La película tiene una premisa infalible: un edificio en condiciones estériles y ruinosas que alberga en cada uno de sus múltiples niveles a dos personas que han ingresado de forma voluntaria o involuntaria con un objeto de su elección. La estructura física de la instalación es la representación arquitectónica de un sueño nihilista a la Albert Camus, pues no solo predominan los tonos fríos y grisáceos (excepto cuando los internos duermen cobijados por una fulgurante luz roja), sino que cada nivel es austero, casi como la celda de una prisión, delimitado por un orificio rectangular en el centro por donde se desliza diariamente una plataforma que transporta sus alimentos. Estos se preparan en el nivel 1 de forma primorosa con el toque de un gourmet y una presentación digna de cualquier restaurante cinco estrellas, siendo degustados con voracidad por los habitantes de cada nivel. Y aquí es donde la aparente parábola social termina para adentrarnos a un relato donde lo vital es la deconstrucción de las reglas con que el género de horror ucrónico suele plantear estas narrativas para explorar con minuciosidad e inteligencia los componentes que erosionan la naturaleza humana en base no al aislamiento o, en este caso, la hambruna, sino por la miseria y desconsuelo producidas por una suerte de experimento carcelario / antropológico / gregario por recompensas simbólicas de estatus como un “título homologado”, representación clara de los niveles que la sociedad nos ha planteado en la realidad y que nosotros gustosamente aceptamos con tal de formar parte de algo, lo que sea, aunque no comprendamos su significado.
La cinta tiene como protagonista a un hombre de apariencia completamente ordinaria que recibe el nombre de Goreng (todos los internos son rebautizados) interpretado muy bien por Iván Massagué, quien se hace acompañar tan solo de una copia del Quijote de Cervantes y que ingresó por cuenta propia con el fin de tener tiempo para leer y dejar de fumar. Su compañero de piso es un hombre avejentado llamado Trimagasi (Zorion Eguileor), encarcelado por razones francamente absurdas -asesinó involuntariamente a un inmigrante al arrojar su televisor por la ventana- y armado con un cuchillo que se afila con el uso, su única posesión. La dinámica entre ambos será crucial, pues Trimagasi no solo aleccionará a Goreng en cuanto a la dinámica y protocolos del lugar donde se encuentran, además se complementan al recuperar uno en el otro las perspectivas necesarias para comprender quiénes son y qué deben hacer para subsistir… al principio, pues la bestia iracunda que mora en las entrañas de cualquiera poco a poco aflora conforme son reubicados cada mes de manera aleatoria en diversos niveles, algunos muy por debajo de una opípara comida. Conforme la situación comienza su esperada degradación, surgen otros personajes como la administrativa Imoguiri (Antonia San Juan), cuya compañía es un perro salchicha (o como señala Goreng, “más salchicha que perro” debido al contexto alimenticio del lugar), la misteriosa Miharu (Alexandra Masangkai) quien busca implacablemente y con lujo de violencia a su hijo entre los incontables pisos del edificio y Baharat (Emilio Buale), imponente hombre de ascendencia africana que expresa los abismos más profundos en los que el espíritu puede descender cortesía de la soledad.
Lo que el director Galder Gaztelu-Urrutia ha creado en su debut como cineasta después de una carrera como productor es una suerte de paráfrasis para los tiempos del COVID-19, pues explora y casi explica el extravío antropocentrista producto de fuerzas más allá de nuestro control. La famélica existencia de los sujetos que pueblan este universo de cemento no es muy lejana a la que observamos actualmente en las noticias, lo que habla de la aguda labor creativa que teje Urrutia al tomar en préstamo los mecanismos dramáticos y terroríficos que activan relatos de cepa similar (“El Cubo”, “Snowpiercer – El Expreso del Miedo”) embonándolos en su propio discurso con una cobertura de humor negro chapopote y una plástica espléndidamente diseñada. La dimensión moral y ética que sustenta este relato es por demás válida, incluso el desenlace, aunque muy similar al del filme de Vincenzo Natali, es honesto y orgánico, lo que es una proeza considerando el grado de visceralidad, desesperanza e incluso escatología que contiene. “El Hoyo” es uno de los filmes de horror más efectivos de este año, vigente por donde se le vea y, así como a sus protagonistas, nos deja con hambre de más.

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