Rodrigo Ávalos Arizmendi

Lo ocurrido el pasado 20 de junio en la comunidad de Cerocahui, en el municipio de Urique, Chihuahua, en donde asesinaron a un civil y a dos sacerdotes jesuitas. En efecto, Joaquín César Mora, Javier Campos Morales, y un civil fueron ejecutados el pasado lunes 20 de junio en el interior del templo de esa comunidad. En su intento por auxiliar a un hombre, dos sacerdotes jesuitas fueron asesinados en el municipio de Urique, Chihuahua, al interior de un templo de la comunidad. Los dos sacerdotes intentaron ayudar al civil que buscó refugio en el interior del templo, pues venía siendo perseguido por sujetos armados. El agresor persiguió a su víctima hasta el interior de la iglesia y ahí adentro disparó contra la persona que venían persiguiendo y contra los dos sacerdotes que habían tratado de intervenir para salvar al civil, perdiendo la vida las tres personas. Posteriormente los cuerpos de los sacerdotes y del hombre asesinado fueron sustraídos del templo luego de asesinarlos. Y como siempre sucede en este tipo de eventos, hasta el momento no se tienen informes de personas detenidas por estos hechos ni mucho menos la identificación de los presuntos responsables por los asesinatos de los sacerdotes de 79 y 81 años de edad. Es importante comentar que de acuerdo con personas que conocen la zona en donde sucedieron los hechos, la sierra de Chihuahua es una importante ruta de trasiego de drogas hacia Estados Unidos por lo que es violentamente disputada por cárteles del narcotráfico. Es por eso que también la sierra Tarahumara, como muchas otras regiones del país, enfrenta condiciones de violencia y olvido que no han sido revertidas por el actual gobierno. Ahora bien. ¿Cómo podemos interpretar lo anterior en el contexto nacional, en donde el crimen organizado se ha apropiado de nuestro país, ante la nula acción de las autoridades para proteger a la población de México? Sin duda que la ciudadanía está desesperada víctima de tantas mentiras y de rumores sobre las acciones que terminan en crímenes impunes contra miles de personas de todos los estratos sociales. Desde luego que esto no es un asunto numérico. Desafortunadamente en México ocurren tantos homicidios cada día, cada mes y cada año que ya dos o tres personas más en la lista no hace diferencia. Es lo que alguien ha llamado “El espantoso silencio de la indiferencia”, pues ya no nos importa una persona asesinada. Sin embargo, este caso me parece que es particularmente repugnante y malvado. Y me refiero al hecho de que ahora los criminales ya no respeten ni los lugares sagrados, como son las iglesias y, sobre todo, lo más delicado, que asesinen a mansalva a dos sacerdotes de edad ya avanzada -79 y 81 años- cuyo único pecado fue tratar de proteger a quien venían persiguiendo los malvivientes. Este tipo de fenómenos reflejan dos cosas: Que México está tomado completamente por los integrantes del narcotráfico y que en consecuencia el Estado brilla por su ausencia y que no hay policía ni guardia nacional que efectivamente proteja a la población ahora tan vulnerable y que por ello ya se esté pensando en hacer justicia por propia mano. La violencia que México ha vivido en los últimos treinta años ha empezado a gestar en muchas personas el deseo de protegerse colectivamente y por ello observamos cómo en infinidad de colonias o fraccionamientos se han organizado como “Vecinos Vigilantes” ante la nula respuesta de las autoridades para salvaguardar los bienes y la tranquilidad de los ciudadanos y en donde en algunos casos cuando han agarrado a algún ladrón los han amarrado y golpeado inmisericordemente para darles un escarmiento y como ejemplo para otros que quieran intentar meterse a sus casas. Eso lo han hecho los vecinos colectivamente sabiendo que no habrá consecuencias para ellos.

Lo anterior refleja, a diferencia de lo que dice cotidianamente el presidente López Obrador, “Que el pueblo es bueno”, que nuestra sociedad está cada vez más enferma y es muy preocupante porque a diferencia de la violencia cotidiana en México en donde dos bandas de sicarios atacan y unos mueren y otros quedan heridos, en el caso de Chihuahua no les importó asesinar a dos sacerdotes ya grandes de edad que no representaban peligro para quien los mató.

En lo que va del sexenio de López Obrador, o sea en tres años y medio, suma 121 mil 655 asesinatos en un promedio de 2 mil 896 al mes. Siendo 118 mil 192 homicidios dolosos y 3 mil 463 feminicidios. Todos ellos registrados desde diciembre de 2018 a mayo de 2022. Lo anterior nos habla de la monstruosidad que estamos viviendo en México en materia de seguridad. Esto ha originado que gran parte de la población ya vea como algo muy natural los crímenes que a diario se suscitan; se ha perdido la empatía por los demás.

Sin duda que los asesinatos de los dos Jesuitas nos han consternado, pues la delincuencia ya cruzó la delgada línea que existía entre la criminalidad y el respeto a la Iglesia. Hoy existe ante esto, por parte de la autoridad, sólo indiferencia y silencio. Y esto, estimado lector, no se explica de otra manera sino por la pérdida de esperanza del pueblo bueno en las autoridades; esta indiferencia está rompiendo el tejido social. Lo peor que puede haber más que el odio, es la indiferencia al dolor ajeno y esto está avanzando mucho en México.

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