Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

Estoy reflexionando a propósito de la manera como en Roma se enteran de lo que ocurre aquí -o, como me indicara Consuelo Virreina, en la parroquia de Maravillas, Jesús María (esto por mencionar un lugar, que igual podría ser cualquiera otro, Asientos, Tepezalá, etc.)-, así como para elegir al hombre idóneo que venga y se convierta en el octavo obispo de Aguascalientes. Es obvio que existe un flujo de información, de aquí a Guadalajara, sede de la arquidiócesis a la que está circunscrita la diócesis de Aguascalientes, y de Guadalajara a México, al nuncio de Su Santidad en nuestro país, e incluso directamente al Vaticano, y aun cuando se ha afirmado que “no hay candidatos” (BI noticias.com, “No hay candidatos al elegir obispo: Diócesis de Aguascalientes”, 1 de marzo de 2021), en realidad sí los hay; siempre los hay, no para esta diócesis específicamente, sino en general, para la dignidad episcopal. No son aspirantes a la manera de las elecciones públicas, que son las más cercanas a nosotros, con pretendientes formales, campañas, propuestas, fechas prestablecidas, etc., pero los hay. En este sentido, la Iglesia no responde a los tiempos públicos, pero supongo que sí lo hace a los grupos; los personajes, y desde luego a los designios del Espíritu Santo.
Prueba de que sí hay candidatos la ofrece el Código de Derecho Canónico. El § 2. del artículo primero del capítulo II del título I, de la sección II de la parte II del Libro II -¡ufff; qué largo está esto!-, relativo “Al Pueblo de Dios”, prescribe que “al menos cada tres años, los Obispos de la provincia eclesiástica o, donde así lo aconsejen las circunstancias, los de la Conferencia Episcopal, deben elaborar de común acuerdo y bajo secreto una lista de presbíteros, también de entre los miembros de institutos de vida consagrada, que sean más idóneos para el episcopado, y han de enviar esa lista a la Sede Apostólica, permaneciendo firme el derecho de cada Obispo de dar a conocer particularmente a la Sede Apostólica nombres de presbíteros que considere dignos e idóneos para el oficio episcopal”. Más claro, ni el agua del río San Pedro.
Esto me recuerda algo que me contó hace años el padre Gustavo Elizalde Mora, en el sentido de que a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, o quizá en los sesenta, el ameritado sacerdote, monseñor Rafael Vázquez Corona; un personaje de ideas cuyas luces fueron vistas por el episcopado mexicano y le permitieron hacerse de un lugar en la compleja maquinaria de este organismo, había vislumbrado para el padre Jorge Hope Macías el episcopado, dadas sus capacidades, e incluso más que eso, y quizá algo hizo para que el aguascalentense alcanzara esa dignidad; quizá, o tal vez no, porque a final de cuentas no sólo no ocurrió esto, sino que además el padre Hope fue injustamente defenestrado; aislado, como si se tratara de un apestado, ello en el contexto del conflicto que desgarró a la diócesis a mediados de los años setenta. Recuerdo estas cosas y la figura del padre Hope y creo que habría sido un gran obispo; por lo menos la apariencia ya la tenía, pero también el carácter, la inteligencia, la bondad, la energía. Lástima.
Por cierto que actualmente -confieso que no sé desde cuándo- existe una serie de requisitos para acceder al estatus episcopal. El 378 del Código de Derecho Canónico (es la misma referencia que cité un par de párrafos arriba) § del 1 al 5, señalan cuáles son los requerimientos. Aquí le van, por si usted los reúne: “1 Para la idoneidad de los candidatos al Episcopado se requiere que el interesado sea: insigne por la firmeza de su fe, buenas costumbres, piedad, celo por las almas, sabiduría, prudencia y virtudes humanas, y dotado de las demás cualidades que le hacen apto para ejercer el oficio de que se trata; 2 de buena fama; 3 de al menos treinta y cinco años; 4 ordenado de presbítero desde hace al menos cinco años; 5 doctor o al menos licenciado en Sagrada Escritura, teología o derecho canónico, por un instituto de estudios superiores aprobado por la Sede Apostólica, o al menos verdaderamente experto en esas disciplinas”.
Es obvio, o al menos eso me parece, que claramente la intención de estos requisitos es propiciar que lleguen a estas posiciones los mejores; los más preparados, tanto en la dimensión pastoral, como intelectualmente. En este sentido, le comparto un comentario que me hizo el ingeniero Jorge Ortega de León, que considera que “necesitamos un Obispo que aunque no sea nativo de Aguascalientes, sí sea cercano a nuestra ideología y necesidades. Y si es joven, mucho mejor. Podría durar más tiempo entre nosotros”.
En otro orden de ideas, las opciones para seleccionar al nuevo obispo de Aguascalientes son, como dijera Perogrullo, dos: o se elige a alguien de la propia diócesis, o se trae a un sacerdote -u obispo- de otra demarcación eclesiástica.
Como he reiterado, de los siete obispos titulares, sólo uno ha sido originario de Aguascalientes: José de Jesús López y González, y este es ya un dato; esta proporción de seis a uno. O sea que quienes esperan que se eleve a esta dignidad para la diócesis de Aguascalientes al actual custodio de catedral, el sacerdote Raúl Sosa Palos, ya podrán seguir esperando, porque no ocurrirá, o en todo caso existe una probabilidad de 14.28571428571429%, de acuerdo a una sencilla regla de tres, y teniendo en cuenta las cifras que he manejado, que desde luego son totalmente arbitrarias y no hay nada que apoye la suposición de que así podría ocurrir, pero tampoco lo contrario. O sea que nos quedamos en las mismas. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com <mailto:carlos.migrante@gmail.com>).