Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

La agitada y progresista década de los 20’s permanece en la memoria colectiva por envolver a los Estados Unidos en una crisálida que permitió un estado de pupa cultural, social, político y religioso que les dio acceso a las primeras filas del avance territorial sometiendo la severa crisis financiera que los aquejaba y localizaron prosperidad mediante la expansión de factorías y explotación de sus posibilidades exportadoras, exprimiendo las posibilidades comerciales en todas sus vías de entretenimiento (incluyendo la inmadura industria cinematográfica) y una prohibición a la ingesta de licor que paradójicamente les proveería de saneamiento monetario gracias al contrabando de bebidas etílicas que se consumían en abundancia a muy bajo costo. Fue una década que exhibió claramente un país que rebasaba sus escasas pretensiones formadoras y adscripción a las formas más diluidas de evasión mediante sus westerns y comedietas urbanas propulsadas por los triunfos locales del pasado que cebaron su ego patriota hasta quedar como una nación malcriada y pagada de sí misma. La Gran Depresión aplacaría su fe enfebrecida y marcaría un contraste brutal entre la desposeída clase trabajadora y la boyante burguesía de unos cuantos explotadores oligarcas (mmmhh… me suena conocido y demasiado cercano y actual). Esta división clasista y socioeconómica fue el detonante para que el brillante escritor F. Scott Fitzgerald trabajara en uno de los textos clave que funge de autopsia de una época retomada con romanticismo por los mercachifles de nostalgia pero que encerraba un monstruo de inconformidad con mucha hambre de equidad: “El Gran Gatsby”, novela que se publicara en 1925 con escaso éxito de ventas y crítica hasta que las generaciones posteriores revalorarían el satírico y simbólico esfuerzo de Fitzgerald y su discurso encontrara renovación conforme los sustentos narrativos de la obra simplemente parecían mutar década tras década sin que los elementos que la sustentan cambiaran en su fundamento, pues Estados Unidos entra y sale de crisálidas como si de un grotesco porno cultural se tratara. La fascinación que despierta el libro oscila entre estos aspectos de intertextualidad comunal y el personaje principal, producto del coito entre la creatividad y fijaciones capitalistas de su autor y su gusto por la fatalidad, procreando un ente ficticio que rebasó sus intenciones satíricas y alegóricas y propuso al efigie de la opulencia malgastada en sueños e idealismo barato. Jay Gatsby es su nombre y su historia aún despierta curiosidad en la modernidad, para muestra la más reciente adaptación de su universo ahora con atavíos posmodernos que la semejan más a un espectáculo de internet que una interpretación del texto fuente, lo que pudo funcionar si no la hubiera dirigido el intelectualmente mezquino y adorador del glitter Baz Luhgrmann, australiano especialista en sustraer las perspicaces observaciones humanistas o teocéntricas de los autores a los que torpemente pretende adaptar (“Romeo + Julieta”, “La Playa”, “Moulin Rouge”) y quedarse tan sólo con un vulgar intento por explotar las venas más elementales del material original. Un cine de apariencias que irónicamente no cuaja en una historia sobre hipocresía y mediocridad.
“El Gran Gatsby” recurre a la estructura diegética de la narración cortesía Nick Carraway (Tobey Maguire), un exiliado del medio oeste norteamericano y veterano de la Primera Guerra Mundial que se aventura a la jungla neoyorquina y se instala en la ficticia isla de West Egg ubicada en Long Island, donde tendrá de vecino a un misterioso y anónimo millonario llamado Jay Gatsby (Leonardo DiCaprio) que se distingue por sus aparatosas y suntuosas fiestas. Nick reestablece contacto con su prima Daisy (Carey Mulligan) y su esposo Tom Buchanan (Joel Edgerton) y juntos acuden a uno de los formidables saraos jazzísticos de Gatsby, a quien Nick tiene oportunidad de conocer forjando una amistad instantánea. El desarrollo de la historia involucra enamoramientos (Gatsby y Daisy), encumbramientos (Carraway se siente inmediatamente atraído por el pomposo y desenfadado estilo de vida de su nuevo amigo) y traiciones, enmarcado con Jazz, charleston y cualquier componente icónico de la época. La puesta en escena es clave en cualquier película de época y aquí se echa toda la carne al asador con una construcción de escenarios majestuosa y un vestuario por demás llamativo, así como secuencias de juerga multitudinaria que evocan los jolgorios de lentejuela y candileja a la Busby Berkeley…y aquí es cuando nos percatamos que la intención del director Luhrman es la de tan sólo atrapar a la audiencia Facebook como una trampa de luz para bichos, pues la luminosa y fulgurante construcción visual apoyada en parafernalia digital es lo único que puede llamar la atención dispersa de los amantes del WhatsApp y contrasta con lo que literariamente es una historia bañada en oscuridad y tormento psicológico. El guion de Craig Pearce y el mismo Luhrmann tratan de abordar los aspectos más escabrosos de la novela (Gatsby amasa su fortuna como motivación a su pueril y empobrecido entorno no con esfuerzo y trabajo duro, sino con tratos con la mafia y actos ilegales a lo que Fitzgerald pretendía como muestra de un Sueño Americano torcido y realista), más el libreto licua demasiado estos aspectos hasta desvanecerse con la acostumbrada plástica de cabaret de Luhrmann y su fetiche por innecesarios realentis y manipulación digital en el montaje. Del cuadro actoral sólo nos quedamos con DiCaprio, quien encaja perfectamente en lo físicamente descrito por Fitzgerald (un joven apuesto y ambicioso con excedente de banalidad) y parece ser el único en percatarse de las posibilidades emocionales y psicológicas de su personaje y trata de explotarlas en la medida que su tibio guion lo permite, pues Maguire sigue siendo el maniquí aniñado de siempre, Mulligan es tan solo una chica pin-up que posa y lloriquea sin demasiado convencimiento y Edgerton parece sacado de una teleserie barata con ademanes y lenguaje corporal sobrados. Todavía recuerdo cuando revisé en Betamax la versión de 1974 con Robert Redford en el papel principal y me sentí confundido por la falta de moral y ética en el protagonista. Ahora me queda claro: Gatsby sólo puede funcionar como un símbolo ciclado del capitalismo ultrajado y violentado por sus fieles si se le aborda con sutileza y cautela y no simplemente como un meme de internet que recita mensajes autocomplacientes. Una gran oportunidad desperdiciada por un estudio (Warner Bros.) al dársela a un saltimbanqui de la virtualidad como Luhrman.

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