Esta es una joya de película.

La sola mención del nombre “Adam Sandler” puede producirle al cinéfilo dedicado dolorosos espasmos cerebrales al llegar a nuestra memoria una catarata incontenible de películas que van de lo nefasto a lo infumable protagonizadas por el otrora miembro estelar de “Saturday Night Live”. Su empleo del humor guarro sostenido por bromas y chistes a costa de secreciones, excreciones y demás recursos infantiloides lo han estigmatizado y relegado a cierto tipo de público poco o nada exigente que igual puede reír de sus flácidas bromas o de un transeúnte que recibe un golpe en la ingle. Pero “Diamantes en Bruto”, así como aquel maravilloso drama de gusto agridulce dirigido por Paul Thomas Anderson y estelarizado por Sandler titulado “Embriagado de Amor”, nos revela a un actor capaz no sólo de comprometerse con un rol difícil y complejo, sino también dotarle de peculiares matices donde percibimos que la mímesis entre personaje e intérprete es completa, transfigurando un papel en algo memorable y trascendental, borrando por completo sus facetas subnormales y mentalmente retrasadas de antaño. Ésta será la película por la que Adam Sandler será recordado por mucho tiempo, pues se trata de una obra maestra autocontenida, honesta, muy clara y peculiarmente sórdida que también debiera pasar a la historia como el momento clave en el que Netflix (servicio de streaming donde se encuentra la cinta) logra consolidar su posición dentro de la industria del cine moderno como alternativa válida para proyectos de calidad, camino labrado el año pasado con “El Irlandés” de Scorsese, “Historia de Un Matrimonio” de Baumbach y “Los Dos Papas”.
El prólogo del filme nos sitúa en Etiopía, en la Mina Welo durante el otoño del 2010, donde un par de trabajadores etíopes aprovecha una pequeña revuelta contra la dirigencia asiática del lugar a raíz de un accidente sufrido por otro obrero para introducirse en los túneles excavados y sustraer un enorme ópalo sin cortar -o en bruto- para venderlo por cien mil dólares a Howard Ratner (Sandler), un joyero judío que tiene una galería de exhibición clandestina donde compra, cambia y vende piedras preciosas en el distrito de diamantes de Nueva York. La transacción dura 17 meses, tiempo obviado mediante elipsis argumental, por lo que la acción transcurre ya en el 2012, año en que Howard recibe la valiosa pieza una vez que le pidió prestado el dinero suficiente a su cuñado Arno (Eric Bogossian), hombre iracundo que trata con el bajo mundo neoyorquino, para adquirirla.
El personaje de Howard es todo un arquetipo procreado en La Gran Manzana, pues se muestra fanfarrón, de labia procaz y convincente y con mucha ambición, al punto de prestarle a regañadientes el ópalo al famoso basquetbolista Kevin Garnett (interpretándose a sí mismo) como una suerte de amuleto de buena suerte a instancias del empleado y casi cómplice de Howard Demany (Lakeith Stanfeild), afroamericano bocón y estridente a la par de su empleador cuya labor es la de llevarle a Howard clientes del jet set neoyorquino. De este modo Garnett le deja como garantía a Ratner su anillo de campeonato, tan solo para posteriormente ser empeñado en miles de dólares por el protagonista y cubrir esa otra manía que consume su psicología además de los diamantes: las apuestas.
Este es tan solo el marco argumental, pues el guion enriquece su retórica en un amplio despliegue narrativo sustentado en las acciones de Howard, quien siempre quiere salirse con la suya ya sea estafando a quien se deje vendiendo Rolex falsos o evadiendo a los matones de Arno quienes no lo dejan ni a sol ni a sombra (ni siquiera en una obra de teatro escolar protagonizada por su hija), mientras que trata de mantener contentas tanto a su esposa Dinah (Idina Menzel) y sus tres hijos como a su amante, una vendedora de su galería llamada Julia (Julia Fox), fiel pero carente de madurez.
El fascinante guion de los directores Benny y Josh Safdie, amparados por Martin Scorsese en la producción, urde una trama que impresiona por la madurez e inteligencia con que trata tanto la trama y sus estupendos personajes como los recursos simbólicos que escudriñan diversas aristas de la condición y ambición humanas (una secuencia brillante muestra el colorido y brillante interior del ópalo tan solo para concatenarlo a una colonoscopía a la que es sujeto el protagonista buscando indicios de cáncer), obsequiándonos una experiencia que es a la par vertiginosa, profunda, adorable, demencial, rigurosa, irónica y arrebatadora que retrata el costado más azaroso y darwinista de una urbe como ésta, sin concesiones moralistas o un “gran mensaje” que conforte al final de la experiencia (aunque sí se encuentra, pero más oculto de lo que se cree y no como se podría esperar).
“Diamantes en Bruto” es una cinta que se disfruta más con un criterio amplio y es tanto una de las mejores películas del año como muestra de que aún existen varias posibilidades de redención tanto para el cine actual como para el mismo Adam Sandler -el título invariablemente parece aludirlo- que ya se sentían muy cómodos en la alcantarilla hollywoodense. A ver sin falta.

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