La diferencia entre “reproducir” y “recapturar” el espíritu de “La Guerra de las Galaxias”

Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Se le ame o se le odie, el legado argumental establecido por George Lucas con “La Guerra de las Galaxias” es innegable. Aún si su discurso resultó producto de una amalgama entre el cine de AkiraKurosawa, los filmes de matinée serie “B” y las películas de vaqueros, éste logró forjar su propio zeitgeist en el ideario comunal llegando en tiempo y forma precisos durante la debacle ética e idealista propia de los caóticos años 70’s viéndose apropiado por el mundo para luego regurgitarlo en infinitas manifestaciones culturales que mostraban los filtros maniqueos y un nuevo decálogo según Lucas. Toda pieza narrativa y componente mercadológico encajaron a la perfección, permitiendo que el público de cualquier edad, género o condición económica percibiera como propia a una galaxia muy, muy lejana, fenómeno que os acompaña hasta nuestros días, ya sea con una nueva y despatarrada trilogía producto más de la desesperación o ambición económica de la compañía Disney (la casa de Lucasfilm desde hace 8 años) o con una serie de televisión titulada “El Mandaloriano” que sirvió para dos cosas: darle arranque –y empuje- al servicio de streaming inaugurado hace apenas un año por parte de la Compañía del Ratón y para demostrar que es posible beber del material fuente sin escupir a la inteligencia de la audiencia mediante un producto (porque a fin de cuentas, todo lo que ofrece la Disney no se somete a un altruismo artístico, sino que además contempla la venta de camisetas, figuras, peluches y demás parafernalia) con forma y fondo estrictamente cinematográficos que posee cohesión e incluso interés dramático gracias a que sus personajes y situaciones se trazan con relativa profundidad y entereza.

El especialista en cultura geekJon Favreau (“IronMan”) se ha tomado la molestia de crear este proyecto para las pantallas chicas donde además escribe y dirige algunos episodios tomando como esquema de planificación argumental elementos clave del desarrollo narrativo de la cultura pop como la moralidad ambigua y construcción de personajes del spaghetti western (desde el monosilabismo y pasado misterioso del estoico protagonista hasta diversas situaciones donde la línea entre bien y mal se desenfoca) o la construcción de historias sobre personajes antihéroes perseguidos que nos remontan a la estructura básica de exitosas series de antaño como “El Fugitivo” (1964-1967) o “El Hombre Increíble” / “TheIncredibleHulk” (1977-1982). En este caso quien nos lleva en este agitado recorrido es un Mandaloriano (Pedro Pascal), guerrero que forma parte de un gremio de cazarrecompensas galácticos sujetos a un estricto código de conducta cual bushido samurái llamado “El Camino”. Llamado simplemente “Mando”, nuestro protagonista se nos muestra desde un inicio como un asesino a sangre fría que posee un pasado tortuoso al ser testigo de la muerte de sus padres por fuerzas imperiales (entonces comandadas por DarthVader y compañía). Sus misiones le son encomendadas por un enlace llamado Greef Carga (Carl Weathers, a quien ya lo extrañábamos en pantalla), quien lo orienta a una misión muy bien pagada orquestada por un enigmático hombre con nexos al Imperio (Werner Herzog). La encomienda es encontrar y llevarle a un ser de 50 años que se encuentra custodiado. Al eliminar a sus enemigos y localizar a su presa, resulta ser un bebé (en efecto, con medio siglo de vida) de la misma longeva raza del legendario maestro Jedi Yoda. Mando cumple con su deber entregándolo a su empleador, pero decide rescatar al infante y comenzar un recorrido por diversos sectores del espacio para mantener a salvo al crío y a sí mismo, rescatando una de las tradiciones narrativas más socorridas desde la saga japonesa de “Lobo Solitario y Cachorro”: el hombre fuerte y hosco que se ablanda cual pan de huevo al hacerse de un compañero inocente, arcano y, en este caso, poseedor de una apariencia y modos tan adorables que ha hechizado a todos los que posan sus ojos en él, mientras que encuentra apoyo en algunos personajes que simpatizan con su causa, como la ruda pero sensible cazarrecompensas Cara Dune (Gina Carano). El ermitaño Kuill (un irreconocible Nick Nolte) o el mismo Carga.

El secreto en el éxito de esta serie no solo se ubica en la condición natural y bien diseñada de los personajes (v.g. el misterio que rodea a Mando o la mencionada ternura comercial del bebé Yoda), sino en el sólido tratamiento que reciben los capítulos en cuanto a guion y niveles de producción de primera, además de un sutil pero fluido desarrollo de personajes que muestra atisbos temáticos a un cuadro macro que comienza a tejerse conforme los episodios –y temporadas- avanzan. “El Mandaloriano” es, en efecto, un producto, pero uno muy bien ejecutado al punto que no genera culpa el apreciarlo y sumergirse en su universo escapista en una galaxia muy, muy lejana.

 

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