Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Un día de estos, un pajarito me dijo que en días pasados estuvo en esta tierra de a veces cielo claro, el Nuncio de Su Santidad en México; los papales ojos y oídos en estas tierras de mezquites, pirúes, nopales y sequía. ¿A qué habrá venido, si la consulta para elegir al nuevo obispo se hace en las inmediaciones del habitáculo del Espíritu Santo, y no en esta Tierra tan distante del cielo? ¿O acaso será que….? Pero no, porque otro pajarito me dijo que cuando alguien mencionó la posibilidad de elevar al solio episcopal a un sacerdote local, se le borró la sonrisa de que sus italianos labios hacían gala.

En fin. De nueva cuenta a mí que me esculquen; a mí ni me invitaron ni me enteré ni nada, porque después de todo no soy apóstol ni soy nada, y después de la cena ya saben a dónde me voy.

En la entrega anterior de esta apasionante y desinformada serie reflexioné sobre el Aguascalientes que encontrará el nuevo pastor, con énfasis en las transformaciones culturales que ha sufrido la población en los últimos, digamos, 50 años, que hacen que la figura del obispo sea vista de diferente manera. Le ofrezco dos ejemplos de lo que postulo; dos ejemplos que quizá fueran extremos. Como usted bien sabe, la fiesta de la pascua tiene lugar en el domingo inmediatamente posterior a la primera Luna llena de primavera, un lapso que, dadas las variaciones en el giro del satélite, puede ocurrir alrededor del 21 de marzo, o adentrarse profundamente en abril, de tal manera que con alguna frecuencia ha ocurrido que el anuncio de la resurrección del crucificado ocurre prácticamente al mismo tiempo que la coronación de la reina de la Feria de San Marcos.

A reserva de llevar a cabo una investigación más detallada; mucho más, le informo que en 1954, cuando la palabra del obispo era ley, ocurrió la situación a que hago referencia en el párrafo anterior. Entonces el obispo, que lo era el doctor Salvador Quezada Limón, solicitó a los organizadores de la feria que la coronación de la soberana sanmarqueña tuviera lugar el domingo, y no el sábado, tal y como estaba planeado. El patronato hizo eco de la petición, por lo que María de Lourdes II fue entronizada al día siguiente de lo que se acostumbraba tradicionalmente.

Con el otro ejemplo ocurre exactamente lo contrario: el 22 de abril de 2011 Necaxa jugó en casa su último partido en primera división, en contra de los Pumas de la UNAM, que además eran los líderes de aquel torneo de clausura. En rigor fue un encuentro intrascendente, dado que los electricistas ya habían perdido la categoría antes, por lo que el juego contra los capitalinos fue de trámite; de despedida, pues. El cotejo fue ganado por los felinos, 1 a 0… El asunto no tiene en absoluto nada que ver con el tema que estoy tratando, salvo por un detalle: ese 22 de abril fue viernes santo.

En el pasado era, y todavía para mucha gente lo es, una fecha de silencio extremo, cabezas bajas, velos negros y el canto lamentoso de “Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he ofendido? Respóndeme”, que en las inmediaciones del Estadio Victoria -en esa ocasión convertido en Derrota- se transformó en ¡Cómo no te voy a querer! ¡Cómo no te voy a querer! ¡si mi corazón es azul y mi piel dorada, siempre te querré!, y entre pecho y espalda unas muertitas, bien heladas, heladas, unos para celebrar a los de México, y otros para mitigar el dolor de caer a la segunda división.

El hecho es que con toda antelación el obispo, que lo era el recientemente fallecido, solicitó el cambio de fecha del partido, sólo para recibir por respuesta un silencio indiferente. En conclusión, ya su palabra no era ley.

Desde luego no estoy descubriendo el hilo negro ni mucho menos. Esta dinámica a que me refiero ha ocurrido no sólo con la figura del obispo sino prácticamente con toda figura pública, y en algunos casos ha llegado a extremos impensables en el pasado; francamente inadmisibles, tal y como puede constatar con “ya sabes quién”, nomás al abrir su WhatsApp.

Pero en rigor no es esto lo que quiero destacar, sino algo más profundo y duradero. Postulo que ésta, digamos, desacralización de las figuras públicas -para el caso me detengo en la del obispo- habla de un cambio cultural en el que se está produciendo una remisión de lo sagrado en las vidas de muchos, que produce los efectos señalados. Además hay que agregar el hecho de que en el ámbito de lo espiritual, Aguascalientes no escapa a una dinámica según la cual avanzan otras confesiones religiosas, no sólo no católicas, sino en ocasiones ni siquiera cristianas.

Basta una rápida revisión de los censos de población y vivienda para constatar lo anterior. En 1990 el porcentaje de católicos era de 97.2%, que para 2000 bajó a 95.6%, y 93.2% en 2010. Los protestantes fueron del 1% al 1.9% y 3.5%, respectivamente, en tanto los “sin religión” escalaron del 0.8%, que se repitió en 2000, al 1.8% en 2010. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).