“Aquellos que estuvieron antes que nosotros gritaron hasta fenecer ‘No más… No más… ¡¡NO MÁS!!’”

COLUMNA CORTEEl destino geográfico de un hombre por restablecer un sentido de igualdad comunal y el destino histórico de su nación están ligados y se muestran en esta producción que narra la hazaña impugnada por Martin Luther King para abogar por los derechos de la segregada y humillada población de raza negra en una Norteamérica en estado de confusión sociocultural, cuando el infierno para la población sureña-caucásica eran los otros o cualquiera que no lograra incrustarse en un rígido rompecabezas colectivo defendido (¿o simplemente ignorado?) por el entonces presidente Lyndon B. Johnson, figura que no se libra de cierta demonización en el filme, aun si sólo era presa de sus propios instrumentos burocráticos.
“Selma” es un filme que provee una breve, pero concisa lección de historia sin permitir que la mecánica narrativa propia de una biopic la arrastre a la senda de un mero sermón histórico, manejado con suficiente seriedad para erradicar cualquier vestigio de humoradas, un tratamiento simplón sobre el tema o lagunas argumentales, apretando su discurso con base en sus propias necesidades, las cuales se comprimen en una gesta emocional orquestada por el personaje principal para luchar por un cambio en el esquema humanitario estadounidense. Esta crónica describe cómo el Dr. Martin Luther King (interpretado con aplomo y alto grado de convicción por el británico David Oyelowo) fragua una campaña para asegurar el voto igualitario entre razas, negado en algunos estados norteamericanos mediante una marcha multitudinaria desde el condado de Selma hasta Montgomery, Alabama, en el turbulento año de 1965. Su principal opositor es el gobernador George Wallace (el siempre cumplidor Tim Roth), un xenófobo irredento que ve en King y a su pacífico contingente como la semilla de una inminente insurrección étnica, mientras que el presidente Johnson (Tom Wilkinson) se debate entre la aplicación de las arcaicas leyes represoras con las que Wallace justifica su gestión o sucumbir ante el cambio radical propuesto por el adalid afroamericano, por supuesto, con todo lo que ello implica (repudio por parte de la región sur de su nación, acusaciones de radicalista y falta de apoyo en el sector derechista del Congreso, etcétera).
La búsqueda por la equidad social no sólo implica riesgos a la integridad física y política de una figura tan prominente como lo era King, este momento de trance revolucionario también significó un inevitable distanciamiento entre el protagonista y su familia, pues ésta se ve minimizada en su escala de prioridades activistas y su encomienda como futuro mártir del bien negro común. Aquí radica el nudo dramático de la cinta, bien manejado por la directora Ava Duvernay, quien alterna adecuadamente los problemas psicológicos que acarrea una empresa de esta magnitud posada en los frágiles hombros de un idealista e intelectual incapaz de conectarse con su esposa, momentos que funcionan gracias a la fuerza histriónica de un reparto comprometido y veraz.
El ritmo se sostiene con mucha sobriedad y logra un alto grado de verosimilitud gracias a un guión escrito por Paul Webb que elimina cualquier dejo de efectismo aún si, en ocasiones, también sacrifica profundidad en el relato por una presentación cuasi deificada de su personaje-tema. Mas esto logra superarse mediante una exposición clara y metódica de una entidad que traspasó las fronteras ideológicas gracias a un discurso claro, sencillo y alentador. Algo muy similar a lo que transfiere esta cinta en la conciencia del espectador. Un logro modesto que funciona como cine y lección histórica.
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