Moshé Leher

Sueño. ¿Qué sueño? Pues no sé, cualquier cosa: alguna preocupación cotidiana.

Algo se remece; una sacudida me despierta. Voy sentado en un amplio sillón, rodeado de extraños. Por los ventanales pasan a toda la velocidad los olivares, sobre unas colinas de albero y bajo un cielo de claridad que ciega. Termino de despertar: voy en un tren a toda velocidad, voy de Madrid a Málaga, a 220 kilómetros por hora, cruzando, supongo, terrenos de Puente Genil.

Antes, mientras hojeé un diario, he visto molinos por Ciudad Real, llanuras amarillentas en Córdoba, pueblitos de casas blancas y tejados de color arcilla, con campanarios cuadrados que miran a un cielo de azul deslavado. Antes de eso, esta mañana he trotado por los callejones de Malasaña, por Fuencarral, por la Gran Vía hasta donde se convierte en Alcalá, y de allí hasta el estanque del Buen Retiro.

Llevo ya dos días por estas tierras. Me he perdido por Chueca, por La Latina; he paseado por el interior de una escultura monumental de Richard Serra, he visto el Guernica, he cenado con mi hijo y su amigo Diego en un pequeño restaurante de Argüelles.

En la placita del Rastrillo desayuné, antes de salir desde Atocha, un bocadillo de tortilla, para subir a ducharme, dejar la habitación y caminar hasta el metro Tribunal, para ir a tomar ese tren que me lleva a Málaga, que está soleada y ardiente, y donde luego camino hasta la estación de autobuses para bajar a Marbella, en un camión que me deja ver las poblaciones de la costa, sus mansiones, sus campos de golf para millonarios rusos y, en medio, de la bruma marina, el Peñón de Gibraltar y, afinando la vista, una parte de la cordillera de Atlas, ya en África.

El tren se sacude y yo caigo en cuenta de que he cruzado el mar, que, finalmente, me he decidido venir a ver qué me tiene el destino, del otro lado del mundo.

Por la noche de anteayer bajé a Puerto Banús, a ver un espectáculo extraño, más que extraño absurdo: en medio de una avenida por donde circulan los Ferrari, los Rolls Royce, los Bentley, un grupo de curiosos se arremolinó para ver, sobre una cubierta baja de un yate de lujo, de esos que cuestan el presupuesto anual de muchos municipios mexicanos, a dos sujetos que bebían vino, seguro carísimo, dejándose, como si fueran monos en un aparador, fotografiar por los que buscan en esa instantánea una suerte de magia simpática que atraiga los muchos millones y un guiño de la diosa Fortuna.

Una estampa para comentar el Eclesiastés: los que tienen todo y los que tienen un teléfono móvil con una cámara para retratar a esos dos que, no sabemos, son un par de potentados árabes, dos mafisosos armenios o dos empresarios mexicanos bien avenidos con el gobierno de ‘primero los pobres’.

Pero yo vengo a otra cosa.

He pasado la noche en vela preparando unas notas y esperando que, al alba, me llegue el zarévich de Madrid. De hecho he llegado a las seis y pico de una noche cerrada, mal iluminada por media luna pálida, que nos muestra un camino por donde bajamos a una playa pedregosa, donde escuchamos, primero, el rumor leve de un mar manso que besa las piedras, y luego vemos a un sol gigantesco aparecer detrás de un horizonte de casas pálidas.

Mi hijo ha venido a acompañarme a la apertura de una exposición, que incluye varios grabados míos, de los que hice en el taller de Eduardo Escárcega, en el precioso Museo de Grabado Español de Málaga, donde se hará una sencilla ceremonia y una entrevista con una señora ministra local de algo, puede ser, debe ser, de Cultura.

El director, Germán Borrachero, así se llama, lo juro, me habla de su extrañeza: un grabador mexicano, que lleva un nombre hebreo y presenta obras con tinte catalán. Una extrañeza, sí, le consiento, porque mi vía, eso sí es toda una extrañeza y eso no me disgusta del todo.

Pero silencio que ya ha llegado Carmen, la ministra y los de la televisión me piden que me coloque a cuadro y que, hasta que ellos indiquen, se haga el silencio, mientras que una ‘Dona amb veler’ que grabé, hace meses, me mira compasiva desde un muro de perfecta blancura, bajo una hermosa cúpula de lo que fue un viejo templo de un culto antiguo.

Comenzamos.

¡Shalom¡

@MosheLeher: Facebook, Twitter, Instagram.