Moshé Leher

Como faltan los días que van de hoy al viernes para montarme mi Pésaj particular (que en mi caso serán días iguales a los de antes y de después), hablaré hoy, con respeto, por supuesto, de la Semana Mayor, que hasta donde yo recordaba eran días que antes eran más bien de silencio, no sé si de contrición, pero sí de silencio, aunque luego se impuso, así poco a poco, esa moda de armar Saturnales, ruidosas y de una dilatación moral que ya les cuento.

Lo primero que me viene a cuento, ya en mi infancia, es que las vacaciones de Semana Santa eran un matadero; bastaba ver un diario nacional para enterarse, en primera plana, que el Jueves Santo, por decir, se saldaba con tantas decenas de muertes en las carreteras, pues no aquí, pero ya en otros lados, se imponía la costumbre de aprovechar estos días de asueto para ir a las playas, en carreteras que eran trampas mortales.

Pero aquí, donde sólo vacacionaban unos pocos, lo que se estilaba era una de dos sopas: o santificar las fiestas, como Dios mandaba (como algunos suponen que Dios mandaba) o la de irse a apretujar a los balnearios: según el sapo y la pedrada, los pudientes al Campestre, y los más a los balnearios, que en esos años no pasaban de Ojocaliente y, creo, el de Valladolid; ya irse a la presa del Jocoque era un lujo para muy pocos, y hasta una excentricidad, si algo tiene de recreativo irse a bañar a aguas turbias y heladas.

Está de más hacer una genealogía de las prohibiciones en los días sagrados, pues los ayunos, los alimentos vedados y otras proscripciones del tipo, que abundan en el cristianismo y el Islam, no es sino una herencia del judaísmo, tan dado a eternas discusiones sobre lo que se puede hacer y lo que no en días señalados, o sobre qué comida es lícita o cuál comida es impura.

No es que yo fuera un teólogo precoz, ni tampoco un hereje temprano, pero a mí ese asunto siempre me pareció una reverendísima banalidad (por no decir tontería), pues nunca me acabé de convencer que, dando por hecho la existencia de un Ser superior -cosa que hace mucho no tengo muy claro-, no entendía qué más le daba a la divinidad que uno se matara de hambre ayunando, o en qué le ofendía, en su poder absoluto, que uno comiera carnitas y buche.

Recuerdo, años después, muchos años después, una resaca espantosa en Guadalajara, donde tuvimos que recorrer media ciudad y una docena de mercados, hasta que conseguimos un alma, más piadosa que pía, que se atreviera a prepararnos unas tortas ahogadas, con harta carne de cerdo, nada menos que en un Viernes Santo, donde la oferta gastronómica popular se limitaba a nauseabundos caldos de pescado, apestosas sopa de camarón y otros brebajes a cual más desagradables.

En casa, donde solían venir parientes de otros rumbos para estas fechas, el Viernes Santo, se apagaban los aparatos eléctricos, televisiones de bulbos y radios, de tal manera que no nos dejaban ni siquiera ver alguna película chafa donde salían doloridos Jesucristos y llorosas Marías y Magdalenas, hablando de vos y con acento de gachupín.

El signo de esos días era la peste del aceite de oliva malo, eran tiempos antes de que se importaran aceites decentes de España, el bacalao desalándose en las ollas de la cocina, y un hedor a pescadería en casa, para al final preparar unas comilonas de miedo -seguro pecaminosas-, con una lista de platillos que detesto desde entonces: romeritos en pepián, caldo de camarón, bacalao a la vizcaína, torrijas, capirotadas (me acuerdo y me vienen las arcadas), y la infaltable agua de Jamaica (como si estuvieran prohibidas las gaseosas en el Pentateuco).

A las tres de la tarde sonaba la enorme matraca que estaba al pie del campanario del Encino; en las calles del barrio no zumbaban ni las moscas y como dijo Ibargüengoitia ‘hasta los burros estaban silencios’ (aunque no recuerdo haber visto jamás un burro por el rumbo, ni el del aguamielero, aunque sí los mulos del señor del carrito de la ‘tierra para las macetas’).

¿Yo? En la cocina ya renegando de los preceptos de rigor, pensando que cuando fuera mayor me haría un hereje en toda regla, y comiendo lo único que se me permitía, a mí que el pescado me causa graves alergias, además de mucho asco: tortas de aguacate con huevo y un vaso de agua.

Hoy, para no desentonar, no hay frase ni en hebreo ni en yiddish, sino una frase a propósito: una reliquia del acervo familiar: ¡puras habas!

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