Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Con la desfachatez, cachaza, desvergüenza, cinismo y otros descalificativos que se ha ganado a pulso el usurpador Andrés Manuel López Obrador, cuando le cuestionaron por qué proponía fortalecer al ejército con la anexión de la Guarida Nacional, espetó “Cambié de opinión”. No le creo, esta propuesta es la culminación de un proyecto que vino desarrollándose paulatinamente hasta culminar en la consecuencia prevista y buscada. Se trataba de desmantelar las policías, de desalentar a los ciudadanos, de atemorizar a las autoridades civiles, de aparentar alternativas como la de la Guarida Civil, integrada mayoritariamente por “milicos”, preparando el terreno para plantear como única opción para la paz y la no violencia la entronización del ejército, milicianos a sueldo del poder cada vez más autócrata del usurpador.

Merece la pena que aclare por qué me refiero al señor López Obrador como usurpador, la república mexicana es una república democrática, representativa y federal, en que el gobierno se divide en tres poderes de igual jerarquía, cada uno con funciones gubernativas propias. El señor López Obrador se nos vendió como demócrata, como defensor de la representatividad de los órganos legislativos, convencido del pacto federal y la autonomía de las entidades federativas, propugnador del estado de derecho y respetuoso de la Suprema Corte. Sin embargo en la práctica se ha transformado, o quizás sería más propio decir, se ha mostrado con su auténtica catadura, megalómano, autocrático, instransigente, autoritario, zafio. Está usurpando un cargo pensado, diseñado y legislado para un demócrata, no para un aprendiz de dictador.

La Constitución ya preveía antes de la ocurrencia de López Obrador, la eventual creación de una guardia nacional, que tendría funciones ante la presencia de circunstancias de seguridad nacional y seguridad pública que ameritaran la asunción en funciones de ese órgano que en principio podría integrarse con las reservas del Servicio Militar Nacional. Entre paréntesis, si alguien quiere pruebas de la corrupción en algunas áreas del Ejército Mexicano, basta con echar una ojeada restrospectiva a lo que ha sido el servicio militar, negocio barato para muchos militares desde clases hasta jefes, pasando por oficiales y a la que no escapan los generales. Mea culpa, hay plumajes que cruzan el pantano, mi cartilla es de ésas.

La decisión de su creación pudo haber sido meditada, su creación misma, no. Improvisando, cosa frecuente en la 4T, se echó mano de lo que se pudo, procediendo a desaparecer la Policía Federal, que tenía un negro historial, no menos negro de la que han tenido en la mayoría de los países las policías, quizás con la excepción de Scotland Yard y quizás los gendarmes franceses. La guardia nacional se planteó como un cuerpo policíaco paramilitar pero con mando civil. El ejército, todos los ejércitos, responden a una lógica, a una preparación, a una finalidad, a un mando y una disciplina que no tiene que ver con la función policíaca. No basta la disciplina sino que se requiere una preparación especial, es más, en los cuerpos militares, la Policía Militar tiene una preparación y entrenamiento especial.

Es cierto que el ejército mexicano tiene una conformación diferente, con generales que no provenían como en suramérica de familias aristócratas, Don Porfirio se encargó de desmantelar el ejército y reconformarlo a partir de las policías rurales que sustituyeron a la acordada. La revolución contribuyó con generales formados al vapor de la pólvora y muchos al de la palabra o del dedazo.  Sin embargo de un tiempo a esta parte el ejército ha preparado sus cuadros con una formación amplia en todas las ramas del conocimiento, la universidad militar es un buen ejemplo, y uno malo, la escuela médico militar que pasa por una crisis que le ha impedido continuar con la formación de excelencia que alguna vez le caracterizó.

AMLO no cambió de opinión a últimas fechas, cambió de opinión cuando los militares le leyeron la cartilla antes de tomar posesión. Sus planes ilusos de pacificación se enfrentaron con una realidad que siempre gana. A partir de echar mano de personal improvisado para las tareas delicadísimas de seguridad, el resultado no podría ser bueno, por más optimista o bien intencionado que se fuera. Paralelo al empoderamiento de la Guarida Militar en tareas que se apartaban de su concepción original de combate a la delincuencia, su función de supervisión y vigilancia de las policías locales, y su presencia en áreas como el “combate” a los migrantes muestran su auténtica finalidad represora, se ha dado el debilitamiento de las policías locales, sometidas a una presión de combatir a los carteles de la delincuencia desde una posición de notoria desventaja, sin preparación ni armamento ni logística.

La desesperación y la desesperanza corren parejas en muchas poblaciones en las que, ante la presencia de los carteles, las policías se han desarticulado, han huido o se han limitado a ser elementos decorativos o lo que es peor, auxiliares de la delincuencia organizada.

El campo ha sido concienzudamente abonado. Un día sí y otro también se ha denostado a las policías y se ha ensalzado al ejército como el único ente capaz, honesto y leal para combatir a la delincuencia. Se ha dejado a poblaciones enteras a merced de la delincuencia, se ha permitido o se ha negociado que grupos criminales detenten el control de amplias zonas del país. Negocios a los que no han sido ajenos jefes militares.

Se le está acabando el tiempo al señor López Obrador, que si no es un perverso profesional, es bastante buen aficionado como diría Pancho Madrigal, ha tenido que forzar los tiempos adelantando inauguraciones de lo no inaugurable, obligando medidas para dar algo de movimiento a su ampliación de aeropuerto militar, por su capricho ha mantenido en niveles bajísimos la distribución de medicinas, las amenazas, difamaciones y calumnias al poder judicial son actos delictivos de los que quizás algún día se le llame a cuentas, por lo pronto ante el fracaso de los datos duros, se refugia en sus “otros datos” y ahora con claras inconstitucionalidades promovió y sus lacayos aprueban dejar como única policía de la nación al ejército. Tiempos aciagos se vislumbran. Negro futuro para un país que a tropezones avanzaba en el camino de la democracia. Desaparecidos los controles, avasallados los poderes, atemorizados los periodistas, atenidos a una pitanza los jóvenes y los ancianos, y el resto sobreviviendo con ingresos de hambre, el autócrata se envuelve en la fuerza de las armas.

Mucho me temo que este septiembre pasará no como el de recuerdo de la independencia sino como el del descorcholate de la autocracia.

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