Por J. Jesús López García

60. Casa de la Familia SánchezEl placer de un público por alguna modalidad concerniente a la arquitectura o al diseño en general, obedece a múltiples factores: la economía que favorece a tal o cual material y sistema constructivo; el parecer social que crea una serie de códigos formales que pueden “leerse” como símbolos o iconos y la influencia del momento con sus imágenes y gran cantidad de interpretaciones que se transmiten a través de procedimientos distintos como los medios masivos de comunicación o por procesos personales, entre otros.

El gusto va entonces acomodándose a su época, su lugar y desde luego a la sociedad. Tal vez algo atrasado, más de quince años, la sensibilidad por la arquitectura moderna, hizo su arribo a la capital aguascalentense en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, durante la etapa de equilibrio que trajo el llamado “desarrollo estabilizador”, pacificado al menos parcialmente el país tras la Revolución y participando de manera cada vez más comprometida con la experiencia de vivir en el cosmopolita siglo XX.

Influencias que detentaron su origen en la tradición o en el revisionismo estilístico como el neocolonial y el neobarroco, o en una modernidad menos provocadora como el Art Déco, tuvieron auge local en los años treinta y aún hasta los cincuenta, pero en las últimas dos décadas de la mitad del anterior siglo, el espíritu de los tiempos fue domesticando el temor a la novedad y a la renovación misma, expresada en la edificación, pues en otros rubros fue acogida con menos cortapisas.

Paulatinamente la arquitectura moderna, o al menos su composición, fue ganando terreno ante un público cada vez mas enterado en los aconteceres del mundo donde esa modernidad era un fin deseable, un símbolo en sí misma de lo que se percibía como el más importante vehículo del progreso, a través de la depuración de ornamento, el empleo de líneas rectas, transparencia con vanos considerables y una conexión virtual con el exterior urbano a través de espacios dedicados al confort del visitante.

El gusto reciente por la arquitectura moderna fue definiéndose de modos más puros a medida que la población accedía a una mayor cantidad de información visual por medio de viajes, cine, revistas o libros, acompañado el fenómeno por la determinante llegada a Aguascalientes de arquitectos profesionales que habiendo cursado sus estudios fuera de nuestra entidad, llegaron o regresaron a ella con un bagaje cultural, social y formativo propicio para satisfacer esa naciente hambre de modernidad de un mercado económicamente más dinámico y activo.

Puede apreciarse en la localidad variadas muestras de éste fenómeno, en casas y algunos edificios donde el ladrillo sustituyendo al adobe y el concreto haciendo lo propio con la madera o la piedra, disponen sus vanos de forma más amplia, cuando no plenamente en proporción horizontal, como ornamento algunas perforaciones geométricas discretas y articulando los planos en una fachada sobria, la utilización de recubrimientos dispuestos en franjas también horizontales. Como gesto de cordialidad al ámbito exterior, se observaron accesos más amables, proporcionando sombra y protección contra la lluvia y la disposición de jardineras para contar algo de verdor en las calles.

La fábrica de las fincas se aprecia cuidada, atenta a los detalles importantes en una modalidad arquitectónica cuya sencillez puede dejar expuestos los errores o descuidos de una manera más enfática. Con todo, si observamos los edificios y los comparamos con los inmuebles colindantes, en algunos casos más antiguos, podemos observar también que la discreción compositiva de la que hacen gala, colabora en establecer una imagen de contexto que no atenta contra las viviendas contiguas.

La neutralidad moderna, vista tal vez en un inicio como algo combativo o transgresor, con el tiempo ha mostrado una capacidad para perdurar, primero físicamente, pues sus materiales y sistemas constructivos lo permiten mejor que aquellos que emplean adobe y madera y segundo, en armonía con su ambiente, sea el de un monumento cercano o una calle discreta. De esta manera podemos afirmar que la arquitectura que en su momento supo responder al espíritu de su época, definió un gusto por lo moderno, congruente y sobrio que aún en la actualidad conserva sus características sin violentar la imagen de su entorno, convirtiéndose en un interlocutor respecto a los edificios del vecindario, considerado y a la vez firme en sus postulados originales y características de forma.

Para el golpeteo constante de imágenes al que se somete diariamente nuestra percepción, ese gusto moderno por la sobriedad compositiva, puede servir bien como un procedimiento profiláctico para la vista, inoculándola contra cualquier infección de mal gusto.