Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Dios los hace y ellos se juntan

Lo que comenzó como una suerte de movimiento contestatario a la retórica inflamatoria y xenófoba del ahora (alabado sea Cthulhu) ex presidente de los Estados Unidos Donald Trump en cuanto a la pugna por las minorías raciales por ensanchar su repertorio y presencia en las pantallas tanto desde las entrañas de las factorías cinematográficas gringas como en las trincheras independientes ahora ya es una senda bien zanjada y consolidada que ha encontrado eco en su comunidad y también el resto del mundo, gracias en parte a que los proyectos que ofertan no cedieron al tentador manjar de la explotación de su etnia como ocurrió en los 70’s con el “Blaxploitation” tan sólo para ganar terreno, sino que han pluralizado su discurso desde múltiples ópticas e incluso géneros valiéndose de historias y propuestas narrativas muy interesantes que a su vez fundamentan su credibilidad y valía con el apoyo de la crítica e incluso el público, desde el éxito sorpresa que fue “¡Huye!” (Peele, E.U., 2017) hasta la camada de filmes recién liberada por los servicios de streaming como “5 Sangres”, “La Madre del Blues” y ahora “Una Noche en Miami”, el debut como directora de largometrajes de la talentosa actriz Regina King (su actividad detentando el megáfono se había limitado previamente a diversos capítulos de series televisivas), quien adapta la obra de teatro de Kemp Powers para dilucidar en qué reside el genuino “Black Power” durante la convulsa década de los 60’s (punto de origen para todos los movimientos sociales que los afroamericanos han procurado tomados de la mano del Dr. King en pos de un trato igualitario hasta la fecha) pero desde una premisa la verdad fascinante: el hipotético encuentro entre el líder revolucionario Malcolm X, la figura boxística Cassius Clay, la estrella de la NFL Jim Brown y el cantante de soul Sam Cooke. Durante una noche estos cuatro íconos de la cultura negra se enfrascarán en un tira y afloja ideológico que teje una trama donde la acción se produce no mediante escenas vertiginosas, sino en la explosivainteracción que estos hombres tan disímbolos detonan.
La película se ubica en 1964, iniciando mediante un acto de presentación de personajes sumamente cinematográfico que genera el contexto necesario para comprender quiénes son estos personajes. Es así que vemos a Brown (Aldis Hodge) en su momento culmen como jugador de los Cafés de Cleveland y a punto de iniciar una carrera en Hollywood, pero discriminado por el color de su piel en su natal Georgia; a Sam Cooke (Leslie Odom Jr.) quien, a pesar de haber interpretado canciones exitosas como “Twistin’ The Night Away” y “You Send Me”, sufre la indiferencia de la audiencia blanca en el famoso cabaret Copacabana en Nueva York: a Cassius Clay (Eli Goree) en el umbral de la adoración mundial ante su victoria contra Sonny Liston pero asaltado por incontables dudas existenciales que lo orillan a considerar a la religión musulmana y un cambio de nombre a “Muhammad Alí” como opción y finalmente Malcolm X (Kingsley Ben-Adir), con una bella familia liderando uno de los movimientos más importantes de la negritud radical en su momento, colocándolo en un momento delicado y algo paranoico ante su persecución por parte del FBI de Hoover y la prensa conservadora. Los tres primeros se verán convocados a instancias del último para pasar una noche en un hotel de Miami donde de forma gradual mediante debates, risas y conflictos verbales, se revelarán las capas psicológicas de estos individuos, aquello que los motiva e intranquiliza y las verdaderas intenciones de Malcolm por reunirlos.
El nudo argumental de la película es muy deudor a su fuente dramatúrgica, limitando la mayoría de las escenas a un escenario concreto (el hotel) mientras que la dinámica entre ellos hace el trabajo dramático, lo que pudo ser un ejercicio diegético pesado si no fuera porque el guion hace una gran labor en construir personajes muy creíbles y coherentes con sus contrapartes históricas que localizan una voz clara y fuerte en los actores, quienes logran una mimetización con sus papeles filtrando loas fábulas que han surgido alrededor de los hombres que encarnan con una leve pero maciza deconstrucción sobre ellos y sus disímbolas personalidades (las manías controladoras de Malcolm, el ego sobreexpuesto de Clay, los complejos de inferioridad de Cooke, etc.). Al final el conjunto nos aporta una reflexión muy clara sobre la cultura negra abordada por algunos de sus mitos y la focalizada visión de su directora, una Regina King que muestra sólidas facultades para hacer carrera como directora con una mirada y empleo de cámaras aplicadas y sutiles, casi artesanal. “Una Noche en Miami” es claro ejemplo de que aún queda mucho por decir sobre y por los afroamericanos en el cine post-Trump.

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