Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

La valentía minimalista

Las antologías animadas siempre serán de interés por la diversificación narrativa que presentan, aunada a la multiplicación de herramientas plásticas que el director en cuestión elija para desarrollar su historia. En este caso, la recopilación de tres cortometrajes titulada “Héroes Modestos” por parte del estudio japonés Ponoc (fundado por el ex animador de Ghibli Yoshiaki Nishimura en el 2015), es una muestra bastante interesante del alcance que este formato abarca en cuanto a la exploración dramática que permite la animación tanto tradicional como los apoyos generados digitalmente para producir una tríada de relatos bien armados que destacan tanto a nivel argumental como creativo, pues se puede apreciar la libertad con la que cada director ha podido trabajar su respectiva historia.
La primera se titula “Kanini y Kanino”, una fantasía subacuática que relata la odisea vivida por una familia diminuta y humanoide por sobrevivir la embestida de un enorme pez dentudo. La dirección de Hiromasa Yonebayashi refleja la sensibilidad narrativa de su mentor Miyazaki en cuanto al manejo de la relación intrafamiliar del núcleo de personajes principales, dos pequeños y un padre de una raza mítica indeterminada capaz de respirar bajo el agua cuyo cotidiano se ve alterado por la partida de la madre, quien debe emerger a la superficie para dar a luz. El aspecto emocional predominante es el amor que subsiste entre ellos mientras que el heroísmo se produce de manera circunstancial cuando se ven bajo ataque, aflorando no sólo el instinto de supervivencia del padre sino también el de sus retoños, sobre todo cuando el progenitor ve su vida amenazada. Mas todo se cuenta con mesura y ciertas dosis de bien manejado suspenso para producir emoción y expectativa en el espectador. Es el relato más exótico de los tres, pero funciona muy bien.
El segundo segmento es “La Vida No Perderá”, tal vez el más cercano a un proceso de realidad al narrar las tribulaciones de una familia -una vez más-, en particular el enfoque a la figura materna quien lidia con la profunda alergia que padece su hijo hacia el huevo. La dinámica que se produce es una de alerta constante a la vez que de preocupación, pues el pequeño no puede probar más que cierta clase de alimentos, lo que genera frustración y ansiedad en el niño, mientras que su madre procura crear un entorno seguro, lúdico y normal a su alrededor a la vez que trata de llevar una vida propia (ella es bailarina, ama de casa y guardiana del chico). El director Yoshiyuke Momose logra armar un corto con mucha carga empática sin sostener su bien conjurado discurso en las muletas del chantaje emocional, trabajándolo desde una perspectiva madura y creíble. La animación es muy fluida y colorida, contrastando con la parálisis existencial que significa el predicamento de los protagonistas. Este es sin duda el mejor corto de la antología.
La cinta cierra con “Invisible”, de Akihito Yamashitra. Este es el segmento que no encaja, ya que su premisa y desarrollo se ven terriblemente constreñidos al formato de cortometraje, viéndose necesitado de una mayor duración para explorar sus ricas ideas. El protagonista es un asalariado que pasa desapercibido hasta que un acto de bondad lo orilla a mostrar reciprocidad. Este punto ya es interesante, pero el manejo estilístico que le provee el director le añade dimensiones y capas de lectura que enganchan y posteriormente frustran ante el precipitado final. Aun así conmueve por su logrado manejo de la narrativa urbana y sombría.

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