77. Auditorio Campus Sur UAALa intervención del arquitecto en el planteamiento de la disposición espacial de grandes superficies de terreno es ancestral. En la antigüedad griega el arquitecto Hipodamo de Mileto dispuso una traza de líneas ortogonales para la ciudad de la que deviene su nombre, que obedecía a tender líneas de comunicación de la ciudad jónica con el Mediterráneo y el interior de la península (ahora llamada) de Anatolia.

En la misma antigüedad grecolatina los castros romanos, campamentos militares que precedían a la fundación de un asentamiento en territorio ocupado, se organizaban de acuerdo a los cuadrantes delimitados por su avenida norte-sur –cardo– y la vía oriente-poniente-decumano-). A partir de ello el foro al centro organizaba demarcaciones, barrios y áreas específicas de la metrópoli. Esas labores de planificación y trazo de la ciudad en ciernes, se encargaba a personajes entendidos en las artes de la construcción y siendo el arquitecto que etimológicamente es el primer constructor, el disponible –ingenieros civiles y urbanistas vendrían a partir de doscientos cincuenta años a la fecha–, lo más seguro es que fuese el responsable de ello, siempre naturalmente, de la mano de una voluntad social, funcional y política respaldándolo.

En la época virreinal novohispana, se da cuenta de un arquitecto especializado en trazos geométricos que involucraban grandes extensiones de territorio: el jumétrico, llamado así posiblemente por alguna dicción arcaica de la palabra “geométrico” o “geómetra” destacando la labor de Alonso García Bravo en la ciudad de México, cuya traza reticular de corte renacentista fue una de las más sobresalientes en su momento y que le valió el reconocimiento tácito del virrey Antonio de Mendoza, él mismo lector de los tratados del arquitecto del Renacimiento León Battista Alberti.

Los conocimientos de un jumétrico no sólo debían versar en construcción, planificación y tratados abstractos, su pericia con la matemática, la cartografía y la astronomía eran parte de su bagaje, pero como lo demuestra la experiencia de García Bravo, hacía falta también un mecenazgo educado y con una amplia visión a futuro para llevar a buen término el planteamiento espacial de un núcleo de población.

Aguascalientes, fundado oficialmente en 1575, en su traza primigenia buscaba cumplir con las Reales Ordenanzas de Nueva Población que Felipe II había promulgado, pero el pragmatismo al momento de conducir la red de acequias que nutría de agua a los solares de huerta descompusieron de manera orgánica la delineación recta que el ordenamiento estimaba necesario para la modernidad pretendida de los nuevos centros de población americanos.

Ello ocurrió de la mano de la industrialización, que comenzó a desplazar a las huertas como paisaje urbano aún casi rural de Aguascalientes para implementar el urbanismo en torno a la movilidad de los medios de transporte contemporáneos y a la zonificación de usos de suelo. Esto que ocurrió desde fines del siglo XIX, sigue su marcha a éstos inicios del siglo XXI. Lo complejo empero, ha ganado intensidad pues la población se ha cuadruplicado en los últimos treinta años y la demanda de servicios implica redes de abastecimiento con especificaciones más rigurosas.

Resultado de ello es la inserción de la nueva arquitectura en ambientes de nueva creación, grandes conjuntos que se despliegan en las formas de fraccionamientos o áreas enfocadas a diversas actividades proclives a atender a contingentes importantes de personas. Espacios urbanos dedicados a la educación, al esparcimiento, la administración y al comercio, que cada vez parecen demandar más superficie, y la arquitectura acompañando a esa tendencia define en poco tiempo lo que tardó en la ciudad tradicional siglos de consolidación.

Lo anterior no implica una crítica negativa; de hecho, ciudades como Chicago se consolidaron a una velocidad vertiginosa: en menos de veinte años del incendio que acabó con ella, pasó a ser una gran urbe desde los últimos años del siglo XIX y principios del XX. En esa tónica, sistemas como los campus universitarios siguiendo las pautas anglosajonas, permean en la arquitectura aquicalidense desde hace más de cincuenta años y a cuarenta y un años de nuestra Universidad Autónoma podemos apreciar la consolidación que ha detonado en toda la zona de la ciudad en que se ubica, lo que se espera con el nuevo campus sur. Pasamos a una nueva fase de planificación que involucra un balance en el equilibrio del proyecto de grandes conjuntos arquitectónico-urbanos para evitar la polarización espacial y social que el urbanismo del siglo XX trajo sin desearlo. Para el remedio en marcha ya no basta la intervención de un buen “jumétrico” sino la suma de disciplinas y voluntades.