Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

El superhéroe y el dragón

(Nota: Esta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

Cuán lejos estamos ahora de la sobriedad escénica y artemarcialista de aquellos filmes clásicos del cine wuxia sesentero como la esplendorosa “El Espadachín Manco” (1967) o la violenta “Los Cinco Venenos” (1978), ambas del prolífico director Chang Cheh, y sin embargo aún prevalecen sus temas y línea argumental en “Shang Chi y La Leyenda de los Diez Anillos”, nueva pieza del masivo rompecabezas que es el Universo Cinematográfico Marvel que entre espectaculares secuencias donde coexisten peleas de complicada coreografía con pirotécnicos efectos digitales encontramos aquellos elementos narrativos que le dieron forma y sustancia a las epopeyas fílmicas chinas que hablaban de venganza, honor, familia y la forja de un héroe, alcalinizado para el deguste occidental pero con capacidad de permitirle una exhalación nostálgica a cualquier cinéfilo de cierto kilometraje que tuvo oportunidad de ver en pantalla grande, raída y mugrienta de una matinée a estos guerreros chinos ejecutar sus proezas mientras sostenían duelos en el aire. Esta película logra evocarlas sin buscar el superar su exhibición honesta de folclore oriental, lo cual hace que ande sin forzar su marcha y todo se perciba orgánico, pues el personaje mismo fue creado en las páginas de los cómics durante el auge de estas producciones a principios de los 70’s.
El personaje de Shang Chi, interpretado por Simu Liu, ex stuntman a quien aún le falta perfeccionar el arte de la expresión corporal, arranca como un millenial cualquiera que vive al momento sin contemplar su futuro aparcando vehículos en Nueva York junto a su gran amiga Katy (Awkwafina). Su vaquetona vida dará un giro cuando recibe un mensaje críptico que lo conduce a Macao donde vive su hermana Xialing (Meng’er Zhang), de quien se alejó cuando su madre Li (Fala Chen) murió de forma violenta a manos de unos mercenarios y que ahora regentea algo así como un Club de la Pelea con seres interdimensionales y humanos. Al darse el esperado reencuentro unos asesinos encapuchados buscan arrebatarle un pendiente de jade obsequiado por su madre siendo niño, acto que le revela la verdad: su padre, un jefe criminal llamado Xu WenWu (el legendario Tony Chiu-Wai Leung) orquestó la reunión para arrebatarles a ambos dicha joya y utilizarla para localizar a su madre, quien vive y se encuentra oculta en el místico pueblo de Ta Lo donde se dará la confrontación final. Mediante varios flashbacks iremos conociendo el pasado de Shang Chi cuando era criado por su madre en el arte de la defensa personal y el honor del guerrero en simultáneo a Wen Wu, quien es poseedor de diez aros místicos que le dotan de gran poder e inmortalidad. La lucha será personal, pues Wen Wu busca recuperar a su esposa aún si es a la fuerza mientras que Shang Chi emprenderá un viaje de autoconocimiento que le dará las herramientas esenciales para enfrentar a su padre y entender su herencia mítica.
El hawaiano Destin Daniel Cretton (“Buscando Justicia”) entiende que no es Zhang Yimou y jamás se apropia de sus rasgos idiolécticos por lo que toma tan solo los componentes arquetípicos necesarios para dotarle de la identidad cultural adecuada y construir un ritmo mediante escenas de lucha muy bien armadas (sobresale aquella en un autobús donde incluso se le rinde sendo homenaje a Jackie Chan) con aspectos dramáticos como la dimensión trágica que alcanza el personaje de Wen Wu a quien no se le delimita como un villano hambriento de poder, sino como un hombre temeroso de perder su poder a la vez que como un padre fallido que busca reconectarse con sus hijos empelando estrategias anacrónicas y anticuadas. Relevante también es la relación afectiva que sostienen Shang Chi y Katy, quienes mantienen todo a un nivel platónico sin que se produzca un predecible romance por lo que sus momentos de intimidad se delimitan a sentidas charlas que nos asoman a sus mentes y corazones.Todo luce y se percibe con mucha corrección, tal vez demasiada si consideramos que en momentos sufre de amplia corrección política para no herir susceptibilidades lo que delimita algunas de sus posibilidades argumentales además de esterilizar el proceso, lo que empina el añoro por las cintas ya mencionadas, algo que incluso afecta al protagonista el cual no logra conectar con su contexto étnico de la misma forma que lo hiciera Chadwick Boseman en “Pantera Negra”, así que la validación de la cultura asiática se produce tan solo por la presentación de sus formas más básicas pero sin correr demasiado riesgo al respecto. De cualquier forma “Shang Chi y La Leyenda de los Diez Anillos” logra conformar un entretenimiento adecuado que no reinventa pero sí refresca el espíritu del wuxia.

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