Luis Muñoz Fernández

Aunque no es una idea original, he sostenido desde hace años que la medicina debe considerarse una rama de la biología. Esto cobra cada vez mayor sentido, en especial durante los últimos dos años en los que la pandemia de COVID-19 nos ha recordado (o enseñado) que somos parte de una intricada red de seres vivos con quienes compartimos el mismo destino. La idea de la excepcionalidad humana, es decir, de que los seres humanos tenemos un estatus especial en la naturaleza es, el mejor de los casos, muy cuestionable.

Lo que resulta más lamentable es que esa supuesta cualidad, que se basa en el desarrollo evolutivo de la inteligencia y la conquista de la conciencia, no parece habernos dotado por sí misma de la lucidez necesaria para administrar sabiamente todo lo que ha sido puesto bajo nuestro cuidado: “… y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra”. Al contrario.

Sin embargo, están surgiendo algunas iniciativas que, aunque sea prematuro decirlo, pudieran ser alentadoras. El pasado 24 de noviembre de 2021, se aprobó en España el Plan Estratégico de Salud y Medio Ambiente (PESMA), que implica de entrada la aceptación oficial -dado que hasta ahora sólo había sido académica- de una salud única, sin distinciones entre la salud humana y la de los demás seres vivos. Eso implica un enfoque integral que abarque ambas.

Víctor Briones Dieste, investigador en el Centro de Vigilancia Sanitaria Veterinaria y Departamento de Sanidad Animal de la Universidad Complutense de Madrid señala que “algunos asuntos merecen sin duda algo más de atención como las actuaciones en relación con el uso prudente de medicamentos y plaguicidas, la resistencia a los antimicrobianos o a los insecticidas, la vigilancia sanitaria de la fauna y de los ecosistemas, o la lucha contra las enfermedades vectoriales”.

Va incluso más allá: “También requieren la mejora y estudio de algunas prácticas agrícolas, la gestión medioambiental (incluida la de poblaciones), la producción industrial (especialmente la de alimentos), la actividad empresarial asociada a animales y transformación de sus productos (ganadería, núcleos zoológicos, mataderos, industria alimentaria) y la ordenación del territorio (trashumancias, pastos comunales…), la sostenibilidad de la producción agraria, etc.

Lo anterior representa una tarea titánica y extraordinariamente compleja. ¿Se convertirá en acciones concretas y sostenidas más allá de los planes? Ojalá sea así para el bienestar de las futuras generaciones.

 

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