Noé García Gómez

Llego el triunfo de Andrés Manuel López Obrador y muchos pensaron que no sería igual o peor de lo que fueron los últimos sexenios. Otros pensamos que no sería tan diferente y que al final la responsabilidad lo moderaría. Estamos a diez meces y las situación se ve distinta, pero no para mejorar.

El presidente prometió que casi al tomar posesión el país entraría en una epata de paz, pero no fue así. Esta semana es una de las más violentas y desafiantes de los últimos lustros, violenta por los asesinatos, desafiante ya que los ataques son contra las corporaciones del estado. ¿Otros años había masacres peores? Tal vez sí, pero eran ajustes de cuentas, esta semana en Michoacán policías sufrieron una emboscada, donde asesinaron a 13 agentes e hirieron a otro tanto. Donde los sobrevivientes declaran que las corporaciones y altos mandos los dejaron solos, no los apoyaron. En Tapochica,  Guerrero, 15 presuntos criminales fueron asesinados y un soldado, dicho soldado era quien con metralleta de alto calibre rafagueó la camioneta, las imágenes de los cuerpos apilados en la caja y el suelo es espeluznante.

El día jueves algo más grave, caos en Culiacán, Sinaloa, convoy de narcotraficantes armados sembraron el caos, vehículos incendiados, disparos, explosiones, cuerpos inertes y reos en fuga, decenas de videos, fotos y audios circularon por redes sociales y whatsapp. La incertidumbre y el rumor privó. Se decía que capturaron a unos de los hijos de Chapo Guzmán, del otrora poderoso, hoy menguado Cártel de Sinaloa, pero que tiene su más fuerte reducto precisamente en este estado. Videos de soldados rindiéndose ante los agresores, otros soldados capturados, tenían en vilo a México. El desafío de una fuerza paralela al gobierno trastocó la cotidianidad de una importante ciudad. Pasaban las horas y el país y los sinaloenses esperaban una postura, respuesta y estrategia del presidente. El presidente estaba en “campaña”, perdón, en gira por Oaxaca, en el aeropuerto alcanzó a balbucear “mañana hablamos”.

Otro rumor crecía al parejo de una disminución de la violencia, un audio donde se decía: “Ya liberamos al patrón, no disparen”, se replicaba entre lo que parecía los responsables de los distintos grupos armados. Después las versiones confundían. Fuentes de algunas corporaciones decían que fue una confusión, que no capturaron a quien dijeron habían capturado. El abogado de la familia Guzmán declara: “El chico estaba perdido, pero ya está sano en su casa”.

Entonces viene lo que será el parte aguas de la política de seguridad y la respuesta de las organizaciones criminales, el secretario de Seguridad declara que se acordó liberar al presunto líder del Cártel de Sinaloa para salvaguardar la vida de la gente. Sí, el responsable de la seguridad en nuestro país confirma que fueron derrotados por lo que tenían que entregar al poderoso personaje. A mí, amigo lector, me entró una serie de emociones entre impotencia, terror y decepción. Por primera vez me sentí inseguro, abandonado por el garante de nuestra seguridad, el gobierno federal.

Pero pensé, el Presidente tendrá que actuar y correr a su gabinete de Seguridad y replantear la estrategia. Mi sorpresa fue que al siguiente día el presidente de México confirmó y avaló la decisión de liberar a un capo. Sentó el precedente, el camino ya está anunciado, los jefes de los otros cárteles ya saben cómo actuar.

Para transformar y conducir a un país se requiere garantizar la seguridad de los ciudadanos y hacer respetar el Estado de Derecho, si es necesario, hacer uso del monopolio de la fuerza.  Pero cómo pensar que es posible, cuando las autoridades ceden ante las amenazas y acciones del crimen organizado. Esto será un parte aguas, trastocará a la sociedad mexicana, pero también a la opinión pública internacional que influyen para las inversiones en nuestro país.