Moshé Leher

Para Luis Miguel A.

Quien entienda la alusión a Bill Clinton (“the economy, stupid”), entenderá un poco más adelante de qué hablo. O no: qué le vamos a hacer.

Y es que sé a qué me atengo con estos temas; lo siento, ya quisiera yo hablar de lo que opino de la afirmación demencial de que el AIFA “es el mejor aeropuerto de Latinoamérica”, del resultado –que ignoro– de los premios Grammy, y esos asuntos peregrinos de los que escriben los escribidores profesionales, que lo son justo porque no se meten en estas hibueras: a estas alturas de la vida y ante este estado de las cosas hablar de…

Sociedad de masas, cultura de masas, de cómo lo kitsch –visto lo visto– pasó de lo deplorable a lo respetable y, sí, hasta a lo consagrado, en este pandemonium, donde ya no entendemos ni la jota, donde parece arcaico ponerse a hacer consideraciones sobre el arte, la cultura y la política –ahora semánticamente asociada con vileza–.

Les ahorro, y me ahorro, abundar en el asunto de lo kitsch y el desvío que pretendía hacer sobre las ideas de Susan Sontag (‘Notas sobre lo camp’, 1964: el año que nací, hace casi seis décadas), para entrar en materia de la mano de, faltaba más, Hannah Arendt, que ahora es quien se ocupa de mis desvelos, en un ensayo, mínimo pero luminoso, todavía más añejo que el libro de la Sontag, pues data de 1963.

El asunto a tratar, para no darle más vueltas, es el casi inmemorial conflicto entre el arte y la política, que no es sino la expresión del conflicto individuo-sociedad o, según algunos, entre el homo faber y el homo sapiens, que puede ser el mismo expresado en oposición del que fabrica las cosas del mundo con sus manos y el hombre de acción.

Traigo a cuento el kitsch, lo kitsch, pues la Arendt (La crisis de la cultura, en Partisan Review, 1963) lo señala directamente como la causa del divorcio, en el siglo XIX, entre las artes y la realidad, tras el cual fue cosa de décadas que con el surgimiento de la sociedad de masas y la llegada de la cultura de ídem, las artes hayan sido fagotizadas por nuevos mediadores para convertir a los objetos de arte en productos de entretenimiento (donde valen los mismo Hamlet que My Fair Lady, y al parecer, dado el estado actual de confusión, Plinio que Bad Bunny).

Hay en el ensayo de nuestra pensadora, mucho griego (que no sé leer), mucho Platón (que entiendo a trompicones), mucho Benjamin y Adorno (Theodor Adorno, no un colgije navideño), y mucho Kant (que no voy a cometer la osadía de pretender entender), y al final de cuentas una genealogía de la vieja oposición entre arte y política; ya en la Grecia de Pericles, vemos que el hombre de Estado es el primero en apreciar las cosas bellas, pero el primerísimo en despreciar a sus artífices.

Aludiendo al consabido odio de Platón a los Poetas, veamos el desprecio de Pericles para con Fidias, por ejemplo, o contra ‘Homero y su ralea’, y el conflicto que se plantea que tanto la política como las artes han de manifestarse en el espacio (común) público y cómo fueron los romanos los que hicieron del humanismo (humanitas no tiene equivalente en griego, recuerda la Arendt), el espacio para la conciliación.

Dice, cito un poco al vuelo, la Arendt que es el gusto (el amor por lo bello) la capacidad ‘política que humaniza de verdad la belleza y crea una cultura’, y aquí es donde los romanos no sólo nos regalan la palabra cultura (cultivar: sí, como quien cultiva patatas) y a un nuevo espécimen social, prototipo del hombre libre: el humanista, cuya tarea ‘es arbitrar y mediar’ entre las actividades del político y del artista.

Por cuestiones de espacio, abrevio, o me despido con un dato, recién leído el pasado 8 de agosto: luego de muchos años de desprecio y de altas tasas de abandono, las facultades de filosofía en España crecen en el último lustro su matrícula en un 33%: todavía quedan algunos que tratan de entender.

¡Mazel Tov!

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