Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Una juventud izquierdista que posa su idealismo en la creación de un mundo que jamás podrá ser, un sistema corrupto que emplea tácticas sucias para desbaratar a estos radicales y un sistema judicial partidista que se apoya en una fuerza de ley capaz de sofocar cualquier movimiento ideológico contrario al suyo. Estos son los protagonistas temáticos de la más reciente cinta del afamado guionista y ahora director Aaron Sorkin (“ La Red Social”, “Steve Jobs”), agudo, irreverente e incluso inteligente creador de discursos que socavan la naturaleza del establishment para analizarlos y proveer de herramientas reflexivas a la audiencia, por lo que el caso real acontecido en 1969 cuando siete radicalistas fueron llevados a juicio bajo acusaciones de conspiración e incitación a la violencia con la finalidad de cortar de tajo la rebelión social que vivía la Norteamérica de aquel entonces debió ser manjar de inspiración para la confección de un relato que examinara con seriedad las entrañas de dicho sistema, pero todo termina en un edulcorado festín de clichés narrativos que se ocultan bajo el manto de un guion muy refinado y prefabricado en lugar de la asertiva y ácida disertación que este momento histórico y político -sobre todo ante las inminentes elecciones, tal vez las más importantes en décadas, a verificarse en los E.U.- requiere.
La cinta presenta a sus personajes al vuelo, seccionados según sus afiliaciones mientras que su desarrollo psicológico se pone en manos del desarrollo durante testimonios y analepsis durante el juicio del título. Ellos son: Abbie Hoffman (Sacha Baron Cohen) y Jerry Rubin (Jeremy Strong) del Partido Internacional de la Juventud -también conocidos como “Yippies”-; Tom Hayden (Eddie Redmayne) y Rennie Davis (Alex Sharp), dos de los líderes de la ESD o Estudiantes para un Sociedad Democrática; los activistas antiguerra John Froines (Danny Flaherty) y Lee Weiner (Noah Robbins); David Dellinger (John Carroll Lynch), un pacifista casado y con una hija que protestaba justo al momento de la redada y el cofundador del movimiento afroamericano Panteras Negras Bobby Seale (Yahya-Abdul Mateen II). Todos ellos se conjuntan junto a cientos de manifestantes frente a la Convención Nacional Demócrata de 1968 en Chicago con motivo de la elección de Hubert H. Humphrey como su nuevo líder, hombre de línea y posturas recias sobre la Guerra de Vietnam análoga a la del entonces presidente Lyndon Johnson y, curiosamente, a la de Richard Nixon años después. Tal y como ocurrió en muchos otros países durante las congregaciones de protesta juveniles, los ánimos terminan por caldearse y la sola presencia de la fuerza policial (definidos como “cerdos” por los izquierdistas) bastó para que el enfrentamiento se diera de forma inevitable. Pero esto forma parte de la estructura descriptiva y no dramática de la cinta que revisa varios de los hechos mediante breves y escuetos flashbacks para centrar todo su foco narrativo en el prolongado proceso penal contra los mencionados personajes llevado por el anacrónico y negligente juez Julius Hoffman (Frank Langella), quien de forma casi caricaturesca antagoniza contra los acusados sin ton ni son, sometiendo los esfuerzos de sus abogados William Kkunstler (Mark Rylance) y Leonard Weinglass (Ben Shenkman) por demostrar que fue la policía la que inició las agresiones y no sus clientes, mientras que el fiscal Richard Schultz (Jospeh Gordon-Levitt), un observador y brillante litigante, no está del todo convencido de la culpabilidad de los radicales, por lo que su participación en este relato coloca una línea de suspenso sobre su lealtad al sistema.
Las numerosas escenas en la corte, así como las que ocurren en las oficinas donde se refugian los 7 de Chicago y sus abogados, luchan por ofrecer una dinámica entre los personajes que arrojen atisbos a sus personalidades e ideologías, pero éstas se ven limitadas a los arquetipos que representan sin que se abran sus posibilidades como entidades dramáticas o creíbles, pues Hayden es el intelectual que choca constante y predeciblemente con el hippie Abbie, mientras que el conservador Davis encuentra impenetrable su forma de pensar. Por otro lado Froines, Weiner y Dellinger solo están casi de adorno y el Pantera Negra Seale no deja de alegar su inocencia en el tribunal al no encontrarse en el lugar de los hechos cuando ocurrieron y ser detenido tan solo por su raza, sin que jamás se aborde algún otro aspecto de su carácter o escenas fuera del juicio. Todo semeja un automatismo argumental que permite prever los resultados media hora antes sin alguna señal de las propuestas discursivas que Sorkin ha manifestado, confundiendo incluso humoradas baratonas (las constantes afrentas de Abbie en el tribunal contra el juez, el malísimo y por desgracia muy recurrente chiste sobre sus apellidos, etc.) por sátira, lo cual desconcierta pues hacen que el resultado final luzca como una cinta anticuada e incluso plana, algo que desmerece el calibre de este creador y el talentoso reparto.
“El Juicio de los 7 De Chicago” aborda un evento que permanece, pues las ideas a los que se sujetan los personajes siguen vigentes ahora más que nunca, por lo que este suceso del pasado parece tan solo un prólogo a los acontecimientos actuales, pero desafortunadamente comete el crimen de sobreestimar los alcances narrativos de su contenido y se contenta con mostrar desde una perspectiva por demás básica algo que, sabemos bien, fue mucho más complejo y denso en aras de la mera entretención. Y eso sí debería considerarse delictivo.

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