Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Metafísica para toda la familia.

Hablando de metadiscursos: Pixar vuelve a utilizar el arte de la animación y el discurso para abordar otra faceta del arte (la música) como canal de exploración narrativa, en este caso sobre la vida después de la muerte, pero con un pie más puesto en el terreno de Aristóteles que el teísta, pues aun cuando una porción importante de la trama se desarrolla en el Más Allá, jamás se menciona siquiera la posibilidad de una deidad que lo gobierne o controle, y con ello se universaliza un relato que se acerca mucho a los planteamientos argumentales sustentados en abstracciones intelectuales como “Intensa Mente” que al entretenimiento raudo y medio banal de filmes como su trilogía de “Cars”. El resultado es “Soul”, un filme que logra escapar de ese promedio escapista para arrimarse a producciones más propositivas del estudio de la lamparita como “Wall-E” o la citada película estelarizada por las emociones, y hay momentos en esta película que parece pudieran ubicarla en ese salón de la excelencia que yace en PIXAR, pero por desgracia diversas inconsistencias de ritmo y tono en el guion, así como ciertos momentos emotivos o reflexivos que se ponchan por ese alfiler llamado “comedia forzada” lastran el avance de esta interesante cinta a la zona de las consagradas. De todos modoses uno de los mejores trabajos animados del 2020, lo cual es nos es mucho consuelo en un año que, debido a la pandemia, reprimió toda posibilidad de diversificación en cartelera o plataformas de streaming.

“Soul” tiene como protagonista a Joe Gardner, un maestro de música afroamericano que sueña con presentarse en un mítico recinto de jazz llamado “La Media Nota” y cumplir su sueño de ser un gran ejecutante de este género musical y seguir los pasos de su finado padre, a pesar de las objeciones al respecto de su obstinada madre Libba, costurera y sastre de la vieja escuela. Pero Joe encuentra una luz al final del túnel cuando un ex alumno lo invita a participar a una audición en dicho local para una gran artista del jazz llamada Dorothea Williams, quien queda convencida de su talento, más la felicidad de Joe queda trunca cuando, justo al salir de su exitosa prueba, cae en una coladera abierta y fallece. Ahora su alma va rumbo a lo que parece una visión abrahámica del Paraíso, conduciéndolo al pánico y a un escape que lo lleva al Gran Antes, donde las almas son instruidas en las lides mundanas para encender lo que unas entidades cuánticas llamadas todas ellas “Jerry” definen como la “chispa”, aquello que definirá lo dichas ánimas realizarán en vida. Fraguando un plan para fugarse de nuevo al plano terrenal, Joe los engaña haciéndose pasar como mentor de una almita revoltosa con voz de mujer madura llamada 22 (como aún no han sido “personas”, se les conoce tan solo por números), la cual a su vez no quiere formar parte del mundo de los vivos por considerarlo una pérdida de tiempo, por lo que ambos fraguan un plan que les permitirá a ambos conseguir lo que quieren: ella permanecer en el Más Allá y él regresar a su cuerpo. Las cosas, por supuesto no salen como esperaban, pupes al reingresar a nuestro mundo lo hacen de forma caótica, por lo que 22 termina en el cuerpo de Joe y éste en un gato. La experiencia permitirá que ambos conozcan mejor el sentido de la vida mediante diversas experiencias con amigos, la música y la madre de Joe.

La dirección del veterano Pete Docter (“Monsters, Inc.”, “Up, Una Aventura de Altura”, “Intensa Mente”) en conjunto con el menos experimentado KempPowers produce una sinergia en cuanto al tratamiento de los personajes, pues todos poseen claridad en sus motivaciones y conductas, además de una puesta en escena digital formidable, donde cada detalle resalta una tónica de realidad en cuanto a las imágenes y el entorno que se crea, con una construcción meticulosa de los elementos a cuadro, ya sean espacios metafísicos o terrenales, encajando una idea de cohesión orgánica y sensorial. Pero la belleza de la animación no logra ocultar la inconexión argumental que produce el salto constante de espacios, pues mientras que varias escenas son dedicadas a la acción en el Gran Antes, otras tantas ocurren en la Tierra, donde el ritmo cambia a una dinámica casi opuesta a lo visto en el primer acto, para después volver a transformar el tono cuando Joe y 22 comprenden lo que representa el pasar tiempo en este plano existencial. Esto diluye una historia que bebe directamente de las cavilaciones intelectuales de un filme como “Intensa Mente”, pero ahora con ciertos añadidos filosóficos sobre el Ser y los procesos que llevan a la forja de una identidad. Esto que resulta muy valioso y casi único en una cinta de corte familiar no logra desarrollarse correctamente cuando la trama fuerza al espectador a seguir a dos personajes que entablan la obligada rutina de la pareja dispareja con intercalados momentos sublimes o emotivos (la escena donde 22 en el cuerpo de Joe confronta a la madre de éste o la lírica toma al pie de un árbol que resuelve varias de las incógnitas existenciales de 22) casi como suspiros entrecortados al dominar el humor que produce el ver a Joe en el cuerpo de un felino, recurso que se agota muy rápidamente. A pesar de sus hándicaps, la película cuenta con una tesis poderosa que culmina de manera conmovedora: la vida vale tan solo por vivirla, y en ésta época donde la desesperanza reina, es un mensaje por demás necesario y valioso. “Soul” pudo ser más, pero tiene suficiente alma como para trascender.

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