Por Dra. Ednna Milvia Segovia Miranda

Hay días en que el aire parece envenenado y leer resulta una tortura para los ojos, entretenerse con una serie parece en estos casos, una buena opción. Recientemente se estrenó “El caso Cassez-Vallarta: una novela criminal», basada en la investigación de Jorge Volpi, en la cual una de las principales temática gira entorno a los secuestros en nuestro país, y me dió para esta pesquisa reflexiva.

El secuestro sigue siendo una realidad, es una de las muchas expresiones de la violencia socio-política. Es un delito tan grave como el homicidio, este último consiste en quitar la vida destruyendo toda posibilidad de existencia, pero en el secuestro se anulan los planes y proyectos de vida del individuo y se atenta contra su libertad y desarrollo personal, las víctimas disminuyen su capacidad de respuesta frente a la vida. La expresión sequestrum proviene del verbo latino sequestrare, que significa sacar o sustraer algo o a alguien de su contexto, manteniéndolo cautivo. El modus operandi es más o menos conocido: se trata de personas, por las que se pide un “rescate”, lo que no garantiza, en ningún caso, la devolución intacta de quienes han sido sometidos a semejante violentación, ya que más allá de lo posible, implica la muerte. En otros casos, para llevarlo a cabo el victimario tiene que proceder, en algunos casos, como “un cuidador” para que su víctima no muera, ambivalencia que en ocasiones da origen al síndrome de Estocolmo, que es la reacción psicológica en la cual la persona retenida contra su voluntad desarrolla un fuerte vínculo afectivo con quien la ha secuestrado. En efecto, no sólo se secuestra por necesidad, sino también por la fidelidad a símbolos, a ideologías, a fundamentalismos, para obtener recursos económicos (secuestro extorsivo), como si estos justificaran la cosificación humana.

Aunque la mirada científica, los reportes estadísticos y los estudios epidemiológicos sobre traumase han centrado en las víctimas directas, es decir aquellas personas que lo experimentan en carne propia, el impacto psicológico del trauma no puede reducirse a quienes lo viven directamente; sus consecuencias, constructivas y patológicas, se extienden hacia el medio social inmediato, familia y allegados. Con la introducción del Síndrome de Estrés Post-Traumático en los manuales de psicodiagnóstico, se inicia el reconocimiento de la naturaleza potencialmente destructiva de este evento al que estamos expuestos la población en general. Haber sufrido un profundo irrespeto de los derechos fundamentales y además, continuar recordando esta experiencia cada vez que escuchan las noticias de otros secuestros, genera la sensación de estar en un lugar amenazante y riesgoso, de impotencia frente a la violencia que nos aqueja.

La libertad es un elemento estabilizador del ser humano, generador de salud mental. Sin libertad es inexplicable la existencia humana. Sobrevivir al secuestro es, podría afirmarse, un acto de heroísmo vinculado íntimamente a la manifestación de resiliencia: esa capacidad de sobreponerse al trauma, ese proceso de adaptarse, ese recurso que tendrán que trabajar las víctimas del secuestro para intentar reestructurar su vida. Resistir y rehacerse, reponerse del dolor y a la desesperanza, porque como escribió Jean Paul Sartre: “Lo importante no es lo que se hace de nosotros, sino lo que hacemos nosotros mismos de lo que nos hicieron”.
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