Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Conversando con algunas personas del lugar donde nací, me comentan con tristeza y preocupación que “aquellas montañas que conocimos, cuando éramos jovencitos, hoy se han transformado, que son otra cosa”. Hablan de las montañas que conforman la Meseta Tarasca, parte de la Sierra Madre Occidental correspondiente a Michoacán. Esta Meseta, al sur colinda con Uruapan y al norte con Zamora; al poniente con Los Reyes y al oriente con Zacapu y Pátzcuaro. En esta región viven, en más de un centenar de pueblos, los indígenas tarascos, también llamados purépechas.
Platican mis coterráneos que desde hace tres años, aproximadamente, empezaron a llegar “personas extrañas” en los pueblos indígenas para hablar con los dueños de los potreros (montes destinados a la cría y pasto del ganado). La intención de estos “extraños” era proponerles, a los dueños, que les rentaran sus potreros, por seis o siete años, con el fin de plantar árboles de aguacate; que inicialmente les darían veinte, treinta, cuarenta mil pesos o más, dependiendo de la extensión de la propiedad; anualmente les mejorarían el precio del arrendamiento, y terminado el tiempo del contrato podrían renovarlo o rescindir del mismo; y en caso de no renovarse el contrato, los dueños se quedarían con los árboles de aguacate plantados. A los indígenas les agradó recibir, de inmediato, la cantidad de dinero que jamás habían tenido es sus manos por algo así, y los montes fueron arrendados.
Semanas después de los arrendamientos, “las personas extrañas” ordenaron talar los enormes árboles que tenían años de existencia; vendieron la madera; limpiaron los terrenos y plantaron miles de aguacates dentro del programa social “Sembrando Vida”. Algunos lugareños fueron contratados para realizar los trabajos, así como para cercar con alambre los nuevos huertos. Los trabajadores y habitantes en general tienen estrictamente prohibido caminar más allá de los huertos.
Al sur de Zamora, está el pueblo de Tarecuato, del municipio de Tangamandapio. El primero de noviembre pasado, once personas del lugar fueron a buscar talpanal (miel de abeja que se encuentra en hoyos de los cerros). Es tradición en Tarecuato poner un talpanal como parte de las ofrendas por el Día de Muertos. Estas once personas pasaron más allá de los huertos, subieron a lo más alto de los cerros buscando talpanal. Ya no regresaron con vida, al día siguiente encontraron sus cuerpos tirados en una vereda (entre ellos de cinco niños). Al parecer fueron ejecutados. Los pobladores de Tarecuato, en forma airada, pidieron justicia a las autoridades. Días después, más de cien soldados del Ejército, la Marina y la Guardia Nacional, subieron y peinaron el cerro de Tarecuato. En el camino encontraron mariguana sembrada y dos laboratorios donde se elaboran drogas. Los soldados bajaron del cerro con cuatro personas que encontraron trabajando en los laboratorios, diciendo a los pobladores: “Aquí están los asesinos”. El Ejército se llevó a las cuatro personas aprehendidas, “haciendo justicia”, de esta manera; pero el domingo veintiuno de noviembre encontraron, en Tarecuato, otros cinco cuerpos sin vida. Con seguridad también descubrieron los sembradíos de mariguana y los laboratorios.
Las muertes de Tarecuato han tenido mucha difusión en los medios nacionales de información; sin embargo, esto está pasando en la mayoría de los pueblos de la Meseta Tarasca, sólo que no se dice nada de esos otros lugares. La delincuencia organizada ha transformado, para mal, gran parte de la vida de los pueblos indígenas; se ha adueñado de los cerros purépechas. Los nativos de la Meseta Tarasca piensan que el Gobierno de la República de buena fe implementó el programa Sembrando Vida, pero la delincuencia organizada se ha encargado de darle otro giro en su beneficio. Los indígenas están poniendo los muertos; pero, lo peor, todo se sabe y nadie hace nada.

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