Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Esta es, sin lugar a dudas, una de esas raras excepciones a la regla donde la secuela no sólo mejora varios de los aspectos argumentales que dieron relevancia a la primera, sino además logra generar un proceso expansivo en cuanto a su particular mitología sin reciclar aspectos precisos de la trama previa.
Otro de los elementos (¿Virtudes?) que encontramos en esta cinta es que Keanu Reeves ha encontrado a su personaje para lo que ha sido su segundo aire cinematográfico en John Wick, aquel despiadado asesino que coloca literalmente una bala donde posa el ojo y experto combatiente cuerpo a cuerpo que masacra a una porción de la mafia rusa por haber asesinado a su perro (lo del can era meramente circunstancial, pues más bien realizaba una sangrienta catarsis por razones que se explican a continuación).
Homicida temperamental como pocos, la idea es mostrar al protagonista como un ser sensible que busca cortar lazos con el gremio de asesinos al que pertenece cuando se enamora, mas pierde a su esposa por una enfermedad terminal y la soledad lo acompaña a donde va. En esta ocasión, Wick deberá saldar una vieja deuda a uno de sus antiguos colegas de dicho gremio. Como el honor entre ellos es cosa seria, no puede negarse, aún si la encomienda es que elimine a la hermana del solicitante para ocupar su lugar en una poderosa organización criminal.
Por supuesto, las cosas se salen de control y John Wick terminará siendo perseguido por todos los mercenarios de tal asociación, lo que dejará a la cinta a merced del director Chad Stahelski, ex coordinador de peleas en cine incluyendo “Matrix” quien debutaba con esta producción, para que diseñe la coreografía de impresionantes secuencias de persecución, combate y brutales enfrentamientos que involucran desde arma blanca hasta lápices incrustados salvajemente en oídos.
Todo el procedimiento es impoluto, pues Stahelski ha puesto esmero tanto en el aspecto técnico (tomas, ritmo, movimientos) como el desarrollo de la historia y sus personajes, logrando establecer un tono muy particular que la distingue de su predecesora correctamente. No es Walter Hill, claro está, pero “John Wick 2” hace un buen trabajo en mantener al espectador en su butaca por casi dos horas sin siquiera cuestionar la inverosimilitud de lo que ve, y eso es realizar un trabajo criminalmente bueno.

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