Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Eeeehh nada nuevo viejo

(Nota: Esta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

Y sigue la mata dando en cuanto a secuelas tardías de éxitos añejos que capitalizan la nostalgia de la Generación X (v.g. “Jumanji: En la Selva”, “Mundo Jurásico”). Ahora es el turno de “Space Jam: Una Nueva Era”, la cual retoma la estafeta dejada por “Space Jam” (1996), filme acomodado al lucimiento del entonces omnipotente Michael Jordan junto a los Looney Tunes en una aventura simplona pero entretenida que ahora destaca como todo un ejercicio en sobriedad en comparación a esta continuación donde hay de todo como en botica, pues al igual que ocurriera con “Ready Player One: Comienza el Juego” de Spielberg hace 3 años, cualquier rastro de alguna intención narrativa se ve sepultada por la incontable cantidad de referencias que, en este caso, hacen apología al mismísimo estudio que la procrea (la Warner Bros.) bajo el supuesto de que la expresa indicación de sus numerosas franquicias (“Harry Potter”, “Matrix”, DC Comics) o incluso sus filmes clásicos (“Casablanca”, “Lo Que El Viento se Llevó”, “EL Mago de Oz”) ya son comicidad de facto, cuando en realidad son tan solo distracciones a modo de actividad nemotécnica donde el público tan sólo trata de identificar, recordar y por qué no, mencionar en voz alta el nombre de la cinta o personaje que aparece en el fondo o en primer plano. Una actividad fútil que, uno supone, existe para maquillar la pobreza argumental de este costoso proyecto que luce como un sano entretenimiento, pero posee alto contenido calórico de nimiedades y absurdas lateralidades.
El astro del baloncesto LeBron James es quien ahora toma el balón una vez que Kobe Bryant (q.e.p.d.) rechazó el proyecto hace algunos años, y el apodado “Rey James” hace un trabajo interesante, pues se muestra más suelto, convincente en su rol e incluso a gusto rodeado de personajes de fantasía, generando una interpretación superior a la que diera un Jordan tieso y gesticulante 25 años atrás (aunque claro, era deportista y no actor). Incluso la premisa es prometedora: LeBron debe rescatar a su hijo Dom (Cedric Joe) de las garras de Al G. Ritmo (el siempre bienvenido Don Cheadle), un algoritmo (obvio) con tendencias manipuladoras y monomaniacas de la compañía Warner que los obliga a enfrentarse en un juego de basquetbol dentro del universo digital de lo que él denomina el “Servidorverso”. Por supuesto cada jugador tendrá un equipo, y mientras que Dom, un chico inteligente que contraría a su padre al no querer jugar baloncesto para dedicarse al diseño de videojuegos, tiene de su lado a las versiones digitales de algunos jugadores profesionales transformados en grotescas criaturas elementales y animales, LeBron deberá competir con los Looney Tunes, cuyo anárquico comportamiento y frenesí no empata con su visión seria de lo que es el baloncesto, por lo que varias escenas se destinan al choque ideológico entre ellos.
La película marca con claridad su línea argumental desde el inicio, dejando que el conflicto entre padre e hijo sea el canal por el que todo el procedimiento se conduzca, pero el resto se queda en la periferia, olvidando la relación entre LeBron y su esposa (interpretada por Zendaya, quien también le da voz a Lola Bunny) o sus demás hijos. Incluso esto puede considerarse peccata minuta ya que, después de todo, es una cinta programada para entretener al público infantil con personajes de caricatura interactuando con una superestrella deportiva, más nada justifica el superficial empleo en masa de todo lo que la Warner ha acuñado como cultura pop a modo de colocación de productos, únicamente para agregar un elemento visual de forma indiscriminada con el que la audiencia se sienta cómoda identificándola como referente cultural, aún si se trata de Pennywise o Ingrid Bergman en “Casablanca” (quisiera saber cuántos niños, y tal vez muchos adultos, comprenderán éste último). Esto mina cualquier posibilidad narrativa a la cinta dejando un sabor de frivolidad en la boca y contrarrestando las buenas intenciones temáticas de la película (estrechar vínculos familiares y la búsqueda de uno mismo) o las entusiastas actuaciones. Por otro lado, se patentiza el hecho de que no importa en qué contexto, bajo qué circunstancias o de qué modo se nos presente a los Looney Tunes en cine, éstos sólo parecen funcionar adecuadamente en el universo de anarquía y humor ácido que manejan en sus cortometrajes clásicos o bajo la mirada de Chuck Jones en los 60’s y 70’s, algo de lo que en esta época de la frágil sensibilidad millenial donde ni siquiera un zorrillo de caricatura puede actuar como la sátira romántica que es sin que se le censure se puede prescindir. “Space Jam: Una Nueva Era” lanza muchos tiros pero rara vez logra atinarle a la canasta.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com