Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Estoy contándole de mi experiencia a la hora de fotografiar la imagen de la copia de Nuestra Señora de Aguascalientes que en 2019 fue llevada de visita a todas las parroquias de la diócesis, con motivo de las celebraciones por el centenario de la imagen original. En la entrega anterior me quedé en que vino la sacristana de mi parroquia y me informó que no podía fotografiar la escultura.

Entonces me acordé de don Quijote de la Mancha, su famosa expresión: “Con la iglesia hemos topado”, y la no tan famosa –de hecho desconocida- respuesta de Sancho, su compañero y amigo: “ya lo veo, y ruego a Dios que no topemos con nuestra sepultura”, etc., aunque ciertamente la afirmación del romántico de la Mancha era, según tengo entendido, menos metafísica de lo que se supone, porque más bien se refería a un edificio eclesiástico concreto que se les había atravesado en el camino, y no a algo así como una disputa teológica, o exegética, o patrística, o política e incluso económica y militar. No, tan sólo habían topado los dos humildes jinetes con un edificio dedicado al culto divino.

Por fortuna prácticamente había terminado con la imagen, que había retratado de frente, de perfil, por atrás, acercamiento al rostro, acercamiento a la túnica, por detrás, el velo, acercamiento al velo, etc.; prácticamente había terminado. Dada la extrema seriedad de la expresión de la mujer, superé la tentación de contestarle que venía de mi casa, que desde luego no era la suya, pero que era la más pura y luminosa de las verdades, y sólo la verdad. En cambio afirmé que no procedía de ningún lado, o algo así, dando a entender que venía por mi cuenta, gusto, interés y riesgo, que me había pasado toda la semana esperando ese momento, dado que en la misma celebración del domingo anterior se había anunciado la visita de la imagen, y que las fotografías eran para mí.

Pude hablarle de mi investidura de cronista municipal, pero capaz que sale peor, o tirarle un rollo mareador a propósito de la pertinencia de dejar constancia de un hecho histórico bla, bla, bla, pero no, mejor no. Así que insistí con este asunto de que no venía de ninguna parte, cosa que sería por demás extraordinaria; venir de ninguna parte y no ser nadie.

En fin. Para no hacer el cuento largo, la mujer me dijo que no podía fotografiar la imagen por la libre, así, sin más ni más, y lo dijo bien seria; de veras bien seriesota. ¿Por qué no? Su respuesta me encabritó; me metió en el túnel del tiempo y me hizo viajar a la edad media, o poquito después, a la época de los papas Médicis, etc. La mujer contestó que porque necesitaba el permiso del señor cura, esto a pesar de que varias personas la fotografiaban con teléfonos móviles. Entonces la sangre se me alcanzó a entibiar un poquito, pero nomás poquito –a veces me siento tentado a pensar que no tengo sangre en las venas, sino café-. En vez de preguntar si la imagen era del mentado señor cura; de su propiedad propia suya de él, conté hasta 10 millones y volví a cuestionar: ¿por qué? Ya ni me acuerdo con qué reviró, quizá dijo que porque sí, o porque estaba en la parroquia o porque lo mandaba ella, no sé; no me acuerdo. Pero sí recuerdo que, triunfante, me encogí de hombros y le dije: que al cabo ya terminé, cosa que efectivamente había ocurrido, y me retiré del emplazamiento de la imagen. Tal vez pensó que querría hacer negocio, imprimir las fotos y venderlas a 2 por $10; quizá.

Entonces un hombre que se acercó a la sacristana en el lance, se vino detrás de mí y me encaró, no con la expresión dura, helada, de la dama. Le dije que cada ocho días iba a misa ahí, a mi parroquia, y que no era ningún extraño. Él contestó, sus palabras acompañadas por una sonrisa amable, que era una cuestión de respeto. Pero entonces comenzó la misa. Así que ya no pude preguntar cuál era exactamente la falta de respeto que había cometido.

En muchos templos europeos se venden libros profusamente ilustrados con imágenes de las obras de cuanto artista ha dejado su huella en ellos, fotografías que alguien tomó. ¿De qué me hablaba? E incluso en más de algún caso, las catedrales de Ávila y Santiago de Compostela, por ejemplo, la tienda está dentro de la catedral. ¿De qué respeto me hablaba este hombre? En Ely, Cambridgeshire, en el este de Inglaterra, la catedral es un edificio gótico bellísimo, con una cúpula en forma de estrella. La tienda no sólo está dentro del edificio sacro, sino que además incluye una cafetería, y en la misa dominical, oficiada por una mujer –es una catedral anglicana-, a la salida, también dentro del recinto catedralicio, la sacerdotisa encabezó la entrega de bocadillos a los parroquianos, en el contexto de una convivencia. En varias catedrales se cobra la entrada, y en la de Viena el boleto tiene diversos precios, según las zonas a las que se puede acceder; el boleto más caro permite el acceso a las catacumbas, la torre… Me queda muy claro que semejantes prácticas responden a la necesidad de allegarse recursos para darle mantenimiento a semejante patrimonio, que en verdad es costoso.

En fin. Que, por lo visto, se trata de prácticas que aquí resultarían escandalosas. ¿Qué será, entonces, el respeto? ¿Tendría que asumir que aquella era una “Virgen de la Asunción, derechos reservados. Prohibida su reproducción parcial o total?”; ¿algo así?

Ya al final de la celebración, la sangre vuelta a su cauce normal, pensé para mis adentros lo que he escuchado que dicen los jóvenes cuando algo les vale sorbete: güereber, y ahí acabó el asunto: aquí se acabó la misa y cada quien con su prisa. Por cierto que varias personas se acercaron a la imagen y la fotografiaron, no con cámara y trípode, sino con teléfono móvil. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).