Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Una trama agitada y muy revuelta

(Nota: Esta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

Por lo visto todo lo que podía hacerse con el personaje creado por el escritor, periodista y oficial de la Inteligencia británica durante la Segunda Guerra Mundial Sir Ian Fleming ya se hizo, así que una vez seco el pozo creativo se cocina éste colofón que cierra sin dejar hueco o duda alguna el arco argumental del arquetipo masculino por antonomasia del Siglo XX y además con licencia para matar: el imbatible, promiscuo e irónico Agente 007 Bond, James Bond. Así, después de 26 filmes el director y guionista (junto a Phoebe Waller-Bridge, Neal Purvis, Robert Wade y Scott Z. Burns) Cary Joji Fukunaga (“True Crime”) ha pretendido no sólo clausurar la historia y vida del ícono que amalgamaba machismo y nihilismo carismáticos con ésta cinta para, tal vez, cederle el lugar a una representante de la nueva femineidad aguerrida, independiente y neuronal como dicta el dogma de la emergente cultura del #MeToo, sino además coloca prácticamente todo aquello que distingue a una película de Bond en su licuadora narrativa para dejarnos una mezcla que lucha denodadamente por complacer a los fanáticos dejando todo frente a la pantalla: las secuencias de acción concebidas con bella precisión rítmica, los artefactos vistosos con tecnología de punta que coquetean con la ciencia ficción, mujeres hermosas capaces de darle cuartel al famoso espía en cuanto a destreza y fiereza en el combate y enemigos megalómanos con la capacidad de dominar/destruir el mundo. Y así tal cual hubiera funcionado no como una gran película sino como un entretenimiento aceptable, si tan solo Fukunaga no hubiera apareado todo esto con una sensiblería que raya en el melodrama del culebrón venezolano noventero que mina y casi desintegra las posibilidades de su –curiosamente- unidireccional guion y al mismo James Bond, quien aquí toma su arma y se conduce como un ente concebido más para Liam Neeson en sus festivales balísticos de venganza acostumbrados que para el Comandante de compleja psique al servicio de su Majestad. “Sin Tiempo Para Morir” es rutinaria y carente de originalidad en su devenir argumental a la vez que obsequia algunos elementos jamás vistos en cualquier entrega de la serie, flaco favor a sí misma cuando éstos retruécanos se enclavan en la trama con gratuidad y poca coherencia, pero eso es natural cuando, en éste período posmodernista de constante revisión a los íconos culturales del siglo pasado, sólo se procura reinventar sin atender con seriedad lo que 50 años de historia cinematográfica han planteado.

La premisa es una que ya se nos obsequió en alguna que otra cinta anterior: Bond (Daniel Craig) está retirado, viviendo plácidamente en Jamaica después de sus enfrentamientos con SPECTRE y un amorío quebrantado con quien él mismo asevera en una escena de la cinta es el amor de su vida, una mujer llamada Madeleine Swann (Léa Seydoux) a quien abandonó años atrás por considerarla causante de un ataque en Italia. Ahora el agente deberá salir de su recogimiento cuando una nueva amenaza surge en la forma de un poderoso virus llamado “Heracles” que está diseñado mediante la inserción de un ADN específico a aniquilar a ciertas personas y su círculo familiar en particular, por lo que su amigo de la CIA Felix Leiter (Jeffrey Wright), pide su ayuda. En el camino se encontrará con su vieja némesis, Ernst Stavros Blofeld (Christoph Waltz), quien a su vez es blanco del villano mayor de la historia, un sujeto con habla peculiar, rostro desfigurado y nombre cursi que ni un argumentista de cómic utilizaría hoy día: Lyutsifer Safin (un robótico y estéril Rami Malek) quien busca eliminar a SPECTRE (y a una buena parte de la población mundial) con su virus. Todo procede según el esquema conocido, pues hay secuencias de conflicto ejecutadas con plenitud en Cuba donde lo apoya la novata agente Paloma (Ana de Armas), escenas donde Bond discute con su jefe M (Ralph Fiennes) y engatusa al joven Q (Ben Wishaw) para que lo asista mediante aparatejos sofisticados a espaldas del MI6 con la ayuda de la siempre leal Moneypenny (Naomie Harris) y enfrentamientos varios hasta llegar a dos puntos clave de la trama: la relación odio-te necesito con Nomi (Lashana Lynch), la nueva Agente 007 cuando Bond se dio de baja y el reencuentro con Madeleine Swann, quien ahora no sólo ella se ve involucrada sino también su pequeña hija Mathilde (Lisa Dorah-Sonnet), quien puede o no ser del mismo James.

Hay mucho deslucimiento en el proceso, considerando que éste es el cierre con broche de oro para la franquicia original, pues todos los componentes que debieran brillar (y que no mencionaré por tratarse de aspectos que buscan sorprender al espectador) no lo hacen por su desbocada presentación o falta de consistencia en cuanto a la rica historia del personaje principal o su anacrónica pero honesta conducta. Fukunaga carece además del tacto narrativo que posee Sam Mendes para que la sustracción de Bond en cuanto a contexto y modos funcione como debe tal cual ocurriera en la superior e intimista “Operación: Skyfall” (2012), por lo que el equilibrio entre drama y acción no se conjura adecuadamente mientras que el cincelado psicológico y emocional del 007 se desplaza a lugares tangenciales, logrando que todo luzca y se perciba genérico, sin identidad o siquiera cercano a los esfuerzos más debilitados de los filmes menores anteriores como todos los protagonizados por Timothy Dalton y varios de Roger Moore. “Sin Lugar Para Morir” es un título irónico que alude a la inmortalidad del personaje tanto a nivel icónico como en su arco narrativo, pero ni siquiera la muerte, aún si se nos presenta de forma tan tibia y floja como en ésta película, es inescapable para alguien como Bond, James Bond.

 

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