Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Víctor Gasca Arias, que en 2019 restauró la imagen centenaria de Nuestra Señora de la Asunción, trabaja en un pequeño taller familiar de restauración en San Luis Potosí. Cuando lo entrevisté tenía 39 años, una buena edad para tener la temeridad de escalar alturas escarpados… Como el altar de catedral, para lo cual sólo hay de dos, dice Gasca: o se agarra uno bien o se levanta con mucha dignidad.

Menciono lo anterior porque uno supondría que para trabajar sobre la imagen lo más sencillo sería bajarla e instalarla en un lugar que permita ejecutar los trabajos de restauración con alguna comodidad, tal y como se ha hecho en otras ocasiones. En cambio Gasca decidió maniobrar en el cortísimo espacio del emplazamiento de la escultura para no comprometer su integridad. En verdad fue este un acto que requirió de una gran destreza y nula atracción por el vacío, porque el espacio para maniobrar es mínimo; ¡minimísimo!, diría yo.

El altar mayor de catedral, usted lo sabe, es una estructura de mármol de seis niveles, más el ciprés propiamente dicho, cuyas 8 columnas están basadas en el nivel superior. A ojo de buen cubero diría que el nivel de la base tiene una altura de 1.70 metros. Vienen luego los tres siguientes, que miden, más o menos, unos 20 centímetros, en tanto que el final, donde se ubica la escultura, asciende unos 60 centímetros más. Salvo en el último nivel, el espacio para pisar es de unos 20 centímetros, exactamente como un escalón, pero resulta que aquí no hay ni de dónde agarrarse… Con estos datos será fácil comprender el grado de complejidad que significa trabajar en ese lugar, que generalmente está cubierto por adornos, floreros, candelabros, etc., pero para los efectos de la restauración, todos estos elementos fueron retirados.

Por cierto que la ocasión anterior en que la escultura fue restaurada, justo hace 12 años en estos días, se retiró de su lugar y recibió hospitalidad en el salón del cabildo catedralicio, un espacio cuyas ventanas dan a la calle Galeana. Me acuerdo que ahí tuve la oportunidad de fotografiarla de cerca.

Gasca ha trabajado siempre para la Iglesia. Al respecto me dice: “soy católico, practicante, muy convencido de mi fe. El Señor me ha abierto los caminos para laborar en Jesús María, Sierra de Nayarit, atendiendo a un pueblo cora y huichol. En Monclova, Saltillo, la Iglesia de San Esteban, restaurando la estatua del santo, en La Palma, de Sahuayo, Michoacán, en Tula, Tamaulipas, en Ezequiel Montes, Querétaro, restaurando y dorando, en Brownsville, Weslaco, San Benito, Texas, en Arizona. El santuario de San José, en San Luis Potosí”.

Me llama la atención el hecho de que se niegue a utilizar la palabra “imagen”, que yo empleo a la hora de preguntarle si siempre restaura estos objetos. Su respuesta es que restaura “arte sacro e histórico. Desde un pequeño y humilde Niño Dios de pasta, hasta un marco, una talla, una aplicación de oro sobre cualquier superficie, de vidrio, de papel, de piel, de mármol, de cantera, incluso en plástico. Es muy complicado, pero se ha hecho”, y en cuanto a la posibilidad de no sólo restaurar, sino también producir, me dice que en el taller se están ensayando con obra propia. Tiene un Cristo, pero se siente en proceso de aprendizaje todavía.

Un momento importante de su carrera tuvo lugar durante la restauración del Santuario de San José, en la ciudad de San Luis, por el esfuerzo tan grande que representó, el quehacer para dorar el tambor de una cúpula dos veces más alto que esta de Aguascalientes, “y estar subiendo mi peso y el de mi trabajador, con una góndola manual, mecánica. Eso sí fue algo muy grande. Y también la decoración con un amigo italiano de su salón. Ese fue un momento muy grande. Se llama Salón Buonarotti eventos, en San Luis”.

La restauración tiene que ver con el arte, lo artístico, por lo que tiene muchas connotaciones. “A alguien le puede parecer artística una banca, y a otras personas no, pero existe todo ese abanico. Nos decía la abuela: hay más de siete maneras de meter un gato a bañar, hay ocasiones que se tiene que echar mano de lo que se sabe. Cuando chicos nos decían: no importa la carrera que tomes, el oficio no lo vas a perder. Tienes que tener un oficio. De repente empieza a virar la vida, y me dedico a la restauración: pintura mural, decorativa, pintura lisa, barnizado de muebles, talla de madera, lijados, puertas…”.

Su padre le contaba que en el pasado la restauración no se conocía como tal. “Llegaba alguien: oiga, arrégleme esta silla, se arregla. Oiga, arrégleme este marco, se arregla. Ya después le van dando connotación de que era restauración.

Este trabajo es ojos, pulmones y manos. Mucha fuerza, porque aquí se van los ojos, se te van los pulmones de lo que respiras, de las hermosas taquicardias que te dan con el oro, y de lo cansado. El oro es un excelente conductor de energía. De hecho es comestible. Hay ocasiones en que me sobra un pedacito, en vez de tirarlo, me lo como. Energéticamente te da esa fortaleza. El oro no tiene un sabor, no tiene un aroma, aparente, pero sí percibe uno el metal.

En México desafortunadamente, a veces nuestras instituciones carecen un poquito de conocimiento, y nos hablan de que nada más hay cuatro oros: 22, 23 ½, 23 3/4 y 24 kilates. Y esto no es verdad tenemos oro de 8 kilates, lo que llamamos oro blanco, también florentino. Tenemos oro blanco, verde, amarillo, limón, rojo; infinidad de tonos y también de formatos. Eso ya depende de cómo lo compra uno”. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).