Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Una excelente jugada de Netflix

En ajedrez, el gambito es un lance que consiste en sacrificar al inicio de la partida algún peón u otra pieza que permita obtener una posición favorable. Este movimiento requiere o una cuidadosa planificación que permita el desarrollo de las subsecuentes maniobras al punto de jaque o una intuición innata sobre el juego mismo y la técnica de su oponente. Lo último aplica para la conformación de la protagonista en esta estupenda miniserie creada por los productores Scott Frank y Allan Scott titulada “Gambito de Dama”, una adaptación en siete episodios a la famosa novela de Walter Tevis publicada en 1983 donde el ajedrez posee varias funciones: es el instrumento que cataliza la psicología, motivación y alma del personaje principal, un símbolo sobre las partidas que ella debe librar contra distintos elementos y adversarios (particularmente ella misma) y la estructura narrativa que adoptan los también guionistas Frank y Scott quienes aplican en la concatenación episódica el avance progresivo de la configuración emocional y mental en sus personajes a modo de piezas en el escaque de sus metódicas y extraviadas vidas.
La miniserie tiene como foco a Elizabeth Harmon (Anya Taylor-Joy ofreciendo su mejor actuación hasta el momento), una joven que desde pequeña ha capoteado diversos infortunios, pues fue testigo del abandono de su padre, la degradación mental de su madre -una brillante matemática- y la muerte de ésta en un accidente automovilístico en la que se encontraba también ella. Debido a ello, es enviada a un orfanato donde conocerá los dos componentes integrales de su vida: unas cápsulas verdes que la sumergen en un estado de estupor al que se enganchará de por vida y el ajedrez, el cual se le presenta durante una ida al sótano donde el intendente del lugar, un adusto y robusto hombre llamado Shaibel (Bill Camp), lo practica. Su relación al inicio es áspera, pero la tenacidad de Beth lo convencerá de enseñarle el juego e introducirla en la ética y mística del ajedrez, dotando a la chiquilla de un propósito y de una involuntaria figura paterna. Mas su inherente talento con el tablero comienza a llevarla por senderos que poco a poco la alejan de su misantropía, así como la amistad que traba con una rebelde y espabilada chica afroamericana llamada Jolene (MosesIngram). Posteriormente será adoptada por una pareja donde la esposa, Alma (Marielle Heller), comenzará un proceso de decodificación ante la enigmática e inexpresiva joven que la conduce a un genuino afecto materno mientras lidia con sus propios demonios en forma del alcohol, la soledad producto de un matrimonio quebrado y un complejo de inferioridad. El lazo que las une se transforma en un elemento integral para Beth, cuyo meteórico ascenso en el mundo ajedrecístico contrasta con su análogo descenso a la dipsomanía por su entrega incondicional a las bebidas alcohólicas debido a sus carencias existenciales. En el desarrollo el ajedrez adquiere estatura de leitmotiv para Beth al comenzar sus duelos con diversos expertos en la materia, como el serio pero afectuoso Harry Beltik (Harry Melling) o el cowboy ajedrecista Benny Watts (Thomas Brodie-Sangster), así como el único hombre con quien logra generar una conexión romántica, D. L. Townes (Jacob Fortune-Lloyd), un periodista y jugador aficionado que logra penetrar las hurañas facciones de Elizabeth. Todo se expande a ritmo in crescendo con el paso de los años para su confrontación decisiva con el maestro del ajedrez a nivel mundial Vasily Borgov (Marcin Dorocinski), quien se torna su némesis pero a un nivel completamente profesional.
La miniserie logra encontrar su estructura en base a la exacta dosificación de exploración psicológica para su personaje y los combates de ajedrez, así como una presentación a cuentagotas de los engranes emocionales necesarios para que el final sea contundente al presentarnos a una protagonista crecida y madura en todos los sentidos a la par de la historia, la cual jamás decae e incluso siembra en el espectador la intriga sobre el desenlace de estos acontecimientos. La dirección de Frank es muy consistente y evocativa, conjurando una puesta en escena que remite inequívocamente a la época en la que se presenta la historia (los 60’s) asistido por una selección escenográfica por demás plástica y mucha ayuda de la imaginería digital que compone una paleta de colores específica y creativa, algo que en ocasiones incluso aporta a la idea que la misma Beth señala sobre el mundo contenido que representa el monocromático tablero del ajedrez, dando identidad visual y estilística al proyecto. Este es un trabajo inteligente que apuesta por una creación de personajes desde una perspectiva minimalista y musitada que logra funcionar gracias al gran trabajo del reparto, además que logra difuminar cualquier prejuicio sobre el deporte mental que aborda, y realiza un contundente jaque mate a la audiencia que espera algo convencional. Uno de los proyectos de Netflix más interesantes de este año.

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