La violencia sexual es una forma de violencia de género, y se hace posible porque se sigue privilegiando y poniendo en un lugar de dominación a los hombres sobre las mujeres; para erradicarla se debe abordar como un problema estructural, no como una cuestión de la vida privada; hacerle frente implica dejar de referirse a ella como una serie de sucesos aislados y dejar de invisibilizar a los agresores. Implica, también, una asunción de responsabilidad colectiva.

Tomando como referencia la definición de la Organización Mundial de la Salud, la violencia sexual es: Todo acto sexual, o tentativa de consumar un acto sexual, los comentarios o insinuaciones sexuales no deseados, o las acciones para comercializar o utilizar de cualquier otro modo la sexualidad de una persona mediante coacción por otra persona, independientemente de la relación de esta con la víctima, en cualquier ámbito, incluidos el hogar y el lugar de trabajo. La coacción consiste en obligar a alguien a que diga o haga algo que no quiere, mientras que la intimidación consiste en causar miedo en otra persona, o presionarla moral y psicológicamente hasta lograr el objetivo buscado; sólo en estos casos, según el Código Penal actual, se considera que hay agresión sexual, porque si la coacción se realiza a través de amenazas, extorsión o manipulación, entre otras, se considera abuso sexual. El abuso sexual, entonces, son los ataques contra la libertad o integridad sexual de otra persona no consentidos, o con un abuso de superioridad que coarta la libertad de la víctima, es decir, son comportamientos realizados sin el uso de la fuerza o la intimidación y sin el consentimiento de la víctima.

Las nuevas tecnologías han supuesto un importante cambio en las relaciones sociales, el ocio y la forma de informarse, siendo su impacto aún mayor entre la juventud, pues facilitan la impunidad al favorecer el anonimato de los agresores sexuales, hacen que se normalicen las conductas menos extremas de violencia, como el control, los insultos o ciertas formas de acoso sexual. Este cambio entonces, tiene muchos aspectos positivos, pero también ha conllevado a una amplificación de los abusos sexuales como el “stealthing” y el “reverge porn”. La práctica del “stealthing” es la eliminación no consentida del preservativo, de forma disimulada en una práctica sexual consensuada; mientras la porno venganza o “revenge porn”, es la publicación de imágenes o videos íntimos por parte de una expareja, aunque hubieran sido tomadas con permiso.

En ambos casos se tiene una cosa en común, el consentimiento. Por lo que considero importante distinguir dos supuestos: los abusos que se hacen sin consentimiento y aquellos en que el consentimiento se declara nulo, irrelevante o viciado (falso consentimiento). Resulta de vital importancia que los casos de falso consentimiento sean considerados como tales y que no sirvan para culpabilizar a las mujeres. Son situaciones en las que se considera que la víctima no dispone de la capacidad de tomar una decisión libre, por aprovechamiento o por alteración de su voluntad mediante el uso de fármacos, drogas o cualquier otra sustancia. El consentimiento no significa sólo decir conscientemente que sí consientes. Significa que sí deseas. Lo contrario sitúa a las mujeres en una posición de objetos pasivos que permiten o no a los hombres tener relaciones sexuales que ellos sí desean. Las relaciones sexuales tienen que ser consentidas y deseadas claramente por ambas partes: el entusiasmo, la iniciativa, la reciprocidad, los pactos y acuerdos sobre lo que se quiere y lo que no, son muestras inequívocas de cuando una relación sexual es acordada y libre. Y siempre es reversible, es decir, en cualquier momento cualquiera de las partes puede decidir que no desea continuar.

Parece que, a estas alturas en nuestra cultura, el NO de una mujer es el inicio de una negociación y no el fin de una conversación. Por lo que resulta imperante reconocer que el consentimiento es la piedra angular de las agresiones sexuales, pero también, que existen otras formas de abuso sexual que no requieren contacto físico sexualizado y que ameritan ser discutidas para una eventual reforma de los delitos sexuales.