos “El Grinch”, “Marea de Fuego”, “EdTV”, “Apollo 13”, “Una Mente Brillante” y “El Peleador”, por mencionar algunas), y con “Hillbilly, Una Elegía Rural”, no sólo lo confirma, sino que además se va a los extremos ante la presentación de unos personajes tan desafortunados que jamás logran redención dramática o ganarse al público, pues estas caricaturas deformes ni siquiera califican como seres humanos. Pero bueno, así es el mundo de Ron Howard.

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