Jorge Ricardo
Agencia Reforma

PARAÍSO, Tabasco.-Desde afuera todo parece nuevo, recién crecido, pintado, adornado; el pasto y las palmeras, las banquetas, las fachadas de la Refinería Olmeca y cuatro torres de 30 metros en la plaza principal.
«Independencia», «Reforma» y «Revolución», dicen las tres primeras torres de arriba abajo. La otra tiene inscrita: «4ta Transformación». «Ya está avanzado, igual ahí para allá todo está avanzado, estos edificios ya están terminados, ya tienen todo el piso, todo ya lo que era la luz ya, y falta la parte de atrás, que es donde va ir el petróleo», dice un jardinero de overol anaranjado y señala los edificios de cristal, los jardines y la plaza con sus torres que inaugurará Andrés Manuel López Obrador el 2 de julio, aniversario del día en que ganó la Presidencia.
«Llueve, truene o relampaguee», ha dicho, pero mejor que no llueva. Cada que llueve es una prueba para que Paraíso y la obra, de 160 mil millones de pesos edificada sobre lo que fue un manglar, no se inunden.
La construcción se ha retrasado por las inundaciones, dijo el operador de una pipa que regaba las palmeras agitadas por el viento.
«Todo acá enfrente ya está terminado, probablemente es lo que se inaugure porque allá atrás, dónde van a estar los tinacos, todavía va muy atrasado», agrega sobre la ruidosa carretera Paraíso-Comalcalco, por la entrada 2 donde en octubre la Policía y la Marina reprimieron a los trabajadores de ICA Flour que pedían mejores condiciones de trabajo.
Incluso por las noches, desde la azotea del Hotel Hidalgo, un edificio viejo de 46 habitaciones y cinco pisos, se pueden mirar las sombras de gigantes grúas contra el cielo y más al fondo, detrás de las 600 hectáreas, la incesante quemazón de los mechones de la terminal marítima de Pemex.
La última vez que se informó el avance de la obra, fue del 87 por ciento y fue el 18 de marzo.
En Paraíso, ciudad de 30 grados, de puestos callejeros, pochimobiles, piñas y plátanos puestos a venta sobre los toldos de los autos, banquetas pobladas de maniquíes con ropa de moda, música guapachosa y obreros de overol anaranjado caminando como si fueran a la luna, no se encontró a ningún trabajador que creyera que la obra está a menos de tres meses de inaugurarse, pero tampoco nadie dudaba de que así fuera.
«Ah, bueno, si eso dice el Presidente, así será», responde José Hernández, obrero de la construcción metálica, tras decir que la obra va atrasada. Es un admirador ferviente del Presidente y regaña a quien pone en duda la fecha del estreno: «Ya van a empezar otra vez como con el aeropuerto, que si le falta un camino, que si no hay agua en los baños, pero qué más quieren. Es claro que toda obra tiene sus detalles, ¿pero no está ahí el edificio?». explica.
Por la zona de grúas, pegada al mar, donde estarán los contenedores, la Marina cerró el paso por la antigua carretera, construyó una barda, nadie entra sin casco ni overol ni permiso, aunque el policía militar dijo que es por el aumento de delitos. En esa zona, y también sobre la carretera a Comalcalco, hay media centena de obreros aburridos, esperando a que les llamen, que salga alguien de la empresa y pida herreros, armadores, soldadores maniobristas, oficiales, tuberos y que el trabajo dure más de tres meses. Guadalupe Medrano, un armador de estructuras metálicas, llegó a las once de la mañana de Tecate, Baja California, arrastrando dos maletas. Le dicen que es seguro el jale, pero que tiene que esperar y que mejor vaya a buscar hotel. Gustavo Hernández, un ayudante general de bigote de alambre rascando el cubrebocas, se queda por si pasa algo, ya lleva dos semanas que viene a diario desde Cunduacán y nada sale. La última vez que trabajó fue en ICA, siete meses a 2 mil 800 libres por semana que bien valieron haber comido pollo o cerdo durante siete meses hasta que se acabó el contrato y se fue a cuidar a su esposa embarazada. Ahora busca ingresar de nuevo, aunque hace un mes circuló en un grupo de Facebook de trabajadores de la refinería una foto de un plato de comida de la obra: la carne tenía sangre. «Sabe», responde sobre si será cierta.
Hace calor y Gustavo, que carga todas sus cosas en una mochila del Partido Verde, se arrima a la pared de sombra, esperanzado de tener trabajo y de tener una nena de dos semanas. En estos dos meses de descanso, dice, sobrevivió con su finiquito, 7 mil pesos.

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