Jesús Eduardo Martín Jáuregui

 ¿Por quién votar?

Decía mi maestro Don Luis Recaséns Siches que el hombre no tiene libertad, sino que “es” libertad. Si la libertad es posibilidad o capacidad de elección, una persona, aún en la situación más desesperada podrá optar por diversas conductas o por maneras diversas de encarar la situación. Sin embargo, en la medida en que se tengan más opciones, el ejercicio de la libertad se amplía y, en la medida que tenga más conocimientos, criterio y responsabilidad, el uso de la libertad será más maduro y consecuente. Desde luego, hay marcos que, asumidos o impuestos, al final implican aceptación, restringen el ejercicio libertario. Pensemos que formamos parte de una religión que impone limitaciones en cuanto que sólo se podrá contraer matrimonio entre personas practicantes de la religión. La libertad estará coptada y sólo se podrá elegir entre un número relativamente pequeño de posibles parejas. Si un joven decide elegir carrera y no se preocupa por investigar las múltiples opciones que en la actualidad se brindan y toma del abanico tradicional la que le parece más acorde con su persona, habrá hecho un ejercicio de libertad, por supuesto, pero sesgado y restringido, y tendrá seguramente muchas probabilidades de no haber realizado la mejor elección posible.

El filósofo español Fernando Savater escribió una aguda y profunda obra con un lenguaje claro y atractivo que tituló “Ética para Amador”, y que dedicó a su hijo adolescente desde la premisa de lo complicado que resulta la comunicación padre-hijo, más aún en temas con tintes filosóficos. Savater sostiene que la única regla que tendría que tener un manual de ética sería: “Haz lo que quieras”. De alguna manera sorprende e intriga. ¿En dónde queda la moral? ¿En dónde quedan las reglas del trato social? ¿En dónde los convencionalismos? ¿Y la religión? Y así como esas, muchas preguntas semejantes. “Haz lo que quieras”, sostiene Savater, siempre que estés seguro de que eso es lo que quieres. En otras palabras, sólo puedes actuar moralmente sabiendo que lo que quieres es realmente lo que quieres. ¿Y cómo puedes saberlo? A partir de que toda elección implica renuncia es necesario conocer no sólo qué, presuntamente estoy eligiendo, sino también a qué estoy renunciando. La decisión podría no tener mayor relevancia si decido apoyar a un equipo u otro. Hay personas que en esa elección les va la vida, pero la mayoría estaría de acuerdo en que sería exagerado e incluso patológico. Si la actuación tiene que ver con una elección trascendente, la pareja de vida, la elección de una carrera, u otra igualmente grave, la cuestión se vuelve más compleja. Hay otros puntos más relevantes todavía: la decisión de por quién votar, porque en esa elección se implica no sólo a la persona que opta por uno u otro candidato, sino porque va necesariamente implícito el futuro de la comunidad. La responsabilidad obviamente es mayor.

Los antiguos pueblos griegos tuvieron grandes legisladores: Licurgo, Solón, Pericles, por citar algunos. Quiere la leyenda que cuando Solón decidió retirarse de la actividad política no “se hallaba sin hacer nada” de manera que decidió dedicarse a alguna actividad que le entretuviera y le procurara alguna satisfacción. No sabía cultivar la tierra y además ya estaba muy viejo para eso. No tenía habilidades artísticas. Sus destrezas eran muy limitadas y sus fuerzas muy menguadas, pero entre sus conciudadanos tenía la fama de ser un hombre sabio, sensato y probo, de manera que decidió poner una tienda de consejos. En la actualidad le hubiera ido muy bien, cualquier diputado local, cualquier regidor, tiene sus consejeros pagados por el erario. Viendo sus actuaciones uno pensaría que nadie les aconsejó o lo que es peor, se valoraría la calidad de los consejeros. En fin, Solón seguramente tuvo éxito. Se cuenta que un rico mercader encargó a uno de sus esclavos que fuera a comprarle el consejo más valioso que tuviera, sin importar el precio. El esclavo regresó con un pequeño volumen de pergamino y el consejo más valioso decía simplemente: “En todo lo que hagas, mira el fin”. Al principio al mercader le pareció baladí el consejo, pero al reflexionar cayó en la cuenta de su gran profundidad. Pensó que de haberlo aplicado muchas de las decisiones que había tomado hubieran sido diferentes y que habría muchas otras que no habría tomado. Ah, si nos tomáramos el tiempo suficiente para reflexionar cuál será el posible fin de cada decisión importante.

El país se encuentra a unos días de la elección más importante de los últimos cincuenta años, desde que se empezó a fraguar un sistema democrático en ciernes luego de la dictadura de partido que alcanzó con Luis Echeverría, su máxima expresión. Un sistema presidencialista, en que el ejecutivo concentraba el poder, en que los poderes legislativo y judicial eran una simple comparsa, soportado en un populismo clientelar que llevó a muchos a temer en un intento de perpetuarse en el poder. López Portillo no tuvo contrincantes, el sistema presidencial parecía haber alcanzado sus límites y la presión externa e interna, hizo impostergable un cambio en las reglas, en las instituciones y en las funciones.

La historia reciente de México se podría exponer como la lucha de la sociedad civil para limitar al gobierno y a sus gobernantes, luego de las experiencias desastrosas de los gobiernos emanados de la revolución. El gobierno de López Obrador, por cierto formado en el viejo PRI, se parece tanto al de Echeverría, autoritario, mesiánico, dilapidador, mentiroso, que se ha dedicado sistemáticamente a destruir los logros de la sociedad civil para limitar a un jefe déspota, prepotente, autocrático, que vale la pena reflexionar en lo que queremos para nuestro país.

Votar, aunque es una decisión personal, libre y madura, no puede ni debe ser una elección que se tome sólo por aspectos subjetivos. Esta es una invitación a que dediquemos a meditar en nuestro voto el tiempo suficiente para saber qué queremos para nosotros y nuestro país, ¿qué es lo que la 4T nos ha traído y si esto queremos para el futuro? ¿Si vale la pena seguir confiando en los partidos o por primera vez votar por una mujer ciudadana, no partidista, de una familia integrada, que ha vivido de su trabajo y no de la política, que encarna los valores tradicionales de nuestra nacionalidad?

Conocer las opciones, saber lo que deseamos y votar con emoción pero con la razón por delante. El futuro de nuestra convivencia está en juego, la democracia y la libertad.

 

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