Jesús Eduardo Martín Jáuregui

El notariado surgió como un servicio público para dar fecha cierta, certidumbre de contenido y forma correcta a hechos jurídicos (stricto sensu, antes de que me pongan peros) y se incorporó en la legislación como una función pública por su eficacia y utilidad. Los avances tecnológicos comprometen la función, a lo que no pocas veces contribuimos los propios notarios en el desempeño inadecuado y la complicidad de autoridades e instituciones, rebajando la formalidad y en ocasiones la solemnidad de los actos por evitarse molestias o por condescender a las exigencias comerciales de algunos clientes, propiciando vicios que eventualmente pueden comprometer la validez de los actos.

Una de las necesidades de los negocios era la de establecer fechas ciertas: del acuerdo de voluntades, de los términos y condiciones, del cumplimiento, etc. ¿Cómo dar una fecha cierta? ¿Cómo determinar cuándo sucedió algo? Una forma era relacionarlo con algún acontecimiento natural: la aparición de un cometa, por ejemplo, las fases de la luna, las estaciones del año… o siempre la posibilidad de recurrir a la autoridad. ¿Cuándo se fundó Tenochtitlán? Siempre supimos que fue el año 1325 de la era cristiana, pero ahora por orden del presidente López Obrador, seguramente con la complicidad de la no primera, no dama, se celebró este año el 700 aniversario de la fundación de la capital mexica. No es de dudar que en la actualidad muchas fechas que el Rey consideraba dignas de conmemorarse se fijaban de manera arbitraria. Determinar la fecha de la fundación de Roma el 23 de abril del año 753 a.c. sin duda fue una decisión autoritaria que se plasmó en la leyenda oficial en que se constituyó la Eneida de Virgilio.

Muy probablemente los hechos naturales por sí solos no bastaban para fijar la fecha cierta si no se relacionaban con circunstancias políticas o sociales. En las civilizaciones antiguas los periodos de un gobernante servían para la datación: el año tal del faraón, el año quinto del emperador, etc. Tan complicado resultaba que muchas fechas que teníamos por indudables se ha demostrado que no son confiables, uno de los ejemplos más conocidos es la fecha del nacimiento de Cristo. La intervención de instituciones como la Iglesia y el estado sirvieron para fijar a partir de la autoridad oficial y las constancias formales y, claro, la creación de los calendarios, los acontecimientos. Pero, una cosa es saber cuándo empiezan los idus de marzo y otra fijar el asesinato de Julio César el quince de marzo de 44 a.C. El Estado entregó a determinados funcionarios la posibilidad de la datación formal, entre otros a los notarios.

Sin embargo, la función de dar fecha cierta ya no es una función necesaria del notario. Existen tantas y tan confiables maneras de dar certeza a una fecha, que puede ser tan simple como la publicación en un periódico diario o la utilización de un fechador electrónico en el internet. Dar una fecha se puede conseguir de múltiples formas sin recurrir a procedimientos oficiales, pensemos inclusive, en los medios a los que recurren los secuestradores de fotografiar a sus víctimas con la edición de un periódico en que se destaque la fecha.

Dar certeza al contenido es una de las responsabilidades y funciones del notario, sin embargo la tecnología moderna ha incorporado tantas formas de reproducción de documentos, de alteración de su contenido, de modificación de los términos que, no hay texto que no pueda ser alterado ni documento que no pueda ser sometido a procesos de falsificación, si a esto le aunamos el poco cuidado con que se maneja la documentación, no sólo por parte de los interesados sino por los responsables de su tratamiento y cuidado, las consecuencias son la inseguridad en las transacciones. El recurrir a los hologramas ciertamente es una forma curiosa e ineficaz, en principio porque desplaza la identificación del documento de una producción notarial a un sellito que puede ser obtenido mecánicamente con toda facilidad y a un costo ridículo, la fe pública se deposita en un pequeño objeto que cualquiera puede conseguir o alterar, con el agravante de que sólo puede servir para lograr certeza si la persona lo conoce de antemano.

El dar forma jurídica justificaría plenamente la función notarial si no encontráramos todos los días invasiones de agentes financieros, inmobiliarios, bancarios y oficiales que interfieren en la formalización de la operación legal, desde la perspectiva no siempre correcta y muchas veces equivocada que fuerza al notario a utilizar expresiones o fórmulas inútiles, equívocas, cuando no innecesarias o confusas y conflictivas. Tal es el caso de una declaración muy socorrida como: “las partes declaran que en este contrato no hay error, dolo, lesión y si hubiere lo renuncian”: absolutamente ineficaz, sólo entendible por la ignorancia o por la asimilación de formatos de pacotilla. Los requerimientos de instituciones bancarias suelen ser rayanas en la estulticia, tanto como la jerga que utilizan, con el agravante de que la automatización se ha adueñado en tal forma de esos negociantes que ya no tienen cara. No es posible lograr que se muevan un ápice de sus machotes y sus prácticas.

Las nuevas tecnologías ofrecen posibilidades antes impensables para la elaboración de documentos con apariencia de legales, que se pueden obtener en sitios de internet que le ofrecen desde la formulación de una carta poder hasta la constitución de una sociedad mercantil, pasando por la redacción de todo tipo de actos y convenios. La confianza en la tecnología ha propiciado la desconfianza en las personas. La falsa idea de la infabilidad de las máquinas electrónicas parte de olvidar un principio fundamental: “garbage in, garbage out”, si la alimentas con basura, producirá basura.

La reciente crisis del Registro Público de la Propiedad, todavía inacabada, que tanto dinero ha costado, ha puesto de relieve la imperiosa necesidad de apostar necesariamente a la prudencia, preparación, experiencia, criterio, sensibilidad y sensatez. Si esas virtudes hubieran primado otro gallo hubiera cantado.

Los aspectos mecánicos, técnicos e instrumentales son asequibles para cualquiera, lo que justifica y justificaría la permanencia de la función notarial es lo que llamaba Carlos Llano: el tono humano.

 

bullidero.blogspot.com                 facebook jemartinj                twitter @jemartinj