Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Ya terminó esta larga serie dedicada a las conmemoraciones por el centenario de la llegada de la imagen de la Virgen de la Asunción a Aguascalientes, ocurrida en el segundo semestre de 2019. La entrega anterior culminó con la prohibición de la sacristana de mi parroquia de fotografiar, sin el permiso del “señor cura”, la imagen que se confeccionó para llevarla a todas las parroquias de la diócesis.

En descargo de semejante episodio diré que quizá tengan razón estas buenas personas. Es una pena, pero vivimos tiempos difíciles, de una enorme y frecuentemente estúpida rispidez. Tiempos de desconfianza y de estar a la defensiva unos contra otros; todos contra todos, asumiendo de manera apriorística que todos somos culpables… de algo, lo que sea, culpables. Desgraciadamente en más de algún caso les asiste la razón. Ahí está el lamentable caso de la imagen de la Virgen de San Juan, en su templo de la colonia San Pablo, que fue destruida en septiembre de 2018. Entonces, no me extrañaría que la doña sacristana y su compañero se pusieran a la defensiva, ahora que la imagen de doña Mariquita de la Asunción estuvo tan a la mano. Pero señora, señor: ¿acaso tendré facha de “estatuicida”? o ¿creería la dama que mi camarita tendría en el lente poderes pulverizadores?

En fin.

Casi para terminar, un par de por ciertos: Por cierto No. 1: de ser verídica la versión que escuché a propósito del impedimento para pasear por toda la diócesis la imagen original, sus excelentes personas, los señores canónigos, tuvieron razón, porque la copia tenía rotos –rotos y vueltos a pegar– varios dedos de la mano con la que nuestra queridísima Mariquita de la Asunción saluda, es decir, la derecha, y esto sí, nadie me lo cuenta, yo lo vi.

Termino ya con esta larguísima, y quizá excesiva, serie de artículos escritos a propósito del centenario de la llegada a Aguascalientes de la imagen de la Virgen de la Asunción que preside en catedral, y lo hago con un verso del profeta del mariachi, Rubén Fuentes, un verso alado que de cuando en cuando vino a posarse a mi mente, mientras escribía estos artículos, igualito que las caritas preciosas de las diversas imágenes a las que me referí, desde luego la de catedral, pero también la de Los Azulitos, Jalisco, la del Cabildo catedralicio, la de La Congoja y la copia.

Por cierto No. 3: ahora que lo escribo me doy cuenta que nunca dije nada sobre la imagen que corona el ciprés, que seguro tiene la edad del conjunto de la obra que, creo, es de principios del siglo XX. En fin, si no dije nada es porque no sé nada sobre esta preciosa obra, salvo que es una Inmaculada Concepción, dato que me ofreció el historiador –ese sí de deveras– Christian Medina López Velarde.

Lo que me interesa destacar es que a final de cuentas no pierdo de vista el hecho de que se trata de imágenes, fabricadas con diversos materiales, mármol, madera, yeso, pintura, etc., es decir, son algo material, admirables por su manufactura, su conservación, y, desde luego, por lo que significan, pero este hecho choca con el tratamiento que reciben, que me parece excesivo del que merecen porque señora, señor: de seguro me equivoco, pero hay personas que se acercan a ellas y las contemplan, no como las imágenes que son, sino como si se tratara de la mismísima Virgen María.

De hecho, considero que es ahí donde surge una práctica que me parece francamente fetichista que raya en la idolatría y que pone de manifiesto nuestra pobre educación. Me refiero a la actitud de algunas personas que se sitúan ante una imagen determinada, y si está al alcance de sus manos, las extienden y tocan el objeto, pasan la mano, soban la imagen, y luego hacen lo propio con una parte determinada de su cuerpo, como si la pieza tuviera propiedades mágicas; curativas.

Ahora que escribo esto recuerdo una imagen maravillosa de mi queridísima Consuelo Vicencio Reyes. Es una fotografía tomada desde el coro de la catedral. El recinto está vacío, a excepción de una joven familia, el hombre, la mujer, un niño, o quizá dos, no recuerdo bien. Están todos al pie de las escaleras, solos, y aunque están de espaldas, el lenguaje corporal indica que sus ojos, sus silencios, sus mentes, están concentrados en la imagen de Doña Mariquita de la Asunción. Solos ellos y sus vidas, sus anhelos. Solos ante la imagen sacra; a sus pies, con ella.

Por mi parte, veo en todas estas imágenes dos cosas, que poco o nada tienen que ver con su, digamos, materialidad: por una parte, el celo de quien las fabrica y/o encarga, entendido éste como el “cuidado, diligencia, esmero que alguien pone al hacer algo”, según dicho del diccionario de la RAE, y, por la otra, complemento de lo anterior, el homenaje que representan; la manera como las personas buscan, en este caso, acercarse a Dios o, más aún, librarse de las angustias de la vida, del dolor y la muerte. Esta es, me parece, la idea central que ha guiado las mentes; las manos; mentes y manos prodigiosas, de quienes idearon y realizaron las grandes catedrales, las esculturas, las pinturas, los relieves, las obras musicales y literarias, el deseo de utilizar estos medios para honrar su fe y evocar ese otro mundo al que aspiran, como la imagen de “Consuelo Virreina”, a la que me he referido. En mi inútil opinión, es aquí en donde radica la belleza de las imágenes sacras a las que me he referido, la expresión de su rostro, sus ropajes y adornos.

Ahora sí, termino; ahora sí. El verso alado del excelentísimo Rubén Fuentes al que me referí arriba procede de su inolvidable son La madrugada, y seguramente visitó mi pobre y limitado cerebro de cuando en cuando a la hora de escribir estas líneas, nomás de estar pensando en la mujer madre; mujer hermosa, pura, en el acto de ser llevada al cielo, mi propia aspiración de una vida trascendente, más luminosa y libre de lastres y ataduras que esta; más limpia, la nostalgia del tiempo perdido. Y dice así, y así concluyo: “Lucero de la mañana / préstame tu claridad / para seguirle los pasos / a esa joven que se va”. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).