Josemaría León Lara

A veces pensamos que la historia es únicamente una ventana hacia el pasado, por la cual tenemos la oportunidad de comprender el presente y de esa forma preservar nuestro futuro; y aunque por más trillada que se escuche aquella frase que dice “el que se olvida de su historia está condenado a repetirla”, es más sabia de lo que parece.

Ayer conmemoramos el aniversario número ciento cuatro del inicio de la Revolución Mexicana, y hago hincapié en el verbo “conmemorar”, porque la realidad actual del país no está para ningún tipo de “celebración”.

Palabras más palabras menos, la Revolución Mexicana nos fue enseñada de acuerdo a los intereses del partido oficial, el hijo triunfante de la misma, bautizado en su fundación como el Partido Nacional Revolucionario.

El sistema nos enseñó que el malo de la historia era Don Porfirio Díaz, que Madero se levantó en armas con su lema “Sufragio Efectivo no Reelección”, que Zapata luchaba en contra de los latifundios (lamentablemente los ideales de Emiliano fueron aniquilados con la reforma agraria de 1994, pero como diría el dicho popular, esa es harina de otro costal), Villa junto a su División del Norte, fue pieza clave para vencer a Huerta y que Carranza logró pasar de las armas a las normas con la Constitución de 1917.

Han sido muy pocos aquellos que lograron leer lo que la historia quería decir. Y, aun con la llegada de los derechos políticos y civiles amparados en la Carta Magna de corte democrático y social, no podemos dejar de recordar que la búsqueda de la Justicia no fue uno de los triunfos de la Revolución.

La vida en la segunda década del siglo XX no está tan alejada de la realidad del año dos mil catorce. México se encuentra en una efervescencia de falsos héroes e ideales de corto alcance, donde lo único que está por suceder (y ya lo comenzamos a ver) es el caos.

México sigue pidiendo Justicia como hace más de un siglo; lo señalé la semana pasada, no únicamente por los cuarenta y tres normalistas de Ayotzinapa, sino por todos aquellos miles de desaparecidos quienes no tienen ni nombre ni apellido y que para el reflector nacional no tienen importancia.

El pueblo mexicano también pide justicia para los millones de indígenas que viven en marginación, justicia para millones de hermanos mexicanos que sufren de pobreza alimentaria, justicia a las familias por los misteriosos casos de las muertes de Ciudad Juárez, justicia para los que no tienen un techo cuando la primera familia gasta cifras insultantes en una mansión; entre otros miles de casos donde se ha buscado y las voces han sido silenciadas.

Concuerdo con las declaraciones del Gobierno Federal al afirmar que no se puede buscar la justicia por medio de la violencia. Semanas atrás se hizo latente el grito de “Me Dueles México”, personalmente hoy en día pienso que debería ser “Me Das Miedo México”.

Algunos dicen que la historia es cíclica y que las condiciones para una nueva revolución poco a poco se están poniendo sobre la mesa. No nos queda más que creer en las instituciones, buscar siempre la paz y el diálogo, pero, más importante, ser Ciudadanos.

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