57. Edificio de CorreosPor J. Jesús López García

Toda ciudad posee iconos arquitectónicos. Dependiendo de la idiosincrasia de una comunidad, su historia y sus circunstancias comunes, los edificios que fungen como emblemas de su cohesión cultural corresponden a géneros tan grandilocuentes como templos -Luxor, el Partenón, San Pedro del Vaticano-, tumbas -pirámides de Gizeh, el Taj Mahal-, palacios –Versalles- o bien, los que albergan espacios con una fuerte resonancia social, sea de carácter mercantil o político, como stoas, mercados, teatros.

Muchos de estas fincas generan en torno suyo una pléyade de elementos subsidiarios que de alguna manera fungen como un coro de acompañamiento a esas estrellas del firmamento arquitectónico. Pero algo sucedió con la concepción nueva de comunidad urbana. Reciente a sus más de doscientos años, si la comparamos con los 9000 años de historia que tiene la ciudad como creación y experiencia humanas, con la preeminencia de la democracia y del hombre común como centro de atención de la economía, de la filosofía, del arte, de la política y… de la mercadotecnia.

Aquellos grandes edificios como los templos, las tumbas de los personajes principales o los palacios, cayeron en una especie de suspensión pues en una sociedad de iguales, levantaron incluso cierta animadversión. Mercados, plazas, teatros, hospitales comenzaron por su parte a tener ese papel preponderante icónico de las metrópolis modernas, que se complementaron con los actuales museos, jardines públicos y un repertorio urbano de formas inéditas hasta fines del siglo XVIII: estaciones de tren, de las que surgirían géneros cada vez más avanzados acorde a los medios de transporte en evolución imparable, como en caso de los aeropuertos.

Fincas existentes, por ejemplo las bibliotecas, incrementaron sus dimensiones a medida que su acceso se fue volviendo irrestricto y no dirigido a un segmento de la población, lo que pasó de igual manera a los museos -con colecciones privadas o institucionales-, que requirieron de espacios especiales para exhibición e investigación.

Esa democratización moderna de la vida social y política, no suprimió las antiguas imágenes arquitectónicas, sino que amplió sus modalidades y la manera de interpretarlas. La procedencia de su patrocinio cambió drásticamente en el mundo occidental, donde los estamentos colectivos dieron un gran vuelco para establecer al Estado como representante de una comunidad, que al mismo tiempo gobierna y protege a sus representados.

De lo anterior se desprenden versiones renovadas de viejos géneros construidos, o edificios originales que vinieron a completar los planteamientos de la vida moderna. El Estado tomó bajo sus facultades y tutela el desarrollo de instituciones dedicadas a la enseñanza, la salud y el abasto de servicios dirigidos al público, y constituyéndose como obligación el proveerlos, estableció un campo fructífero para la ocupación de los arquitectos.

Esa preocupación arquitectónica de los nuevos Estados de la Nación, así como la de los gobiernos locales, por procurar infraestructura necesaria para las actividades comunitarias y productivas se hizo presente a través de una figura edificatoria, expresando a través de las construcciones su progreso y su eficiencia. Universidades públicas, sistemas hospitalarios y oficinas donde se reciben contingentes grandes de personas, se manifestaron como actuales iconos de la polis moderna.

Algunos de esos inmuebles en Aguascalientes fueron proyectados en un momento en que el Estado mexicano emprendía un desarrollo estabilizador que trajo entre otras cosas, la posibilidad de acceso a toda la población de servicios modernos. El Edificio de Correos en la calle Hospitalidad, es uno de los ejemplares arquitectónicos sobrios y funcionales que en su época representaban la capacidad de comunicar a la población local con el resto del mundo. Ello que hoy, altamente conectado, se da por hecho.

A mediados del siglo XX, en el momento de la construcción del Edificio de Correos, se tuvo una connotación casi ritual, pues existía la oportunidad de escribir y de reflexionar lo escrito; los timbres eran una forma de distinguir a un personaje o un hecho. El edificio se alzó respetuoso de su contexto urbano y de su sitio inmediato, otorgándole una pátina de dignidad que continuaba en el espacio interior -para mala fortuna, actualmente transformado-, donde la experiencia de la comunicación se realizaba en un inmueble sobrio y hasta elegante.

Ese fue el discurso arquitectónico de los servicios públicos, su presencia cercana con una pátina de solvencia con base en su aspecto icónico en lo útil y discreto, atento con los vetustos edificios, pero sobre todo, amable de la idiosincrasia de la comunidad aquicalidense.