Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

En mi inútil opinión, el acto fundacional de la Historia y la Crónica es la escritura. Ahora bien, digamos que la escritura es muy reciente; se inventó ayer, es decir, hace no más de 20,000 años. Tan importante es la escritura que no sólo es el acto fundacional de la Crónica y la Historia, sino también de la civilización… De ese tamaño. La escritura funda la civilización, claro, junto con otros elementos, la sedentarización de la vida, los rituales funerarios, los monumentos, etc. Pero de todos, insisto, la primera es la más importante.

De aquí que tenga yo el atrevimiento de afirmar que la Historia tiene no más de 20,000 años. Pero, ¿y lo demás? Todo parece indicar que el hombre, en tanta criatura pensante y actuante, tiene alrededor de un millón de años. ¿Todo esto no es Historia? No, es Prehistoria. Algo sabemos de este millón de años y más, restos humanos fosilizados, alguna construcción, y no mucho más, aunque ciertamente lo que yo tengo muy claro es que no me cabe en la cabeza semejante lapso. Un millón de años… Ese y otros periodos mayores, pero ya no humanos.

Y sin embargo, gracias a la escritura, y a otras cosas, sabemos infinitamente más de los últimos 20,000 años que del millón anterior, de lo que prácticamente lo ignoramos todo, esto porque “lo que no consta no ocurrió”, o por supuesto que ocurrió, pero se perdió al no haberse documentado, lo que es casi igual a afirmar que no ocurrió.

En fin. Este traer a colación a la Historia y a la escritura obedece al hecho de que el cronista, con su testimonio; con su escritura, fija un hecho en el tiempo y de esta forma conjura el olvido al que todos estamos condenados, aun a despecho de que, como recuerda Alfonso Reyes, “el testimonio humano es una de las pruebas más sujetas a error”, esto por el carácter subjetivo del testimonio.

Por cierto que existiría una contradicción entre la afirmación de que la Historia es fundadora de la Crónica, y ésta a su vez es, en alguna medida, conversación; recuperación oral de testimonios. Pero la contradicción es sólo aparente, porque aun la crónica, si no consta por escrito, termina por perderse, a menos, claro, que la transmisión oral de generación en generación no se rompa, en donde, en todo caso, nos enfrentaremos a una especie de teléfono descompuesto, con múltiples versiones sobre el mismo hecho.

En realidad esta situación es de lo más común. El caso más famoso que conozco es el de la relación que existe entre Cristo y los evangelistas. Creo que fue Jorge Luis Borges fue quien notó que Cristo había sido el mayor profeta oral de la historia, y que sólo en una ocasión había escrito algo –el episodio de la mujer adúltera-, pero que por desgracia no sabemos qué fue, y si no había escrito más que eso, fueron algunos de sus seguidores quienes recabaron testimonios y los convirtieron en los textos que tan bien conocemos.

Entonces, el cronista quiere fijar los hechos en el tiempo, los procesos; preservarlos, para que no se olviden, porque considera que la remembranza, la memoria, el conocimiento de algo, constituyen valiosos elementos de identidad, de tal manera que el cronista ama aquello que conoce y con lo que se siente identificado.

A propósito del valor de la memoria, que por lo menos este cronista que intento ser comparte, el cantautor asturiano Víctor Manuel lo proclama de manera inmejorable: “Puedo vivir sin héroes que me salven/Sin perros que me ladren/Con poco más que nada/Que algunos litros de aire/Pero no puedo vivir sin memoria/Sin memoria de cada paso que anduvimos/Sin memoria, sin memoria/De tantas cosas que he vivido.

En conjunto estos ramilletes de razones; esta especie de credo personal, dota al cronista de un blindaje que le permite encarar y encajar de manera más o menos aceptable los sinsabores que la actividad llega a acarrear.

En efecto, la labor puede ser ingrata porque, en primer lugar, nadie da un quinto por lo que el cronista realiza, de tal manera que pueda dedicarse a su labor de tiempo completo, ya sea leyendo -estudiando-, investigando en archivos y hemerotecas, entrevistando a gente mayor que le aporte información valiosa sobre algún tema determinado, escribiendo y publicando o, simplemente, andado en las calles para ver qué pasa, y qué de lo que suceda vale la pena contarse.

Entonces, tendrá que resolver primero su situación de vida, dónde reclinar la cabeza, con quién compartir sus sueños, qué llevar al pico de sus pajaritos, cómo cubrir su desnudez, etc., y luego, si le queda tiempo, dedicarse a la crónica.

En segundo lugar, puesto que nadie da un quinto por lo que hace, frecuentemente está expuesto al ninguneo público, comenzando con la autoridad que le dio origen, y terminando vaya usted a saber dónde, qué, o quién. O también puede ocurrir que por alguna razón no inspire confianza, o carezca del don de gentes para abrirse paso hasta las fuentes de información, o algo que ignoro, pero que trae como consecuencia el que su labor se dificulte.

En conjunto, estas cosas tienen una serie de consecuencias, como por ejemplo que ande aquí y allá persiguiendo la información -consumiendo valioso tiempo que podría utilizar en cosas más fecundas-, en vez de que esta fluya hacia sus manos de manera ágil y abundante. Es como si pensara que alguien emite algún documento, o realiza algún acto trascendente y entonces dispone que se invite al cronista, o se le haga llegar el documento, para que lo considere en sus trabajos, y ese acto, o ese documento no se pierdan.

El cronista querría ser un receptor de historias, alguien a quien las personas se acercan para compartir con él para compartir cosas que vivieron para que él las procese y las devuelva en forma de textos. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).