COLUMNA CORTELa mirada se posa en aquella parodia antropomórfica de lánguida fisonomía y texturizada superficie epidérmica, donde los órganos internos son sustituidos por paño y trapo y los rasgos faciales adquieren dimensiones macro. Lo vemos con infinita curiosidad y, en un portentoso acto de génesis subsistencial, le prodigamos vitalidad y características humanas al tomarlo y sumarlo cual simbiosis existencial a nuestra mundología con un simple toque, el toque primordial que va acompañado de literal manipulación para articular sus flácidos miembros corporales y de imaginación como sustitución de un alma ocupada por relleno industrial. Lo miramos fijamente, e invariablemente esta creación artificial que cobra realidad orgánica en el imaginario nos devuelve la mirada. Tal es la existencia de una marioneta y de quien le brinda su anatómica supervivencia.
Pocas entidades ilusorias pueden pertenecer casi cual derecho de nacimiento a la experiencia cinematográfica, la cual sustenta y nutre cualquier idealización que prolongue el espejismo escapista del fatigado ser urbano, que las marionetas y toda su dinastía de entidades de felpa. Por supuesto el tema sale a colación una vez que Hollywood ha dispuesto el resucitar la otrora exitosa franquicia de Los Muppets, quienes sintetizan adecuadamente las parábolas sobre estrellas mediáticas y su respectivo ascenso y declive, comenzando por le programa de televisión que les brindara notoriedad y aceptación masiva durante los 70’s hasta la consolidación que supuso su traspaso a la estructura dramática del cine en la década de los 80’s, proveyendo a la generación pre-CGI la máxima capacidad de interacción entre criaturas antinaturales y aquellas de carne y hueso, fenómeno que incluso afectó el desempeño y desarrollo de diversos proyectos del género fantástico al acudir a la mecánica motriz de estos inigualables seres, desde Yoda hasta “Jurassic Park” (Spielberg, E.U., 1991). Su creador, Jim Henson (1936-1990), llegó incluso a gestar propuestas narrativas apuntaladas en entelequias fastuosas y de plasticidad convincente, con repartos constituidos en su totalidad por marionetas (“El Cristal Encantado”-1982) o como postizos protagonistas pululando un mundo carnal (“Laberinto”-1986 y las incursiones fílmicas tanto de sus célebres Muppets como de sus otras creaciones culturalmente aceptadas de Plaza Sésamo en su única cinta, titulada “Sigan a esa Ave”-1985), las cuales amalgaman la sensibilidad de los musicales de vieja escuela con pequeñas dosis de drama a la Frank Capra para culminar el proceso empático de los personajes hacia con el público. Los filmes de estas celebridades operadas fuera de cuadro carecían de toda malicia, alejándose de cualquier intención posmoderna satírica o de farsa y manifestando un optimismo que, lejos de irritar por una irresoluta ingenuidad, se erigía como un válido leitmotif.
Una vez totalizada la imagen y concepto de las marionetas como potencializadores de entretenimiento comunal, su concepción metonímica explotó los fundamentos trópicos que aludía tibiamente Walt Disney y los sumó al bestiario cultural, forjando una iconicidad que posteriormente daría pie a su inevitable convencionalismo, viendo la fórmula replicada en productos televisivos de inferior calidad y propuesta. En este punto donde el hastío ya mancillaba su popularidad la oscura cara de su alegre moneda se manifestó en una de las cintas más provocativas surgidas de las antípodas (y casi me atrevo a decir, de Eurasia en general) por cortesía de un director que ha generado su propio proceso simbiótico con la masificación, aún si sus primeras cintas carecían de todo tacto y delicadeza argumental: Peter Jackson y su filme “El Mundo de los Feebles”(1989). Esta producción de bajo presupuesto desacralizaba todos los afanes conceptuales y ufanos de sus antecesores batracios y porcinos para recubrir de ácido barniz hediondo su universo jovial y esperanzador, ya que sus protagonistas, todos marionetas de la categoría Muppet, están simple y patológicamente enfermos. La trama, todo un compendio de bizarras parafilias, gira en torno a Heidi, una hipopótama que, al verse traicionada por su amante Bletch, la Morsa, comienza a extraviarse en una vorágine de autodestrucción a la vez que lidia con el decaimiento de su programa de televisión, “Los Feebles”. Éstos a su vez, incluyen a una cucaracha pornógrafa y sadomasoquista, una liebre de dulce apariencia que, al verse aquejada por una terrible enfermedad venérea, se torna metodista religioso y suicida y una mosca de profesión reportero de nota roja cuyo principal deleite es regodearse en su coprofilia. Y estos son los personajes más agradables. La narrativa sustenta mucho de su argumento en toda obscenidad y palabra soez existente y el resultado es, por supuesto, hilarante, ya que las intrigas y problemáticas que surgen en este caótico y pavoroso mundo de pelusa viviente solo reflejan los decadentes modelos del cotidiano real aplicado a los arquetipos infantiles. Un auténtico gozo para saciar la veta ácida de todos quienes alguna vez se preguntaron cómo sería el coito entre La Rana René (perdón, Kermit en estos tiempos globalizados y sajonizados) y Miss Piggy, además que el final es apoteosis pura. Todo un compendio de desequilibrios psicológicos y manías subnormales.
La revisión de ambos universos a través de estas producciones subtextualmente homólogas ponen de manifiesto la integridad que estos seres artificiales poseen para cautivar no solo la atención, sino la inspiración de millones de personas, integridad que traspasa la pantalla para percibirlos como entidades que rebasan la apreciación semiótica en una suerte de transubstanciación ocurrente de lo abstracto e inmaterial a lo factible y tangible, manteniéndose vírgenes y puros a pesar de deber su existencia a un puño que allana su única cavidad corporal.
Nota: Las cintas mencionadas se encuentran a la renta en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán.
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