Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

 Cuando Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack diseñaron y dirigieron “King Kong” en 1933, nunca imaginaron que estarían legando al imaginario fílmico una de sus creaturas más socorridas y perennes: un gorila adorado como un dios por los nativos de la inhóspita e indetectable Isla Calavera donde el masivo antropoide es el Rey incuestionable al dominar a toda la gigantesca fauna que ahí reside. La premisa ha sido combustible para innumerables cintas, incluyendo las versiones realizadas por Japón donde el colosal simio midió fuerzas con, entre otros, Godzilla durante la década de los 60’s, así como las lacrimógenas y torpes puestas al día del oportunista Dino de Laurentiis en los 70’s. Ahora, como todo fenómeno generacional donde la encomienda es poner al día los mitos fílmicos de los padres y abuelos, tenemos “Kong: La Isla Calavera”, moderna visión del legendario monstruo centrada en las peripecias de aquellos que llegan a aquella porción de tierra en medio del mar poblado por descomunales bestias y alimañas, incluyendo al que da título al filme, y su lucha por sobrevivir ante estas amenazas.

La cinta inicia en 1944 con el forzoso aterrizaje de dos aviones en la salvaje isla, uno norteamericano y el otro japonés durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que ambos pilotos resuelven rápidamente sus diferencias cuando Kong hace su aparición. Fundido a negro y ahora estamos en 1973, cuando el oficial gubernamental Bill Randa (John Goodman) y el geólogo Houston Brooks (Corey Hawkins) tratan de convencer a un senador de que financie una expedición a un punto geográfico apenas descubierto por el satélite al que han bautizado ominosamente Isla Calavera argumentando el potencial científico, estratégico e incluso medicinal que pudiera aprovecharse. Al conseguir fondos, consiguen asistencia militar liderada por el Coronel Preston Packard (Samuel L. Jackson), así como la ayuda de un experimentado piloto de la Fuerza Aérea Británica llamado James Conrad (Tom Hiddleston) y una intrépida fotorreportera de nombre Mason Weaver (Brie Larson) para que registre los hallazgos. La aventura será salir vivos de la Isla, pues en cuanto llegan son confrontados por Kong, quien los derriba violentamente. Ahora este grupo deberá luchar contra las impresionantes fuerzas naturales que imperan en el lugar, encontrando asistencia en Marlow (John C. Reilly), el soldado estadounidense del prólogo que ha sobrevivido por casi 30 años en este sitio y que les alecciona sobre el impresionante gorila y su hábitat con la esperanza de poder regresar a casa.

La película es el debut como director de largometrajes de Jordan Vogt-Roberts, curtido en televisión y cortos, pero que da muestras de solidez argumental al proporcionar un entretenimiento de matinée con la sensibilidad plástica y narrativa de todo un posmoderno. Las secuencias dinámicas son por demás rutinarias pero efectivas, y a pesar de los constantes baches en el guion (jamás queda claro el porqué de las monstruosas dimensiones de la fauna local, la razón de sus movimientos en cámara lenta –incluyendo todo lo que tocan- o cómo es que solo existe un animal de cierta especie, pues solo atestiguamos el ataque de una sola araña, un insecto palo y un solo gorila pero eso sí, muchos lagartos asesinos) la cinta resulta lo suficientemente estilizada mediante una plástica rastreable directamente a “Apocalipsis Ahora” de Francis Ford Coppola, ligada a las constantes alusiones a la guerra de Vietnam, y correctamente actuada para generar el escapismo deseado. “Kong: La Isla Calavera” carece de la candorosa ingenuidad y genuino sentido de asombro que los filmes previos sobre el hercúleo primate poseyeron, pero ésta nueva iteración de Kong posee suficiencia para esta generación un poco más distraída por el Facebook y el WhatsApp… por lo menos hasta que se enfrente a otro ser de su tamaño en la forma de Godzilla, lo que ocurrirá muy pronto siempre y cuando la pandemia lo permita.