Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

La realidad (en E.U.) supera cualquier ficción

Los escándalos en política exterior que produjo la administración de Ronald Regan a inicios de la década de los 80’s fueron pieza clave en el refuerzo sistémico de la visión que este cowboy metido a presidente de la nación capitalista más poderosa del mundo tenía sobre que ésta fuera “la policía del mundo”, aún si ello implicaba rodear, torcer e incluso quebrantar descaradamente cualquier ley o reglamento. Uno de sus componentes fue el empleo y subsecuente manipulación de un avezado piloto de aerolíneas comerciales llamado Barry Seal para trabajar bajo supervisión de la CIA primero como fotógrafo de las actividades guerrilleras de los Contras en Nicaragua que luchaban contra el Frente Sandinista para después proveerles de armamento e incluso transportarlos a los Estados Unidos para entrenarlos con auspicio de la milicia gringa, todo mientras Seal también dedicaba tiempo y esfuerzo a contrabandear cocaína para el Cártel de Medellín colombiano a su país. Una historia tan inverosímil que sólo podía ser verdad tratándose del gobierno norteamericano y así se retrata en la cinta “Barry Seal: Sólo en América”, un ágil y muy entretenido ejercicio que hibrida aventura y comedia negra mientras destapa ciertos entretelones de algunos de los momentos más notorios y controvertidos de la administración Reagan.
Tom Cruise, dando su mejor interpretación en años, encarna a Barry Seal, un sujeto que transita una existencia morosa y flácida trabajando como piloto para la TWA a finales de los 70’s llevando una dinámica de trabajo tan extenuante que no le permite una vida familiar plena, por lo que imprime algo de adrenalina a su vida, como cuando aprovecha el reposo de su compañero en cabina para realizar un picado vertical haciéndolo pasar por turbulencia que asusta a los pasajeros tan solo para romper la rutina o traficar habanos cubanos, esto último en aras de mejorar su precaria situación económica. Su búsqueda por algo diferente llega en la forma de Monty Schafer (Domhnall Gleeson), un agente fantasma de la CIA que lo seduce con fuertes sumas de dinero para que utilice un avión bimotor capaz de desplazarse a gran velocidad y a cualquier altitud y sobrevuele los campos de entrenamiento de los Contras nicaragüenses para fotografiarlos y otorgarle información visual a los servicios de inteligencia norteamericanos (recuerden, esto fue antes de los satélites y la tecnología HD). La ambición de Seal lo lleva a los brazos de Pablo Escobar y compañía en Colombia, donde accede a traficar su droga a los E.U. mientras continúa trabajando para el gobierno de su país, lo que hace de sus andanzas toda una aventura manejada con bastante pericia por el director Doug Liman (“Identidad Desconocida”, “Al Filo del Mañana”), quien disemina anecdótica y capitularmente el progreso cronológico del protagonista como entidad y figura clave en el afianzamiento de la Norteamérica intrusiva mediante estrategias de control económico y militar en ciertos sectores del mundo, a la vez que muestra los aspectos personales de esta encomienda, como las atinadas (aunque algo breves y no muy numerosas) escenas donde Seal convive con su familia, en particular su esposa Lucy (Sarah Wright) quien acepta con agrado el nuevo giro laboral de su marido ante las literales toneladas de dinero que llegan. El relato adquiere veracidad gracias a la tónica plástica y técnica que utiliza Liman para otorgarle ciertas dimensiones a su filme más allá de la denuncia vedada (que a fin de cuentas lo es) o las correrías inauditas de su protagonista, como filtros que destiñen la paleta cromática muy a la usanza de las cintas de la época o tomas y movimientos de cámara semi documentalistas muy controladas que no caen en la típica cámara borracha mareadora.
La película no solo entretiene, también brinda una aguda reflexión sobre el estado de la política capitalista en su momento de mayor furor y las simientes de lo que a la postre serían los talibanes e incluso ISIS, células terroristas germinadas por los gringos. Pero es la construcción del personaje principal lo que realmente atrapa, dotándole de ciertas aristas psicológicas similares a las entidades que pueblan los filmes de Martin Scorsese pero con el carisma la sonrisa millonaria de Cruise y terminando atrapado en su propia red de intrigas a la vez que sucumbe a las manipulaciones de la CIA, solo para culminar cómicamente emboscado por la DEA, el FBI y la policía local. “Barry Seal: Sólo en América” no puede ser vista como un trozo veraz de realidad e historia (el mismo director se refirió a su filme como “una bella mentira”), pero sí parte de los elementos históricos genuinos para comprobar que, al menos en los Estados Unidos, la realidad siempre será más bizarra que la ficción.

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