Daniel de la Fuente
Agencia Reforma

MONTERREY, NL.-Al año exacto del cierre del sombrío Penal Topo Chico, el pasado 30 de septiembre, murió uno de los miles de hombres que estuvo recluido en una de sus celdas.
Fue inocente, pero ya en libertad murió en un hospital rebasado por la pandemia del Covid-19.
Se llamaba César Adrián González Hinojosa. Tenía 32 años y vivía en la Colonia Pedregal del Topo Chico, en Escobedo.
Su hermana Yessica habla del tercero de los cinco hijos de la familia, el que fue risueño, de buenas calificaciones hasta la secundaria. Su drama comenzó cuando en el 2009 un familiar robó un taxi.
“Un tío les dijo a los ministeriales que a lo mejor ese familiar andaba por la casa”, relata Yessica, “y, como mi hermano estaba afuera de la casa y se parecía a él, se lo llevaron.
“Les valió que luego el afectado identificara en una foto al responsable, los ministeriales le dijeron a mi hermano: ‘Es éste al que andamos buscando, pero tú ya te chingaste'”.
César nunca aceptó los cargos, pero tampoco delató al familiar. Así, pasó cuatro años en el Topo Chico, en una de sus peores épocas, si es que hubo alguna buena, ya con el reclusorio bajo control del narcotráfico.
“Nunca se metió en líos”, cuenta Yessica, “se la pasaba trabajando en el salón del penal, en la iglesia tocando la guitarra, aunque sí le llegaron a pegar, pero nunca se quejó. Él era muy fuerte”.
Lo liberaron en el 2014 sin darle explicación alguna: “Tú ya vas pa’ fuera”, le dijeron, “apúrate, güero”. Lo soltaron sin darle nada, salió y pidió dinero para abordar un camión y volver a casa.
Se puso a trabajar de albañil, iba y venía, luego tuvo una novia, duró un tiempo, pero la adicción a las drogas lo sacó de una vida ordinaria, por lo que eventualmente trabajaba de cargador o tocando la guitarra en mercaditos o en los camiones.
“Él todo se guardaba, nunca contaba nada, yo creo que eso lo llevó a las drogas”, agrega Yessica.
Volvió al penal en el 2017 por el robo de un celular que, de nuevo, cometió otra persona, también con parecido a él, también de nuevo alguien cercano. César, una vez más, no delató a nadie, aceptó su destino: volvió al Topo Chico.
Salió en el 2019, antes del cierre del penal más sombrío. Regresó a casa con más adicción, ya enfermo.
Consuelo Bañuelos, fundadora de la asociación Promoción de Paz, que ha trabajado por años en reclusorios, lo conoció, sabía de sus cualidades, pero también de sus infiernos.
“Nunca aceptó ser internado en un centro de rehabilitación, eso quizá lo hubiera salvado”, comenta la activista.
Supo de él hace unos días cuando la familia le habló porque el joven se encontraba mal de salud. Le sobrevino una hemorragia. Lo atendieron en el Hospital Universitario, pero no vieron nada grave y lo devolvieron a casa. Regresó el sangrado y, de nuevo, al hospital.
En la madrugada del día siguiente, César recobró el conocimiento y se salió del hospital sin que nadie lo impidiera, pero se desmayó en la banqueta, en Gonzalitos.
Paramédicos piadosos de la Cruz Roja que pasaban por ahí lo subieron a la ambulancia y lo llevaron a Urgencias, pero debieron esperar los resultados de la prueba Covid para volver a ingresarlo, previo pago de 4 mil pesos, que la familia batalló para conseguir. El resultado fue negativo, pero habían pasado horas.
Lo internaron. Por videollamada sus seres queridos se enteraban de su estado de salud: “estable pero delicado”. Cuatro días después, el 30 de septiembre, murió. Se insiste: tenía apenas 32 años.
Perdió la vida por una mala atención, un hospital rebasado por la pandemia, las complicaciones de salud. Su destino.
Afirma Consuelo, acaso haciendo una síntesis: “César murió de pobreza”.